Hemeroteca Lista La trinchera de papel
Nº 734 - 26 de marzo de 2007


Goles y altas torres

por Joaquín Leguina

E l fútbol es, en buena parte, un fiel reflejo de la economía española. Por eso el porcentaje de presidentes de clubes que dicen trabajar en el ramo de la construcción es apabullante, son empresarios de la rama en la cual reside el gran negocio nacional, el gran motor de la economía. Un motor que utiliza como gasolina el urbanismo y el paisaje, destruyéndolos en beneficio de una nueva oligarquía, la del ladrillo, sin que ese motor, que produce casas como churros sirva para dotar de una vivienda digna a quien, de verdad, la necesita.

Pero en esto del fútbol, a menudo, las cosas no les salen tan bien a los empresarios-presidentes que, pese a los éxitos obtenidos en el negocio de terrenos, al pasar al terreno de juego cosechan sonoros fracasos deportivos. Tal ha sido el caso del más notorio y rico de entre los clubes españoles: el Real Madrid, y de su ex presidente, Florentino Pérez. Es una historia, quizá no muy edificante, pero sí es significativa y, en cualquier caso, un fracaso así siempre resulta alentador para las gentes del común, pues pone en evidencia que "los ricos también lloran". Voy a ella.

Cualquier análisis contable nos lleva a la conclusión de que hoy el espectáculo del fútbol, como tantos otros, se sostiene gracias a la televisión, pero el Real Madrid siempre pensó que, aparte del patrimonio deportivo, tenía un patrimonio inmobiliario en los campos de entrenamiento situados al norte de capital, en pleno espacio urbano. El terreno sobre el que había edificado el Real Madrid su ciudad deportiva había sido regalado por el Gobierno de Fran-brutal una zona de por sí ya muy densamente edificada, justo detrás de las torres inclinadas de Kio (Plaza de Castilla) y muy cerca de unos terrenos de RENFE recalificados como edificables (Chamartín) y con el proceso de urbanización en marcha. Pues bien, lo que nadie había conseguido lo consiguió Florentino Pérez con una habilidad sorprendente. Veámoslo.

Pérez, un talentoso ingeniero de Caminos, había comenzado su andadura política en la UCD y tras la desaparición de este partido y de intentar otra operación política, imaginativa pero perdedora, con Miguel Roca como eje, abandonó la política y puso su indudable talento a trabajaren un proyecto empresarial que, de la nada, concluyó en un éxito rotundo. Fue bajo estas condiciones de solvencia económica y prestigio personal como ganó las elecciones a la Presidencia del Real Madrid y se dispuso a "poner en valor" la Ciudad Deportiva para alimentar un ambicioso proyecto consistente en traerse a la Casa Blanca a los más punteros futbolistas de Europa, empezando por Luis Figo (arrebatado al Barça, con el lógico enfado), Ronaldo, Zidane, Beckham...

Mas, para ello tenía que resolver el problema de la recalificación y Florentino Pérez lo hizo con la suavidad y la eficacia de un supositorio. Y no precisamente torciendo la mano de sus amigos, quizá para pagar los servicios prestados por el club "como embajador de España".

Uno tras otro, todos los presidentes del Real Madrid a partir de los años ochenta intentaron obtener de las autoridades madrileñas una recalificación que transformara aquel terreno de dotacional en edificable. Todos lo intentaron pero ninguno consiguió convencer a los políticos de la bondad de una operación urbanística que colmataría de forma gos: Alvarez del Manzano (alcalde) y Ruiz-Gallardón (presidente de la Comunidad), sino que éstos se vieron forzados a conceder, no al Real Madrid sino a todas las fuerzas vivas –empezando por los sindicatos, siguiendo por Izquierda Unida y pasando por la Federación de Asociaciones de Vecinos– que, más que pedir, exigían a las autoridades que declararan edificable el terreno de aquella ciudad deportiva en pro de un club "que es santo y seña de esta gran villa". Y claro, las autoridades no tuvieron más remedio que conceder lo que sus súbditos solicitaban con tanto empeño y tan justas razones.

Teniendo en cuenta que hasta entonces tanto las Asociaciones de Vecinos como los sindicatos, así como IU, se habían mostrado muy estrictos en la defensa de un urbanismo racional, cabe preguntarse: ¿cómo se produjo el milagro? Un milagro que transformó el agua clara de las tradicionales ideas de la izquierda respecto a la especulación inmobiliaria en vino de la mejor añada en cuanto a la colmatación urbana se refiere. La caída del caballo de esa sedicente izquierda (antes marxista-leninista, ahora, al parecer, marxista-ladrillista) fue, desde luego, más profunda que la de Saulo camino de Damasco y la capacidad de persuasión de Florentino debió de mejorar a la de Cristo cuando éste habló con palabras dolidas ("Saulo, Saulo ¿por qué me persigues?") al futuro San Pablo. Persuasión, ésa es la palabra, aunque haya por ahí maledicentes que señalan con el dedo las parcelas que en los distintos PAUS fueron a parar a manos de los sindicatos, de los líderes vecinales o de IU, pero eso son maledicencias, porque de ser ciertas esas coimas, la prensa española, siempre dispuesta a la justa denuncia y a la persecución de los desmanes, lo hubiera publicado y denunciado a bombo y platillo. Y si no lo hizo sería porque todas esas aparentes evidencias sólo eran rumores sin ningún fundamento.

He escrito más arriba que todas las fuerzas vivas se sumaron a la petición para recalificar los terrenos de la Ciudad Deportiva y eso no es toda la verdad, pues hubo un grupo político en el Ayuntamiento de Madrid, el PSOE, que se opuso y lo hizo saber por boca de su entonces portavoz de Urbanismo, Matilde Fernández. Esta mujer predicó durante largos meses las razones, poco originales pero contundentes, avaladas por la Carta de Atenas, que desaconsejaban la edificación, en lo alto de la Castellana y pegadas a dos de los grandes hospitales, de unas cuantas torres colmatantes, por mucho que la buena salud económica del Real Madrid lo demandara.

Pero dichas razones no convencieron a los sindicatos ni a los sedicentes vecinos asociados y mucho menos a los grandes gurús de la comunicación. Tan fue así que una poderosa cadena de radio vetó en sus emisoras la presencia de Matilde Fernández, privando a los oyentes de su voz. El censor se llamaba –y se llama– Antonio García Ferreras y era a la sazón uno de los directivos de la SER. Durante todo el proceso recalificatorio fue política de esa cadena, tanto en sus secciones deportivas como en las llamadas informativas, apoyar las justas demandas que solicitaban la recalificación de los terrenos que el Real Madrid había heredado ab intestato de Francisco Franco, pero lo más sorprendente del caso había de llegar poco después.

Cuando la recalificación se consumó y los madrileños estuvieron informados de que su villa estaba dispuesta a emular con ventaja a otra, también castellana, denominada Madrigal de las Altas Torres, con el proyecto Florentino lanzado ya a su velocidad de crucero, entonces el presidente del Real Madrid anunció el fichaje como jefe de Comunicación de aquella entidad deportiva, con un sueldo multimillonario, de un acreditado profesional. ¿De quién se trataba? Naturalmente, de Antonio García Ferreras. Lo cual también resulta ser paradigmático. Ejemplo de las relaciones entre algunos periodistas, el dinero y el poder y también lo es de los códigos deontológicos bajo los cuales trabajan los profesionales del periodismo en España. Códigos éticos que, como habrá adivinado el paciente lector, brillan por su ausencia.


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