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| Nº 733 -19 de marzo de 2007 |
Kushner en la brecha de Afganistán Por Mauro Armiño Dos estrenos en la misma semana ha devuelto el nombre de Tony Kushner a los escenarios. Kushner llegó a España de la mano de Josep Maria Flotats, quien con sus Ángeles en América estrenó, desde el punto de vista teatral, el Teatre Nacional de Catalunya. Luego, salvo Eslavos, apenas sí se ha visto más de la docena larga de obras escritas por este dramaturgo nacido en 1956 y heredero de la tradición crítica de los años cincuenta de Arthur Miller, Tennesse Williams, etc. La obra que le dio a conocer en todo el mundo, Ángeles en América, abordaba el problema de la homosexualidad –el jefe del Estado Mayor conjunto de Estados Unidos, el general Peace, no debió verla: la semana pasada declaraba inmoral la homosexualidad, mostrándose dispuesto a perseguirla–; en la segunda parte, Perestroika, reflexionaba sobre el camino hacia la disolución de la antigua URSS. Como se ve, después de declararse judío, de izquierdas, homosexual y estadounidense, Kushner pasa, de problemas individuales con reflejo social tipo Miller, a problemas políticos de alcance mundial. En el año 2001 dio otro aldabonazo con Homebody/Kabul, (En casa / en Kabul) que, dirigida por Mario Gas y buen texto español de Carla Matteini, acaba de estrenarse en el Teatro Español de Madrid: Afganistán, tan de moda hoy, era en 1998, cuando Kushner la escribe, una región perdida en los confines del mundo musulmán, en las rayas de India y China. En esa fecha, Afganistán empezaba a ocupar primeras páginas dando cuenta de que unos seres venidos de una teocracia medieval, los talibán, se habían hecho con el poder y se divertían destrozando colosales imágenes religiosas del pasado: los noticiarios y los poderes públicos –tan interesados siempre por la cultura– clamaron contra aquella destrucción cultural ofreciendo imágenes y proclamando la maldad intrínseca de sus autores. Y eso que aún no se había producido el 11-S. Menudearon desde entonces las noticias con las caras renegridas y barbudas de los talibán, turbante en ristre, kalachnikov en bandolera, etc. Y poco después todos supimos lo que era un burka: ese manto azul con rejilla de las mujeres afganas, que hasta entonces sólo interesaba a los reportajes etnológicos de televisión, se convirtió en lema para que Occidente “reconquistara” Afganistán y llevara la buenaventura de la democracia y la liberación de las mujeres. Antes del primer preestreno de la obra escrita en 1998, los talibán habían sido barridos y caían las bombas de Occidente tratando de no dejar rastro del poder teocrático. Kushner, consciente de que apenas sabemos dónde está Afganistán, abre la obra con hora y pico de monólogo en boca de una ama de casa inglesa: no se asusten, ese “rollo” en el que relata la historia de Afganistán desde los tiempos bíblicos, pasa estupendamente al patio de butacas, gracias a la gran actriz que es Vicky Peña y al interés del “informe”: Caín fue, según las leyendas, el fundador de Kabul, en cuyos alrededores está enterrado: tras la maldición de Yahvé por matar a Caín, había ido a parar a ese lugar de encrucijada entre dos mundos, por donde han pasado desde Alejandro Magno hasta los adoradores del Corán y los propagadores del sovietismo de la URSS. Afganistán, uno de los países más pobres del mundo, se ha visto asolado por guerras continuas: tribales, nacionales, internacionales: y en los tiempos recientes ha servido de tablero de ajedrez para la partida de las superpotencias: fue la URSS la que armó a Afganistán para cuidarse de Pakistán, mientras los muyahidines formaban núcleos sociales de fuerte impregnación religiosa; Estados Unidos, que no había intervenido durante el período de influencia soviética, empieza a mandar dinero; hubo incluso unas elecciones democráticas, después vino una ley marcial, después la invasión de la Unión Soviética, después Estados Unidos arma a los muyahidines con “cantidades asombrosas de material bélico”,… todo barrido por los talibán, barridos a su vez por las fuerzas de la ONU, salvadoras a sangre y fuego de aquéllos a los que Occidente mismo había armado. Pero esa paz de bombardeo ha resultado precaria porque, en estos momentos, los muyahidines empiezan a estar en todas partes y los soldados de Occidente, que habían ido como apoyo a la reconstrucción, sufren cada día más bajas. Afganistán ha vuelto a convertirse en otro avispero: los reorganizados talibán ven a las tropas extranjeras conectadas con el estropicio de la guerra de Iraq; y del avispero salen los avispones islámicos con la intención de herir de muerte a Occidente, según proclaman los mulah en sus sermones. Esta historia, pero sólo hasta 1998, es lo que ejemplifica Kushner cuando escribe En casa / en Kabul: a través de la peripecia de esa ama de casa que ha desaparecido en Kabul, pulverizada por una mina, o convertida a la religión del Corán y perdida por voluntad propia, según van “no” descubriendo su hija y su marido. La reflexión es importante, aunque se vea ya superada por la celeridad con que pasa la historia por la zona. Kushner se declara sabedor de que, diga lo que diga la ONU, el destino del pueblo afgano está en manos de Estados Unidos: “Aunque resulta difícil saber qué cabe esperar de la actual postura que ha adoptado Bush (…) uno se inclina a creer que hay un oleoducto de por medio”, escribía en abril del 2002 para acompañar a Homebody /Kabul. El mulah que aparece en la obra, con su teocracia y su metralleta, provoca miedo en Occidente, y Occidente cree engañar al destino amontonando bombas sobre Afganistán y los países de la zona que se dejan llevar por los teócratas. Pero el destino no se conjura así: los jerifaltes deberían saber algo de historia para no meterse en zarzales que la historia ya ha demostrado espinosos: en esas zonas, desde Israel a Afganistán y Paquistán, nunca nadie ha mantenido mucho tiempo el poder; las han invadido o manejado por poderes interpuestos, y los invasores han tenido que salir pies en polvorosa, dejando a su espalda materiales bélicos que los nativos emplean contra los nuevos intentos de ocupación: las armas soviéticas, pagadas por Estados Unidos, sirven ahora a los talibán para enfrentarse a las fuerzas de la ONU, como explica el personaje de Vicky Peña. Si recomiendo al lector esta función de Kushner, no puedo extender mi elogio a La ilusión, obra del francés Corneille (Teatro de la Abadía), adaptada desde el título (de hecho debería ser La ilusión del teatro) por un jovencísimo Tony Kushner en 1988. Pieza excelente, la francesa, que han montado aquí en los últimos años por lo menos dos pequeñas compañías; pero de su original, Kushner sólo ha respetado un 10%, y ese 10% pasado por una precaria y algo tonta visión a lo Mago de Oz. No ha conseguido el director levantarla, y eso que L’Illusion comique viene muy a cuento: en la primera mitad del siglo XVII, el teatro sufría en Francia ataques directos de las dos Iglesias, la católica y la protestante; eran, como ahora, titiriteros a los que había que extirpar del paisaje; pero a la farándula y a los farsantes no les importan estos calificativos tan socorridos hoy por los legionarios de la prensa y las ondas eclesiásticas de la COPE; orgullosos de ese pasado, si algo les molesta es la mala baba con que escupen el “titiriteros”. Corneille, a través de un padre cuyo hijo es algo calavera, trata de demostrar que el teatro es una ocupación honrada, honesta, útil a la sociedad, y que la sociedad premia en ocasiones. Pero Kushner se perdió en sus propios caminos de adaptación y el espectador a duras penas sigue la obra, pese al intento de simplificar este capricho barroco de Corneille; y es que ha fallado todo un poco: desde Kushner hasta Carlos Aladro, cuyo trabajo de dirección ha salido bien parado en otros montajes, y los intérpretes, en una escenografía que colabora a la confusión. |