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 Nº 733 - 19 de marzo de 2007

El crecimiento económico cuestionado

por Carlos Berzosa

El partir de los estudios realizados por científicos, en los últimos tiempos se está tomando conciencia, aunque aún pequeña, de que nos encontramos ante un peligro real de cambio climático y de que estas significativas modificaciones en el comportamiento de las temperaturas son provocadas por la acción del hombre y no por ciclos naturales de la evolución del planeta. Otro tanto se puede decir del agujero de ozono. De forma, que el modelo de desarrollo que tenemos, basado en el crecimiento y el consumismo, está provocando daños en la naturaleza que pueden ser irreversibles de seguir así las cosas. El equilibrio del ecosistema se encuentra en peligro, pero el deterioro del medio ambiente no se queda ahí sino que tiene implicaciones en el posible agotamiento en un futuro más o menos inmediato de los recursos no renovables.

Todas estas consecuencias negativas se producen, además, en un contexto mundial caracterizado por la enorme desigualdad existente, de modo que el exceso de producción y consumo derivados del tipo de crecimiento generado tiene lugar principalmente en el 20 por ciento más rico de la población mundial, que consume el 80 por ciento de los bienes producidos. Si toda la población mundial tuviera un consumo como el
de una familia media de un país desarrollado el sistema sería ya insostenible hace tiempo. De forma que el bienestar de un porcentaje pequeño de la población mundial se sustenta en el bajo consumo del la mayor parte, que sufre malnutrición y hambre.

La gravedad de la situación del planeta, así como las consecuencias negativas que está teniendo la expansión financiera y la especulación en aumento que ha traído consigo, han sido analizadas con el rigor que le caracteriza por José Manuel Naredo en el libro Las raíces económicas del deterioro ecológico y social (Siglo XXI, 2006). Esta obra, además de ser una contribución relevante a los problemas que padecemos en la economía actual, supone un enfoque alternativo a los que la economía convencional nos tiene acostumbrados, en la que todo parece que funciona a la perfección en un mercado ideal que asigna de un modo eficiente los recursos y es capaz de conseguir el crecimiento. Aunque algunos economistas convencionales no son tan fundamentalistas del mercado y admiten que éste tiene fallos que deben ser corregidos por actuaciones públicas, el análisis de Naredo va más lejos y pone el dedo en la llaga al cuestionar el funcionamiento del sistema global en el que nos encontramos inmersos.

Las consecuencias negativas que el crecimiento actual está trayendo consigo están generando cada vez más publicaciones en el campo de la economía, que tratan en muchas ocasiones de ofrecer junto con el análisis propuestas alternativas. Esto es lo que sucede con el colectivo de la revista Silence, publicada mensualmente en Lyón desde 1982, que con una selección de sus artículos ha sido editada en castellano en formato libro con el título Objetivo de crecimiento (Leqtor, 2006). Como dicen algunos de sus autores, poner en tela de juicio el crecimiento es el fundamento de la ecología política. No es posible un crecimiento infinito en un planeta finito.

Así que nos encontramos, por una parte, con que muchos países necesitan del crecimiento para salir del subdesarrollo, estado que provoca tantas privaciones y por las que pasa la mayor parte de la población quevive en ellos. Pero en el lado en el que las privaciones han sido superadas y se goza de un determinado bienestar material, aunque no para todos, se está sin embargo destruyendo el planeta en el que vivimos.

Ahora bien, plantear un decrecimiento u otro tipo de desarrollo resulta utópico, pues la mayor parte de los dirigentes políticos y economistas influyentes plantean el crecimiento como el único objetivo a lograr, y basan sus éxitos en ello. Un análisis también interesante es el que realiza Clive Hamilton en El fetiche del crecimiento (Laetoli, 2006) en el que, además de abordar las cuestiones medioambientales, profundiza en aspectos tan significativos como el de si realmente un mayor crecimiento conduce a una mejora del bienestar. Como sucede en este tipo de libros, las reflexiones que se hacen son sumamente interesantes, nos hacen pensar, y sobre todo nos introducen aire fresco en el asfixiante mundo académico convencional.

Porque, al final, lo que nos debemos plantear es dónde nos conduce el crecimiento económico sin más, y en esto resulta contundente la conclusión a que llega Layard en La felicidad (Taurus, 2005). Él nos dice que estamos en una sociedad en la que, aunque todos los grupos que la componen son más ricos y más sanos que hace cincuenta años, sin embargo no es más feliz. De manera que si podemos llegar a justificar el deterioro ecológico porque a cambio nos proporciona un mayor bienestar y una mayor felicidad, resulta que esto no está tan claro. Lo que sí parece estar claro, sin embargo, es que estamos haciendo un pan como unas tortas, aunque resulte poco académico decirlo.

*Rector de la Universidad Complutense de Madrid

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