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La sobredosis Participaron la otra noche en TVE, en el programa 59 segundos, el catedrático de Sociología de la Universidad Complutense, Fermín Bouza, y Ricardo Montoro, catedrático también de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid y director del CIS en los últimos años del Gobierno Aznar. Fueron consultados ambos –como expertos en demoscopia– acerca de qué podría suceder en las próximas elecciones generales, teóricamente previstas para dentro de un año. Montoro vaticinó que, de acuerdo, con sus investigaciones y sus estudios, no había que descartar –antes al contrario– una victoria del PP. Bouza, por su parte, sostuvo la teoría de que ambos partidos suben y bajan al unísono y que –salvo fluctuaciones coyunturales– apenas se despegan de la tendencia de fondo, anclada hasta el día de la fecha en la diferencia registrada en los comicios del 14-M del año 2004. 0 sea, que se podría producir de nuevo un triunfo holgado –pero sin llegar a la mayoría absoluta– de los socialistas. Tuve la ocasión de preguntarle a Bouza si creía que la tradicional sobredosis genovesa, o desmedida reacción opositora del PP, perceptible con facilidad en casi todos los frentes –sobre todo ahora mismo en el del terrorismo etarra–, perjudicaba electoralmente a la derecha. Bouza asintió sin dudarlo. El PP posee la rara virtud de cohesionar a la izquierda, cuya tendencia a la fragmentación y a las divisiones internas forma parte de su ADN o código genético. Dejando de lado períodos muy anteriores, cabe recordar que –a partir de la Transición– el PP se quedó inesperadamente clavado a las puertas de la Moncloa, el año 1993, cuando casi todos los sondeos pronosticaban vuelco electoral con Aznar de presidente del Gobierno. ¿Por qué? Porque el PP provocaba miedo. En 1996, finalmente, ganó la derecha. Pero sólo por menos de 300.000 votos, circunstancia decisiva que obligó a Aznar a replantear de arriba abajo su estrategia, basada en la hipótesis de mayoría absoluta. Tuvo que llamar a las puertas del palacio de la Generalitat y suplicar a Pujol –aquel "Pujol, enano, habla castellano"–que le hiciera presidente. Tuvo que sumar a Coalición Canaria y añadió, prometiendo el oro y el moro, al PNV de Arzalluz. Fue durante su primera legislatura cuando Aznar consiguió transmitir a la opinión pública la sensación de que, en efecto, el centrismo era su opción prioritaria. Engañó con habilidad a muchos incautos, lo que unido a las luchas intestinas del PSOE y a las derivas hacia la pinza de IU –corregido todo ello deprisa y mal, mediante un pacto in extremis entre socialistas e IU–, generó el milagro de la mayoría absoluta aznarista. Muy pronto volvió el PP a sus excesos habituales. Actuaron con sobredosis manifiesta en cuestiones tan sensibles como, entre otros, la huelga general, el Prestige, la boda imperial de Anita y Alejandro y el sometimiento a los infames intereses de Bush en la guerra de Iraq. Redondearon la faena gracias a mentiras indignas sobre la autoría del 11-M. En estos tres años de José Luis Rodríguez Zapatero, el PP ha multiplicado sus desafueros. Cabalgan a lomos de tigre. Dan la impresión de que su comportamiento está más próximo a un partido extraparlamentario que a un partido con experiencia de Gobierno. Su perfil sociológico los sitúa en la derecha extrema. Es muy difícil que un partido de tales características obtenga el refrendo de las urnas. ¿Pero qué ocurriría aquí si regresaran los pistoleros al poblado? Esa sería para Rajoy su más eficaz argumento electoral. Sólo imaginar ese escenario produce escalofríos. Enric Sopena |
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