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Nº 733
19/3/2007

El 'síndrome del Trianon'

La amargura y el despecho abundan en Serbia. Se ha visto con creces al conmemorarse el primer aniversario de la muerte de Slobodan Milosevic, en la perspectiva que se abre para la provincia de Kosovo, eventual etapa próxima en la desintegración de Yugoslavia. Comenzó precisamente en 1989 en el mismo lugar, cuando a Milosevic se le ocurrió acabar con la autonomía de Kosovo. El país vuelve al principio del círculo, con una provincia en el aire y no una república como Macedonia o Montenegro, que puede también independizarse y arrastrar la secesión de la Volvodina. Una desgarradura más para los serbios, conocida y dolorosa etapa para una nación que no deja de encoger y de sentirse humillada, una pérdida que ningún político querría endosar. El síndrome del Trianon implica una comparación más o menos plausible pero muy utilizada en estos días, entre la situación de los serbios y la de los húngaros en 1920, resentidos e indignados por la entrega a Rumanía de la Transilvania, en uno de los tratados derivados del Tratado de Ver-salles por el que se selló el término de la Primer Guerra Mundial. Como los húngaros ayer son los serbios quienes hoy pueden sentirse rechazados por la sociedad internacional, empujados a un rincón geográfico y al irrendentismo.

Siguiendo los adioses de Eslovenia, Croacia, Bosnia, Macedonia y, finalmente, Montenegro de la unión yugoslava, las despedidas pueden continuar, indefinidas las fronteras de una nación que no deja de empequeñecer y de una Serbia que se encontraría por vez primera sola desde 1918. Nunca el repetido nacimiento de un país ha sido saludado con tan pocoentusiasmo por su propio pueblo, que con tanta pérdida traumática ninguna ilusión ha sentido por dejar de ser yugoslavo para volver a ser serbio. El paisaje social y político comenzaría a parecerse al de Hungría después de la Primera Guerra Mundial, revolviendo dolorosamente el pasado y anulando la primera ilusión que los serbios experimentaron de manera muy lícita; la de haberse renovado y vuelto a nacer con la caída en 2000 de Milosevic y la entrada en la Europa democrática. En realidad, a partir de entonces Serbia lo que ha tenido que hacer es pagar precios elevadísimos por las guerras que Milosevc se dedicó a provocar y a perder. Con ello la esperanza de antaño en una nueva Serbia ha venido muy a menos, al convertirse en la caricatura territorial y democrática de la gran federación en la que desde Belgrado Serbia actuó como república hegemónica.

Tanto en Hungría como en Serbia los regímenes autoritarios respectivos dejaron platos rotos y amargas herencias imposibles de evitar por sus sucesores. La democratización política ha ido en paralelo a la desintegración territorial. A la vista de la sucesión de problemas, que la desaparición política de Milosevic más bien ha acentuado en lugar de eliminar, en Serbia cunde ya una evidente desmoralización entre los partidos democráticos que contribuyeron a su sustitución y que desde entonces han dominado la vida pública del país. Todo revisionismo es posible dado el alto descontento, de lo que es importante muestra el auge del Partido Radical Serbio, antiguo aliado de Milosevic en el poder, el más votado en solitario al obtener el 23,3 por ciento de los sufragios en las elecciones parlamentarias del pasado mes de enero. Su fundador, Vojislav Seselj, se encuentra encarcelado en La Haya por su participación en la limpieza étnica y los asesinatos de bosnios y croatas. Los radicales, muy probablemente, tratarán de seguir obteniendo apoyos en las urnas a base de presentar un programa irrendentista en que se predique la recuperación de la Gran Serbia, aunque se haga de una manera exclusivamente retórica.

Lógicamente en Serbia ha sido mucho más fácil digerir la democracia que la amputación territorial, origen de tanta falsedad en las explicaciones sobre lo ocurrido en que se trata de demostrar que con Milosevic habría sido diferente. Desde luego no habría ocurrido con Tito. Si pasaron tales cosas fue precisamente por la política de Milosevic, generadora de soluciones secesionistas que verdaderamente no eran las mejores, pero sí inevitables, por la misma exasperación provocada por militares y políticos que hicieron imposible la convivencia en un marco nacional único. Es difícil que de mano de los radicales puedan desencadenarse nuevas guerras, pero sí que se generalice una nueva ola de odios mutuos en los Balcanes, con Radovan Karadzic y Ratko Mladic en constante paradero desconocido, que unos dicen ignorar pero saben, y otros que saben se niegan a revelar. Lo cierto es que demócratas y radicales serbios, y la misma población, se encuentran en grave aprieto en un país que disminuye, con sentimientos patrióticos gravemente humillados y una identidad nacional que debe formularse de nuevo a través de lo que, como se sospecha, es una negación de sí mismo y un triste volver a empezar. Como Hungría tras el Tratado del Trianon.

Ignacio Rupérez

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