Nº 733 - 19 de marzo de 2007
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La situación en Afganistán

por Juan Antonio Barrio

Muchas veces lo urgente acaba por tapar cosas al menos tan importantes. El ruido mediático organizado de forma tan hipócrita y mezquina por el PP en torno a la concesión del segundo grado a De Juana Chaos sucedió poco después de la muerte en atentado de la soldado Idoia Rodríguez en Afganistán. Creo que lo menos que debemos a su memoria es un análisis de cómo está la situación allí.

Una interesante reunión en el Ceseden (Centro Superior de Estudios para la Defensa Nacional) evidenció una clara tendencia hacia la creación de un estado de opinión que implicara o bien el envío de más tropas, o la flexibilización de los caveats (limitaciones funcionales y territoriales al empleo de la fuerza), o las dos cosas. El deterioro existente de la situación, nuestro peso en la Unión Europea y la previsible ofensiva talibán de primavera se argumentaron a favor de esta tesis.

Mi posición es contraria y voy a intentar argumentar por qué. En primer lugar, la tarea que aceptamos en Afganistán, incluida dentro de la misión de la Unión Europea, no implicaba la participación en operaciones bélicas –que se suponían finalizadas–, sino de reconstrucción del país (a nosotros nos corresponde una zona) y el envío de fuerza militar es para la protección de esa tarea de reconstrucción y, ahora también, como parte de ella, formación del ejército afgano. Salirse de esa misión, aunque sea bajo el pretexto de "proteger a los protectores" implica probables derivas hacia oposiciones bélicas en sí, o, al menos, multiplicar los objetivos de los posibles atentados terroristas sin mejorar para nada la situación desde el punto de vista de la pacificación.

Por otra parte, es evidente que la operación bélica en sí tropieza con enormes obstáculos: la falta de reservas es clara y tiene bastante que ver con la operación de Iraq y su posterior desastre. No resulta nada casual que a la menor oportunidad Blair haya quitado tropas de Iraq para enviarlas a Afganistán.

Conectado con lo anterior, la porosidad de la frontera con Pakistán es clave en el asunto. El gobierno militar paquistaní de Musharraf se encuentra en la disyuntiva de apoyar la persecución de Bin Laden y otros líderes de Al Qaeda y talibanes, como se le exige, o hacerlo sólo con una mano mientras con la otra llega a acuerdos con determinadas tribus fronterizas (Waziristán) lo que le permite una cierta tranquilidad interna. El resultado por ahora es realmente favorable a esta segunda opción, lo que configura un horizonte más bien negativo.

Además, el gobierno afgano de Karzai afronta no sólo problemas con los señores de la guerra y/o narcotraficantes, sino también de corrupción interna. Lo que sucede en el Ministerio del Interior a estos efectos es un secreto a voces.

Como resultas de todo lo anterior, la opinión pública, según encuestas publicadas, no lo tiene claro. Por supuesto, percibe con certeza la diferencia con Iraq, pese a los patéticos intentos del PP por igualar ambos asuntos. Pero tampoco se trata del apoyo casi unánime que tiene la presencia de nuestras fuerzas en Líbano.

En este contexto, me parece adecuado apoyar la posición públicamente expresada por el presidente José Luís Rodríguez Zapatero contraria, pese a las presiones, al envío de mas fuerzas a Afganistán o al cambio de misión de las ya existentes. La vía más adecuada –o menos mala– es fortalecer un gobierno afgano que se haga cargo de la situación y también de la seguridad. Ciertamente, eso no sucederá de un día para otro, pero perpetuar una continua operación bélica no traerá la solución al problema. No nos engañemos: aunque la presión tiene sus intermediarios, algunos de buena fe, quién está detrás es el gobierno de Bush. Bush parece querer involucrar al máximo a la Unión Europea, vía OTAN, como parte de su política radicalmente errónea en toda la zona: el desastre de Iraq, la indiferencia ante el problema palestino y la condescendencia absoluta con Israel, y para acabar de arreglarlo sus planes para un ataque aéreo a Irán (1), posiblemente esquivando la aprobación del Congreso.


(1) A este respecto, y desde distintos enfoques, resultan de obligada lectura los artículos de Joschka Fischer (ex ministro alemán de Asuntos Exteriores) y Dennis Kucsinich, copresidente del Grupo Progresista de la Cámara de Representantes de EE UU ('El País;11/03/07).

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