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Tres años de agitación Es cierto que dos no se pelean si uno no quiere, pero también lo es que dos no se reconcilian si uno no lo desea. Zapatero inició su gestión a golpe de talante, con la mano tendida a Rajoy en la esperanza de que la vida política transcurriera con tranquilidad y juego limpio. Es el desiderátum del gobernante pero inaceptable para la honorable oposición, pues darle calma al Gobierno conduce a la oposición eterna. ZP atacó con bombas de talante al anterior presidente y ganó las elecciones del 14 de marzo de 2004, o mejor dicho, las perdió el Partido Popular arrasado por el vendaval de indignación que genera la mentira. La victoria del socialista no se debió a la oposición blanda que hiciera a un presidente que nunca le reconocería la categoría de contrincante, sino al hecho de que se encontraba en el primer despacho de Ferraz cuando Aznar logró despertar con su impudicia al elector dormido. La tranquilidad es un valor que jamás entregará ninguna oposición, pero Rajoy ha apuntado en la mala dirección, al delicado terreno de la política antiterrorista. No era lo que le pedía su cuerpo hedonista y pastueño ni su vena galaica, pero sí el flanco dolorido del jefe que todavía no sabe que perdió las elecciones y que sigue dominando la jugada desde FAES, el verdadero puesto de mando del partido. Cuando ZP lo pactaba todo con los segundos niveles del PP –Aznar no se dignaba recibirle– tuvo que enfrentarse a las críticas de Felipe González, su carismático antecesor, pero, a diferencia de Rajoy, mantuvo su talante ganándose su liderazgo independiente. No descarto, sin embargo, que antes de las generales el gallego se presente tal como es. Las elecciones que auparon a Zapatero hace tres años se celebraron bajo la emoción provocada por el terrorismo. Todo parece indicar que los próximos comicios se celebrarán también bajo el ruido terrorista aunque en esta ocasión sí será el producido por ETA. Recemos para que no se repita otro atentado islamista que está siendo predicado por el fanatismo como castigo a nuestra presencia en Afganistán. Rubalcaba acierta al señalar que el PP busca a ETA desesperadamente pero no sabemos cómo votará entonces la organización terrorista, si por el PP siguiendo el lema de “cuanto peor, mejor” y “tengamos las cosas claras”, o por el PSOE si es que está en su ánimo llegar al mejor acuerdo posible. ZP ha incurrido en el error de basar la idea fuerza de su política en el fin de ETA y cantar victoria antes de tiempo. El presidente suele confundir sus deseos generosos con la realidad; le hemos visto bloqueado en los días siguientes al atentado de Barajas. No se le puede reprochar que siga soñando en el fin de la pesadilla, pero puede perderse en el intento. Estaba en su derecho y en su consecuencia política evitar la muerte de José Ignacio de Juana Chaos, pero su decisión, que quizás fuera la menos mala de las posibles, no ha sido comprendida por una inmensa mayoría de los ciudadanos. Lo curioso es que ZP cree más que otros en la inutilidad de hacer política que no se pueda vender: el mercado es el mensaje. Ahora, Mariano Rajoy le espera con la escopeta cargada a la vuelta del camino, por si Batasuna puede presentarse a las municipales. El Gobierno lo desea, pues esta formación representa a un sector importante de vascos afortunadamente descendente, pero hará todo lo posible para que no pueda hacerlo si no cumple la Ley de Partidos. Esta será la próxima batalla, un acontecimiento que puede deparar consecuencias más perniciosas que la prisión atenuada del terrorista altivo. Sin embargo, hay vida más allá de ETA, feliz de su protagonismo desmesurado. En los demás terrenos de la política Zapatero merece un aprobado alto, que es a lo máximo que puede aspirar un político en una sociedad informada y libre. El presidente ha acertado al mantener la política económica de los últimos 15 años, de los últimos de González y todos los de Aznar, de la que Solbes es un símbolo. Donde hay harina no debería haber mohína; al menos le ha permitido sofocar conflictos y mejoras sociales a golpe de talonario. A Zapatero le ha fallado el marketing, lo que menos podía esperarse de un hombre que forma sus criterios en razón de lo que se vende bien; debe compartir las culpas con sus ministros, entre los que hay que exceptuar rotundamente a Alfredo Pérez Rubalcaba, que es él solo como un tercio del Gobierno. El segundo tercio lo ocupa Teresa Fernández de la Vega.
José García Abad |
