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Nº 732 -12 de marzo de 2007

Los nuevos profetas

Por José María Ridao

El anuncio de que los escritores André Glücksman, Max Gallo y Pascal Brückner votarán al derechista Sarkozy en las próximas elecciones presidenciales en Francia ha dado lugar a numerosos comentarios que, en líneas generales, se ajustan a un doble modelo. O bien evocan su antigua afinidad gauchista para subrayar la indigencia teórica de la actual socialdemocracia europea, o bien son citados como prueba de que el mundo del pensamiento y de las artes y las letras se ha inclinado hacia la órbita conservadora. En un caso y en otro lo que se viene a reconocer es, en una lectura rápida, que la izquierda ha perdido en todo o en parte el aval de la inteligencia. En una interpretación más detenida lo que se observa, sin embargo, es un subrepticio regreso al punto de partida: la noción de compromiso sigue vigente y hasta cobra nuevo impulso, sólo que la beneficiaria –por decirlo de algún modo– ya no sería la izquierda como entonces, sino la derecha.

Quizá esta última constatación sea la que mejor permite afinar la crítica a la irrupción de estos escritores procedentes de la izquierda en la campaña de las elecciones presidenciales francesas, en las que prometen votar a un candidato de la derecha. En efecto, no se trata de que Glücksman, Gallo y Brückner hayan cometido un error; se trata de que han cometido dos veces el mismo error. Un error que consiste en identificar a un líder, a un dirigente político, con el demiurgo capaz de traducir en la realidad alguna o algunas de sus ideas, ya sean referentes al trato que merece Putin por su manera de conducir la guerra en Chechenia o a las medidas que conviene adoptar con respecto a la inmigración o al terrorismo yihadista. Es cierto que en el pasado, en aquellos tiempos ya remotos en los que cometieron el error por primera vez, su adhesión a diversos líderes revolucionarios a los que hoy se juzga como lo que fueron, autócratas que disimulaban sus manejos liberticidas invocando causas mejores o peores, fue simple y llanamente incondicional; ahora, por el contrario, su adhesión es más limitada y, por descontado, se manifiesta a través de unos medios políticos distintos. Es una adhesión que se refiere únicamente a puntos concretos dentro de un programa electoral y que, en lo relativo a los medios, admite que la legitimidad deriva de una mayoría de votos en las urnas y no de las leyes de la historia o de otros mitos semejantes.

Es un avance, desde luego. Incluso un avance decisivo. Pero un avance que se queda corto, extremadamente corto, si se pone en relación con las múltiples lecciones que cabría extraer de las aberraciones que avaló el compromiso durante su edad de oro, cuando esta noción era patrimonio exclusivo de la izquierda. Como entonces, Glücksman, Gallo y Brückner han incurrido en un deslizamiento semántico sin duda sutil, pero que, al igual que sucedió en su día, difumina la frontera entre el intelectual y el propagandista: al hacer pública su intención de votar por un candidato no apoyan una causa, sino a una persona que apoya una causa. La perspectiva a la que se condenan al dar este paso, la hipoteca que asumen al adentrarse por esta vía en apariencia inocua, es la misma que provocó, entre otras múltiples calamidades, la sorprendente ceguera que aquejó a algunas de las mejores inteligencias del siglo XX frente a clamorosas aberraciones políticas. La Unión Soviética o la China de Mao no eran variantes del paraíso sobre la tierra como creyeron tantos hombres prominentes, sino versiones del infierno a cada cual más escalofriante. Trotsky era un perseguido, pero eso no hacía de él un demócrata. La política norteamericana en Asia y en América Latina durante la Guerra Fría fue a la vez inútil y criminal, pero eso no convertía a Ho Chi Min y a Fidel Castro en heroicos libertadores.

El itinerario que recorrió el desencanto de los intelectuales del siglo XX frente a estos líderes y estos regímenes a los que identificaron con demiurgos, a los que apoyaron porque apoyaban una causa, se ajustó a las estaciones de un calvario singular, repetido con ligeras modificaciones en la mayor parte de los casos. Primero fue descreer de las informaciones más siniestras, como las purgas o el Gulag, achacándolas a argucias del enemigo. Después fue exigir el cierre de filas, la inhibición de la crítica en virtud de cálculos tácticos, como la de interpretar el culto a la personalidad o los crímenes de Estado como inevitables incidentes de recorrido en el camino hacia la sociedad sin clases. Finalmente se produjo el estrepitoso derrumbe de la fe y a continuación la desbandada.

¿La desbandada? En realidad, la frecuencia con la que hoy se encuentran agrupados en torno a la derecha más exaltada muchos de los antiguos militantes de la extrema izquierda sólo se explica por el hecho de que han podido cambiar de ideales, pero no la forma fanática de defenderlos. La búsqueda del absoluto, de la perfección, de la verdad única sigue dictando sus posiciones, con lo que la evolución que ha experimentado su pensamiento es más una cuestión de detalle que una auténtica revisión de los motivos que condujeron a la ceguera de entonces. Analizando la deriva de los revolucionarios de 1789 hacia el terror, el ilustrado Etiene de la Boétie observó en su Ensayo sobre la servidumbre voluntaria que se habían limitado a cambiar la corona de lugar, no a destruir la corona. Eso es exactamente lo que ha vuelto a suceder en estos tiempos, cuando tantos revolucionarios de los años sesenta y setenta del siglo pasado han colocado el ideal democrático en el mismo lugar que hasta ahora ocupaba el ideal de la sociedad perfecta, de la sociedad que consumaba el sentido último de la historia. Por otra parte, los instrumentos con los que se proponen servir al nuevo ídolo son los mismos que antes emplearon en favor del que han abandonado, y de ahí que sigan manteniendo la misma concepción épica de la política, que no hayan abandonado el tono apocalíptico de sus mensajes, que repitan una y otra vez que nos encontramos ante una encrucijada, ante la que nadie puede permanecer indiferente.

Su discurso ha conseguido, con todo, una importante victoria, y es que ha llegado a contaminar la totalidad del espectro político, como puede comprobarse en las controversias que suscitó la guerra de Iraq y que, modificando apenas algunos conceptos, sigue provocando la reflexión sobre la inmigración y sobre el terrorismo yihadista. Han colocado el concepto de Occidente en el papel que desempeñaba la sociedad sin clases, aunque considerándolo no como una utopía por realizar, sino como una utopía ya realizada; una utopía que, en cualquier caso, exige de sus fervorosos militantes un compromiso para defenderla de sus enemigos y una voluntad de universalizarla, de llevarla hasta el último rincón del planeta. De esta manera, la discusión sobre la legitimidad para invadir un país en nombre del ideal de la democracia, según sucedió en Iraq, recuerda la que enfrentó a las diversas sectas de la ultraizquierda sobre la posibilidad de llevar a cabo la revolución proletaria en cualquier Estado del tercer mundo. ¿Era posible saltar etapas o, por el contrario, había que recorrer el mismo itinerario político y social que los países desarrollados? Y por lo que se refiere a los individuos que, procedentes de países de mayoría musulmana, se encuentran en los Estados ricos con el propósito de ganarse la vida, se les da un trato semejante al que recibían los burgueses y pequeñoburgueses, a los que se consideraba marcados por un estigma indeleble que les convertía en sospechosos a ojos de la revolución; de la democracia en este caso.

Por este camino se llega a algunos de los contrasentidos que hoy marcan la realidad internacional, y que corren el riesgo de arrastrarla a una nueva confrontación ideológica. Contrasentidos como el de sostener, apelando al compromiso con la libertad, que un fin como la democracia justifica un medio como la guerra. O como el de argumentar, reclamando ahora el compromiso con la democracia, que la defensa de la tolerancia autoriza la discriminación. Se trata de razonamientos tan antiguos como el más antiguo de los proyectos autoritarios que han salpicado la historia, y contra los que se fueron alzando las voces de quienes hoy recibirían el nombre de intelectuales. Voces, sin duda, como las de Etiene de la Boétie, que trataron de defender los más nobles ideales de su tiempo contra la desfiguración sectaria a la que estaban siendo sometidos. Los nuevos profetas como Glücksman, Gallo o Brückner no forman parte de su estirpe, sino de la que estirpe que combatieron.

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