Los nuevos profetas
Por José María Ridao
El anuncio de que los escritores André
Glücksman, Max Gallo y Pascal Brückner votarán al derechista Sarkozy en las
próximas elecciones presidenciales en Francia ha dado lugar a numerosos
comentarios que, en líneas generales, se ajustan a un doble modelo. O bien
evocan su antigua afinidad gauchista para subrayar la indigencia teórica de la
actual socialdemocracia europea, o bien son citados como prueba de que el mundo
del pensamiento y de las artes y las letras se ha inclinado hacia la órbita
conservadora. En un caso y en otro lo que se viene a reconocer es, en una
lectura rápida, que la izquierda ha perdido en todo o en parte el aval de la
inteligencia. En una interpretación más detenida lo que se observa, sin
embargo, es un subrepticio regreso al punto de partida: la noción de compromiso sigue vigente y hasta cobra nuevo impulso, sólo que la beneficiaria –por
decirlo de algún modo– ya no sería la izquierda como entonces, sino la derecha.
Quizá esta última constatación sea la que
mejor permite afinar la crítica a la irrupción de estos escritores procedentes
de la izquierda en la campaña de las elecciones presidenciales francesas, en
las que prometen votar a un candidato de la derecha. En efecto, no se trata de
que Glücksman, Gallo y Brückner hayan cometido un error; se trata de que han
cometido dos veces el mismo error. Un error que consiste en identificar a un
líder, a un dirigente político, con el demiurgo capaz de traducir en la
realidad alguna o algunas de sus ideas, ya sean referentes al trato que merece
Putin por su manera de conducir la guerra en Chechenia o a las medidas que
conviene adoptar con respecto a la inmigración o al terrorismo yihadista. Es
cierto que en el pasado, en aquellos tiempos ya remotos en los que cometieron
el error por primera vez, su adhesión a diversos líderes revolucionarios a los
que hoy se juzga como lo que fueron, autócratas que disimulaban sus manejos
liberticidas invocando causas mejores o peores, fue simple y llanamente
incondicional; ahora, por el contrario, su adhesión es más limitada y, por
descontado, se manifiesta a través de unos medios políticos distintos. Es una
adhesión que se refiere únicamente a puntos concretos dentro de un programa
electoral y que, en lo relativo a los medios, admite que la legitimidad deriva
de una mayoría de votos en las urnas y no de las leyes de la historia o de
otros mitos semejantes.
Es un avance, desde luego. Incluso un
avance decisivo. Pero un avance que se queda corto, extremadamente corto, si se
pone en relación con las múltiples lecciones que cabría extraer de las
aberraciones que avaló el compromiso durante su edad de oro, cuando esta noción
era patrimonio exclusivo de la izquierda. Como entonces, Glücksman, Gallo y
Brückner han incurrido en un deslizamiento semántico sin duda sutil, pero que,
al igual que sucedió en su día, difumina la frontera entre el intelectual y el
propagandista: al hacer pública su intención de votar por un candidato no
apoyan una causa, sino a una persona que apoya una causa. La perspectiva a la
que se condenan al dar este paso, la hipoteca que asumen al adentrarse por esta
vía en apariencia inocua, es la misma que provocó, entre otras múltiples
calamidades, la sorprendente ceguera que aquejó a algunas de las mejores
inteligencias del siglo XX frente a clamorosas aberraciones políticas. La Unión Soviética o la China de Mao no eran variantes del paraíso sobre la tierra como creyeron
tantos hombres prominentes, sino versiones del infierno a cada cual más escalofriante.
Trotsky era un perseguido, pero eso no hacía de él un demócrata. La política
norteamericana en Asia y en América Latina durante la Guerra Fría fue a la vez inútil y criminal, pero eso no convertía a Ho Chi Min y a Fidel
Castro en heroicos libertadores.
El itinerario que recorrió el desencanto
de los intelectuales del siglo XX frente a estos líderes y estos regímenes a
los que identificaron con demiurgos, a los que apoyaron porque apoyaban una
causa, se ajustó a las estaciones de un calvario singular, repetido con ligeras
modificaciones en la mayor parte de los casos. Primero fue descreer de las
informaciones más siniestras, como las purgas o el Gulag, achacándolas a
argucias del enemigo. Después fue exigir el cierre de filas, la inhibición de la
crítica en virtud de cálculos tácticos, como la de interpretar el culto a la
personalidad o los crímenes de Estado como inevitables incidentes de recorrido
en el camino hacia la sociedad sin clases. Finalmente se produjo el estrepitoso
derrumbe de la fe y a continuación la desbandada.
¿La desbandada? En realidad, la
frecuencia con la que hoy se encuentran agrupados en torno a la derecha más
exaltada muchos de los antiguos militantes de la extrema izquierda sólo se
explica por el hecho de que han podido cambiar de ideales, pero no la forma
fanática de defenderlos. La búsqueda del absoluto, de la perfección, de la
verdad única sigue dictando sus posiciones, con lo que la evolución que ha
experimentado su pensamiento es más una cuestión de detalle que una auténtica
revisión de los motivos que condujeron a la ceguera de entonces. Analizando la
deriva de los revolucionarios de 1789 hacia el terror, el ilustrado Etiene de la Boétie observó en su Ensayo sobre la servidumbre voluntaria que se habían limitado a cambiar
la corona de lugar, no a destruir la corona. Eso es exactamente lo que ha
vuelto a suceder en estos tiempos, cuando tantos revolucionarios de los años
sesenta y setenta del siglo pasado han colocado el ideal democrático en el
mismo lugar que hasta ahora ocupaba el ideal de la sociedad perfecta, de la
sociedad que consumaba el sentido último de la historia. Por otra parte, los
instrumentos con los que se proponen servir al nuevo ídolo son los mismos que
antes emplearon en favor del que han abandonado, y de ahí que sigan manteniendo
la misma concepción épica de la política, que no hayan abandonado el tono
apocalíptico de sus mensajes, que repitan una y otra vez que nos encontramos
ante una encrucijada, ante la que nadie puede permanecer indiferente.
Su discurso ha conseguido, con todo, una
importante victoria, y es que ha llegado a contaminar la totalidad del espectro
político, como puede comprobarse en las controversias que suscitó la guerra de
Iraq y que, modificando apenas algunos conceptos, sigue provocando la reflexión
sobre la inmigración y sobre el terrorismo yihadista. Han colocado el concepto
de Occidente en el papel que desempeñaba la sociedad sin clases, aunque
considerándolo no como una utopía por realizar, sino como una utopía ya
realizada; una utopía que, en cualquier caso, exige de sus fervorosos
militantes un compromiso para defenderla de sus enemigos y una voluntad de
universalizarla, de llevarla hasta el último rincón del planeta. De esta
manera, la discusión sobre la legitimidad para invadir un país en nombre del
ideal de la democracia, según sucedió en Iraq, recuerda la que enfrentó a las
diversas sectas de la ultraizquierda sobre la posibilidad de llevar a cabo la
revolución proletaria en cualquier Estado del tercer mundo. ¿Era posible saltar
etapas o, por el contrario, había que recorrer el mismo itinerario político y
social que los países desarrollados? Y por lo que se refiere a los individuos
que, procedentes de países de mayoría musulmana, se encuentran en los Estados
ricos con el propósito de ganarse la vida, se les da un trato semejante al que
recibían los burgueses y pequeñoburgueses, a los que se consideraba marcados
por un estigma indeleble que les convertía en sospechosos a ojos de la
revolución; de la democracia en este caso.
Por este camino se llega a algunos de los
contrasentidos que hoy marcan la realidad internacional, y que corren el riesgo
de arrastrarla a una nueva confrontación ideológica. Contrasentidos como el de
sostener, apelando al compromiso con la libertad, que un fin como la democracia
justifica un medio como la guerra. O como el de argumentar, reclamando ahora el
compromiso con la democracia, que la defensa de la tolerancia autoriza la
discriminación. Se trata de razonamientos tan antiguos como el más antiguo de
los proyectos autoritarios que han salpicado la historia, y contra los que se
fueron alzando las voces de quienes hoy recibirían el nombre de intelectuales.
Voces, sin duda, como las de Etiene de la Boétie, que trataron de defender los más nobles ideales de su tiempo contra la desfiguración sectaria a la que
estaban siendo sometidos. Los nuevos profetas como Glücksman, Gallo o Brückner
no forman parte de su estirpe, sino de la que estirpe que combatieron. |