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| Nº 732 - 12 de marzo de 2007 |
por Joaquín Leguina No es necesario ser un fino analista para apercibirse de que Europa, la Unión Europea, no pasa por sus mejores momentos políticos. Cuando, en plena ampliación, el proceso constituyente quedó abortado mediante dos referendos negativos, en Francia y en Holanda, el panorama europeo se cubrió de oscuras nubes. Un impasse que las instituciones de Bruselas y de Estrasburgo arrastran desde entonces y sin visos de que el motor comience a carburar de nuevo. Es cierto que se echan en faltan líderes como Miterrand o Kohl, que fueron capaces de navegar con éxito durante la anterior ampliación, la de España, Portugal, Grecia..., pero lo es, también, que muchos ciudadanos albergan crecientes recelos ante una burocracia, la de Bruselas, costosa y de cuya utilidad muchos de ellos no tienen noticia. En fin, como resulta obvio, cuando el motor del barco se para, se corre el riesgo de que cada país se suba al bote salvavidas de su particular na- cionalismo. Lo estamos viendo estos días a propósito de los vaivenes a los que está sometido el destino de la empresa energética española Endesa. Desde el primer movimiento (la OPA de Gas Natural sobre las acciones de Endesa) se quiso cubrir la operación como una opción nacionalizadora en torno al sector eléctrico y quienes así argumentaban no eran sólo los opantes (catalanes y, por lo que se fue viendo, también catalanistas) sino que esos razonamientos nacionales se exhibieron en apoyo de la operación desde las más altas instancias del poder Ejecutivo(con la excepción, que todo hay que decirlo, del Ministro de Economía y Hacienda, el señor Solbes, antiguo comisario europeo). Argumentos que se reprodujeron ampliados cuando la empresa alemana E.ON entró en escena y dejó hecha polvo la OPA nacional de Gas Natural financiada por La Caixa. La operación, la de echar por tierra la propuesta catalana, no era difícil pues dicha oferta, desde el punto de vista de los accionistas de Endesa, resultaba cicatera y, por ello, infumable. Durante aquellos días apareció en la primera línea de la resistencia contra aquella OPA el presidente de Endesa, Manuel Pizarro. Los opantes al Este del Ebro y sus valedores políticos lo acusaron de algunas "cosas feas", entre ellas, la de haber sido el avalista y financiador de Aznar y de su partido. Desconozco cuál es el pensamiento político del señor Pizarro, a quien apenas he tratado, pero lo que sí sé es que los aragoneses de cualquier pelaje ideológico (incluidos, claro está, los socialistas con los cuales sí he hablado) lo tienen en muy alta estima (Pizarro fue presidente de la aragonesa lbercaja). Las cosas iban marchando hacia una consolidación de la OPA de E.on, cuando en el horizonte apareció una constructora española, Acciona, la de la familia Entrecanales... y lo que nadie se esperaba: de la noche a la mañana, una empresa semipública italiana, Enel, por lo tanto, de la mano del Gobierno de Pro-di, entró en escena arrasando. En sólo tres días Enel se hizo con más del 20% de las acciones de Endesa ante la sonrisa cómplice y triunfante del Gobierno de España Qde todo el Gobierno?) que aparece -al menos provisionalmente- como ganador de su particular batalla "nacional" contra el señor Pizarro. ¿Y ahora, a partir del momento en el que escribo (5-111-2007), qué va a pasar? No se sabe a dónde irá a parar la cotización bursátil de Endesa (que es lo que, de verdad, interesa a los accionistas) ni si mejorará en el futuro el suministro eléctrico y sus precios (que es lo que interesa a los usuarios), pero sí han quedado claras un par de cosas: la) que el discurso europeísta se abandona con extraordinaria facilidad para subirse al carro dialéctico de carácter nacionalista que a su vez esconde tras de sí obscenas exhibiciones de poder, exhibiciones y actitudes que, en este caso, pertenecen a la estirpe del mangoneo. 2a) Y si los Gobiernos siguen mangoneando, qué queda del "libre mercado interior". El cual, conviene recordarlo, fue el argumento fundamental para que desaparecieran de Europa las empresas públicas. Privatización que, al menos en España, dio ocasión al Gran Mangoneo, el que puso en marcha Aznar privatizando, sí, pero colocando al frente de esas empresas (primero como públicas y luego ya privatizadas) a un grupo de amigos personales que, en buena parte, ahí sigue, mandando sobre las vidas y las haciendas de muchos españoles que son pequeños accionistas y también usuarios. (1) Mangonear: entremeterse uno en cosas
que no le incumben, ostentando autoridad e
influencia en su manejo. DRAE. |
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