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Nº 732
12/3/2007

'Quo Vadis', Mariano?

Este país tiene varias anomalías o malformaciones. Carece de un partido de extrema derecha con suficiente respaldo electoral como para jugar un papel descollante en la política española. Tampoco dispone de prensa formalmente sensacionalista o amarilla. A primera vista, ambos datos resultan reconfortantes. ¡Qué placentera es la democracia española, sin ultras ni libelos! Ello, sin embargo, no es cierto.

La extrema derecha se cobija en el PP. Como mínimo, el voto útil de los neofascistas beneficia por lo general al partido que ahora lidera Mariano Rajoy. En cuanto a la prensa amarilla existe, claro que existe. Se camufla radiofónicamente bajo las sotanas de los monseñores, que son los que patrocinan tan lamentable espectáculo. O busca desesperadamente a ETA como autora del 14-M en las páginas mundiales y en las digitales de la libertad.

En estos tiempos de furiosa ofensiva reaccionaria, montada en toda regla con el objetivo de desestabilizar y, a ser posible, derrocar a José Luis Rodríguez Zapatero –utilizando un modelo parecido a la montería que organizaron hace más de diez años para cazar a Felipe González–, el PP ha llegado incluso a perder el poco rubor que le caracteriza. De modo, que ha terminado mezclándose públicamente con los grupos cavernarios que no ocultan su pasión nostálgica por Franco, Hitler o Mussolini.

Nunca, desde aquellos primeros y tenebrosos 20-N que arrancaban en la madrileña calle Goya, en plena zona nacional, capitaneados por Blas Piñar y viejas glorias ultramontanas del pasado, se habían visto tantos emblemas vinculados al franquismo como en la actualidad. Han vuelto tales símbolos a la normalidad. O, mejor dicho, gracias a los Rajoy, Ángel Acebes, Eduardo Zaplana y, por supuesto, José María Aznar, la parafernalia franquista ha sido normalizada. El decreto de unificación del Caudillo hizo posible el llamado Movimiento Nacional, partido único aglutinador de todas las derechas, desde los restos de la CEDA y aun de la Lliga catalana hasta la Falange, los carlistas o requetés y las JONS. Ese decreto está siendo rescatado por los dirigentes del PP del baúl de los recuerdos.

Génova 13 ha dicho adiós definitivo a todo intento de proyectar una imagen de moderación o de centro. Rajoy ha quemado sus naves, aquellas que, en alguna época y sobre todo a los ojos de los más ingenuos o candorosos, le permitieron pasar como el líder pragmático de la derecha moderna española. Después del neocon Aznar, Rajoy parecía estar destinado a que la calma retornase al feudo conservador. Pero la realidad ha sido totalmente distinta. O Rajoy se ha quitado el disfraz de caperucita o, en verdad, era mucho más lobo de lo que aparentaba.

El PP, convertido en un potro salvaje, con más tendencia a subirse al monte que a cabalgar por la pradera, no va a ninguna parte. Salvo a poner en muy serios apuros –como está haciendo irresponsablemente– no ya al Gobierno del PSOE, sino a las instituciones democráticas y a la convivencia ciudadana. La soledad política del PP no se amortigua con malas compañías, como son desde luego, los grupúsculos de la extrema derecha.

Rajoy ha jugado en demasía a aprendiz de brujo. La instrumentalización de las víctimas de ETA –de algunas de ellas, que no son todas– transformó a un tipo desconocido y, fundamentalmente, tosco, cual es José Francisco Alcaraz, en un personaje conocido y mediáticamente famoso. Alcaraz ha servido de puente con líderes ultras al estilo de Ynestrillas, por ejemplo. Rajoy ha optado por montarse a lomos de tigre. ¿Quo vadis, Mariano?

Enric Sopena

 
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