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| Nº 732 -12 de marzo de 2007 |
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La guerra del fin del mundo
por Santiago Carrillo El día siguiente del 11-S la emoción producida por el singular atentado a las Torres Gemelas de Nueva York y la terrible mortandad que produjo, dio origen a una corriente de solidaridad con EE UU. Se trataba de intentar capturar a Bin Laden, refugiado en Afganistán, bajo la protección de los talibanes. El Gobierno de Aznar, con el apoyo del entonces principal partido de la oposición –el PSOE– decidió enviar un contingente militar para contribuir a esa captura. Los talibanes fueron derrotados y se retiraron a zonas fronterizas de Pakistán. Según parece, Bin Laden hizo lo mismo. Fracasó el intento de darle caza y su mito alcanzó mayor magnitud. Los EE UU aprovecharon la presencia de las tropas de la OTAN en Afganistán para instalar en Kabul a una marioneta suya a la cabeza de un Gobierno fantasma. Y a raíz de todo ello, tropas españolas forman parte del contingente militar cuya misión originaria –apresar al jefe de Al Qaeda– ha sido modificada automáticamente por otra: sostener al Gobierno llegado en los furgones del Ejercito americano. De este cambio en la misión primitiva se derivan problemas en los que no se pensó demasiado al enviar nuestras tropas a tierras tan lejanas. Yes que ni Gran Bretaña –que lo intentó varias veces en su época de primera potencia imperial– ni la Unión Soviética en la absurda y disparatada invasión decidida por Breznev, han logrado dominar a ese indómito pueblo. Ambas potencias salieron escaldadas del intento. Ocupar Kabul no significa dominar el país. Afganistán no es un Estado, sino una serie de montañas y valles, una multitud de tribus autónomas muy guerreras, capaces de mantener en jaque a cualquier Ejército, ayudadas por un clima durísimo y por los desmoralizadores efectos del opio sobre los soldados de cualquier ocupante. Por si esto no fuera ya razón suficiente para repensar decisiones tomadas en circunstancias muy diferentes, Afganistán, al paso de los días y de los acontecimientos, se ha convertido en una pieza mas del rompecabezas en el que la Administración Bush ha intentando arrastrar a todo Occidente: la llamada "guerra mundial contra el terrorismo" cuyo epicentro es Iraq. De aquí se infiere la necesidad de contemplar de manera semejante ambos conflictos. El gobierno de Rodríguez Zapatero tuvo el gran acierto de retirar las tropas españolas de Iraq atendiendo las exigencias de la mayoría de los españoles. Actualmente en Afganistán se anuncia una intensificación de la resistencia que pone en peligro la seguridad de nuestras tropas allí destacadas. Aumentar su número con algunos centenares desoldados más no va a aumentar su seguridad. La experiencia nos enseña que ni con unas decenas de miles más de tropas de ocupación se va a pacificar Afganistán. Además, la Administración Bush ha apuntado ya a una posible complicidad de Pakistán y a medidas de represalias contra regiones de este país. Eso quiere decir que existe el peligro de que en cierto momento nos veamos implicados en acciones de guerra no sólo contra afganos, sino también contra paquistaníes. Podríamos, si se acepta esa dinámica, tener que comprometer fuerzas importantes en una guerra tan absurda como la de Iraq. España no debería embarcarse nunca en una aventura de esa naturaleza. Estimo que tanto el Gobierno como el mando militar español deben abordar ese problema con un criterio realista, porque no conviene que los caprichos de Mister Bush nos lleven a vernos implicados a miles de kilómetros en una guerra en la que ya hemos perdido vidas preciosas de soldados españoles. |
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