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Nº 732 - 12 de marzo de 2007

Las políticas de desarrollo y China

El desarrollo de una gran parte de la humanidad, todavía sumida en la pobreza, y su impacto sobre los equilibrios ecológicos y políticos globales es la gran cuestión de nuestro tiempo.

Solemos plantearnos el problema del "desarrollo" en términos del "subdesarrollo" de los países pobres que no consiguen salir de su pobreza, asfixiados por su crecimiento demográfico. Pero también hay que plantearlo en términos de "desarrollo", es decir del crecimiento económico de grandes países que cambiarán los equilibrios mundiales.

La UE es la primera donante de una ayuda al desarrollo cuya efectividad es objeto de discusión. Por ello, presidir la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo será una interesante experiencia que me propongo compartir con los lectores de EL SIGLO.

Pero entre los países pujantes está, evidentemente, China. Una China que celebraba días atrás la sesión anual de su Asamblea Nacional Popular, debatiendo sobre la sostenibilidad y la equidad de su desarrollo.

Hoy, China se plantea actuar como una gran potencia. Y lo manifiesta protagonizando un verdadero desembarco en África.

Recientemente, el presidente Hu Jintao culminaba una gira por Camerún, Liberia, Sudán, Zambia, Namibia, Sudáfrica y Mozambique para asegurarse los recursos minerales y energéticos que la economía china necesita. Era la segunda visita del líder chino en menos de un año a ese continente y la tercera desde que asumió la presidencia en 2003.

Las cifras demuestran ese interés chino por África. En 2005 se convirtió en el tercer socio comercial de África, tras los EE UU y Francia. Además China es ya el segundo consumidor de petróleo del mundo, tras EE UU, y un tercio de sus importaciones proviehen de África.

África ofrece a China energía más segura que los países de Oriente Próximo y China, a su vez, se presenta como un enorme mercado para las exportaciones africanas.

Por su lado, China ha condonado 1.300 millones de deuda a 31 países africanos y en la citada cumbre de Pekín se comprometió a duplicar en el 2009 la ayuda humanitaria que concede a África.

Así, la búsqueda de materias primas y las gigantescas reservas de divisas acumuladas por su Banco Central permiten a China protagonizar una política de desarrollo asociada a su creciente ascenso en la esfera internacional.

Por supuesto que China no es el primer país que utiliza la política del desarrollo como parte de su política exterior. Durante mucho tiempo, la URSS y los EE UU la utilizaron como parte de su confrontación en la guerra fría. Lo realmente novedoso es la irrupción como potencia donante de un nuevo jugador dotado de mucho poder.

Pekín no tiene antecedentes coloniales y quiere fomentar en África su modelo de desarrollo frente a lo que en muchos países se considera el fracaso de las democracias occidentales, de la emulación colonial y de la "arrogancia" de EE UU y Europa.
Por su parte, la UE y EE UU recelan del interés chino por acceder a los recursos naturales africanos y expresan su preocupación por la falta de "condiciones", léase escrúpulos, que parece tener China al otorgar ayudas a regímenes dictatoriales y corruptos, a los que se acusa de graves violaciones de los derechos humanos (Zimbabwe, Sudán).
El creciente ascenso de China está influyendo sobremanera las políticas de desarrollo europeas. Por un lado pone el dedo en la llaga de nuestras deficiencias (burocratización, pluralidad de actores, descoordinación, excesiva atención en políticas macroeconómicas y estabilidad de las finanzas públicas derivadas del Consenso de Washington, etc). Por otro, su irrupción pone en peligro muchas de las políticas que han conseguido resultados importantes a través de los cuales se ha aliviado el sufrimiento de muchos africanos.
En realidad, China y la UE mantienen diferentes puntos de vista sobre el concepto de desarrollo. Derechos humanos, protección medioambiental o justicia social no siempre están presentes en los planes chinos.

Pero la UE debe adaptar sus políticas de desarrollo a la aparición de nuevos jugadores (China, pero también países como Venezuela, India o incluso Brasil), y especialmente en África. Su emergencia en las políticas de desarrollo no debe ser vista como una amenaza que nos quita cuotas de mercado, sino como un nuevo actor que debe incorporarse al diseño de las políticas de desarrollo a nivel mundial.

A cambio, China deberá incorporar ciertos valores básicos europeos en sus estrategias de desarrollo. En su ayuda al desarrollo, China se verá confrontada a problemas similares a los que los europeos y los estadounidenses hemos conocido en las últimas décadas, y también estará interesada en establecer estrategias conjuntas.

No debemos, pues, temer el ascenso chino en Africa, pero sí ser muy conscientes de lo que podemos perder si no manejamos de manera constructiva esa imparable novedad.


José Borrell

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