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| Nº 731 - 5 de marzo de 2007 |
María Antonieta: la Reina desalmada Por Mauro Armiño Siempre fascinante como personaje, la última reina de verdad de Francia, María Antonieta, ha vuelto a subir a la pantalla de mano de la norteamericana Sofia Coppola, pero no le hacía falta para estar de moda: biografías, retratos, ensayos y novelizaciones de su figura y período son constantes en Francia, y algunos de esos trabajos llegan a España con frecuencia: por ejemplo, dos libros recientes de Benedetta Craveri, la historiadora italiana, nieta del gran Benedetto Croce, de quien Siruela ha publicado en el último años Reinas y amantes y María Antonieta y el escándalo del collar. A casi dos siglos y medio de distancia, la labor que folletos, libelos y panfletos de los Ilustrados hicieron durante todo su reinado deja oír todavía sus ecos: la princesa de la casa de Austria llega con apenas quince años a una corte francesa extraña, hecha de pompa, ritual y ceremoniales ridículos, como pieza del gran cambio de alianzas políticas que iba a determinar muy pronto el destino de Europa. Borbones y Habsburgos creían estar jugándose sobre el tablero europeo el control el uno del otro sin darse cuenta de que las dos familias se jugaban la cabeza en el envite. La película de Sofia Coppola no ha querido ir más allá de la figura de la delfina y luego: la recoge niña, y la introduce en la corte versallesca sin preparación alguna; y no sólo le faltaba preparación para el complicado juego versallesco, le faltaba preparación para todo, empezando por su oficio; cosa sorprendente para haber sido criada por la emperatriz María Teresa de Austria –hábil calculadora si las hubo–; no recibió ninguna preparación intelectual y era incapaz de profundizar en ningún tema, como informan a Luis XV los “espías” enviados a explorar sobre el terreno las capacidades de la esposa del mayor monarca del mundo civilizado. No le dieron mucho tiempo los franceses a la futura reina, que avanza encantada hacia un edificio construido especialmente para su entrega a Francia: Coppola convierte en anécdota ese ceremonial de la entrega, el último de los grandes rituales del Antiguo Régimen: la niña entra por la puerta austriaca con todo su séquito, en el centro es despojada de todas sus ropas y lazos, incluso de su perrillo, y vestida para salir, ya con los miriñaques y lazos de uso versallesco por la otra puerta, en suelo francés, donde la espera su nuevo séquito. La ilusión de felicidad que tenía hubiera rebajado mucho sus grados si a María Antonieta le hubieran contado las últimas palabras de otra reina, la española María Teresa, casada con el monarca más esplendoroso del siglo, Luis XIV: “Durante toda mi vida, desde que fui Reina, no tuve un solo día de verdadera felicidad”, y eso que, a diferencia de ésta, la austríaca dominaba perfectamente el francés, algo que no consiguió la española, que pese al poder omnímodo de su regio esposo fue siempre despreciada; los biógrafos la describen como “buena y piadosa, pero crédula y boba hasta lo indecible, no hace más que jugar a las cartas, comer todo el tiempo y engordar. Se atiborra de ajo y engulle una taza tras otra de chocolate –recuerdo de España–, cosa que, al parecer de los cortesanos, le ennegrece los dientes”. ¡Ay, el ajo español, persistente a través de los siglos! María Antonieta no tenía un marido poderoso; se conoce mal a Luis XVI, pero los coetáneos hablan de su falta de encanto y de seguridad; atrapado por la impopularidad de su esposa, se ve reflejado en los libelos como un comparsa complaciente al que la austriaca da hijos bastardos. Un año mayor que su esposa, Luis no consiguió cohabitar con ella hasta siete años después de su boda; los médicos dictaminaron, no impotencia, sino falta de capacidad para culminar el coito, y poco dado al amor y a las mujeres. En el verano de 1777, una discusión con su cuñado José de Austria, que tal vez se ayudó de una pequeña operación, pareció liberarle de sus problemas; pero cuando al año siguiente la reina da a luz una niña, Luis XVI ya era para toda la opinión pública, el tonto del vodevil en que se había convertido el sistema de alianzas de las cabezas coronadas europeas. Por la película de Coppola pasa la figura “indescifrable” de Luis XVI, incapaz para asumir la gran monarquía de Luis XIV: el Rey Sol, de vida fascinante por su esplendor y por la caída de su largo reinado en lo que iba a ser el fermento revolucionario–, había envuelto a la corte, para evitarse Frondas, en una tela de araña de ceremonias ridículas, gastos fastuosos y la mayor pompa conocida hasta entonces; pero había sabido elegir a las personas aptas para poner en jaque y derrotar al viejo imperio español que había creado Carlos V por toda Europa. Medio siglo más tarde, el imperio que hacía aguas era el francés, y el carácter de Luis XVI el menos indicado para sacarlo a flote. Manteniendo una monarquía absoluta cuando ya no tenía un poder absoluto, el caos abre brechas por todas las instituciones, empezando por la figura institucional de la Reina, que había naufragado nada más pisar suelo francés. Se produce un hecho curioso: María Antonieta asume en los libelos el papel que hasta entonces ocupaban las favoritas, y en especial la Du Barry; dada la escasa sexualidad de su marido, es considerada como reina y como favorita, atribuyéndole toda suerte de vicios libidinosos, dado que ese había sido el carácter más marcado de la monarquía francesa desde el siglo XVI: si el rey no era libertino, tenía que serlo la reina. Los panfletos contra María Antonieta figuran entre los más terribles que recuerda ese género satírico… pero pocos hechos que se le atribuyen son ciertos. Chantal Thomas lo demuestra con esa meticulosidad de los historiadores franceses en La Reine scélérate, del que existe traducción (mala) española a cargo de Ignacio Echevarría: La reina desalmada. Origen y evolución del mito de María Antonieta (El Aleph, 1992). Coppola se ha centrado en la reina, para hacer un retrato sólo de medio cuerpo, que concluye con la huida de Versalles de la pareja real; habían de llegar los momentos claves de la Revolución –el pueblo sólo aparece ante el palacio, ya con hoces, azadas y llameantes antorchas–, en los que según todos los historiadores María Antonieta asumió paradójicamente su destino y el papel de reina: encarnación de la imagen más intolerable de la realeza, “más malvada que Agripina, / de crímenes inauditos,/ más lúbrica que Mesalina, / más bárbara que Médicis”, María Antonieta tiene que ser juzgada, según los libelos, en nombre de las virtudes de la realeza. Y precisamente en ese momento, cuando la toma de la Bastilla hace desmoronarse el Antiguo Régimen, encarnó los valores monárquicos: ferozmente hostil a la Revolución desde el principio, animará a su esposo a aplastarla; y cuando su suerte y la de los Borbones franceses esté echada, María Antonieta se yergue llena de coraje, despreciando a la multitud, sin tenerle ningún miedo: “El rey sólo tiene un hombre, su mujer”, escribe Mirabeau. La progresiva radicalización de la Revolución iba a impedir que se le perdonara la vida: y poco después de que su marido hubiera sido decapitado, a la que había sido “flagelo y sanguijuela de los franceses” según la requisitoria del fiscal en un juicio que fue puro trámite, se la vio avanzar en un carromato erguida, desafiante frente al pueblo vocinglero, hasta el lugar de su destino: la guillotina. Y a partir de ese momento, María Antonieta vuelve a los libelos, pero ahora como mártir y verdadera reina de Francia: los escribe la reacción nobiliaria a la Revolución Francesa. |