Los talibanes incrementan sus ataques,
anunciando mayores ofensivas para la primavera
El polvorín de Afganistán
La muerte de la soldado española Idoia
Rodríguez y el ataque contra el convoy militar español el pasado 21 de febrero
no constituye un hecho aislado. Recientemente fallecían otros seis soldados
británicos en acciones de la insurgencia fundamentalista, y el pasado día 27,
un atentado suicida acababa con la vida de 23 personas en la entrada principal
de la base que el ejército estadounidense tiene en Bergam –y el objetivo de los
explosivos era el vicepresidente norteamericano, Richard Cheney, que se
encontraba en el recinto–. El Mulá Omar ha anunciado una intensificación de sus
acciones esta primavera, asegurando poseer un ejército de más de 8.000 hombres
y 2.000 suicidas dispuestos a lo que haga falta. Todo en un contexto en el que
el Gobierno es acusado de corrupción, en el que los “Señores de la Guerra” de
la Alianza del Norte continúan preservando un poder de taifas, y donde la
cooperación internacional recibe todo tipo de críticas.
Por Pedro Antonio Navarro
El pasado 2006 fue el año en el que la
violencia se cobraba un número más alto de vidas humanas en Afganistán desde la
caída del régimen talibán en 2001. La muerte de 4.000 personas –tres veces más
que en 2005- certificaba el fortalecimiento de las posiciones de la insurgencia
fundamentalista, enquistada en las zonas montañosas del sur y este del país. Y
es que, desde que en diciembre de 2001 se proclamase el Gobierno provisional de
Hamid Karzai, y las tropas de la Fuerza Internacional de Asistencia para la
Seguridad en Afganistán (ISAF) se hicieran cargo de la seguridad y de la
formación del nuevo ejército afgano y la nueva policía, nadie ha sido capaz de
acabar con una resistencia talibán –entrenada y armada originalmente por los
Estados Unidos- que ya frente a las tropas soviéticas daba muestras de su
capacidad de combate, su perfecta adaptación al terreno y el exitoso uso de la
táctica de guerrillas.
A esta circunstancia se le une la
desestructuración de una nación que históricamente ha funcionado como los
reinos de taifas. Los denominados señores de la guerra, con gran implantación
en el centro y norte del país, que fueron fundamentales en la derrota del
régimen talibán, conservan intactas sus prerrogativas y sus ejércitos privados.
De procedencia dispar, algunos son bandidos, mientras que otros son líderes muy
respetados con influencia determinante en algunas etnias del país, lo que
también supone un grave riesgo para el incremento de tensiones que, en algún
momento pudieran llevar a un enfrentamiento civil, como ya advierten algunos
analistas. Estos señores de la guerra tienen una presencia importante en la
Asamblea Nacional, la Loya Jirga, que depende en muchas ocasiones de sus
decisiones.
El Gobierno presidido por Hamid Karzai,
que tras un periodo provisional, obtuvo en 2005 el triunfo en las urnas con el
55 por ciento de los votos, apenas controla el territorio de la capital y su
contorno. Karzai es conocido irónicamente como el alcalde de Kabul. El resto
del país está controlado por los señores de la guerra, y en el sur, por los
talibanes, que tras huir del avance de la Alianza del Norte, se refugiaban en
la región montañosa de Tora Bora, donde han ido reconstruyendo su fuerza, como
han demostrado a lo largo de 2006 y lo que llevamos de 2007. Los Estados Unidos
han acusado al régimen de Pakistán de estar detrás de este fortalecimiento
talibán. Los 2.400 kilómetros de frontera entre estos dos países, con unas
líneas muy permeables, han permitido a los fundamentalistas actuar y
posteriormente refugiarse en territorio pakistaní.
Más de cuatro millones de afganos se han
encontrado en situación de desplazamiento, aunque, muchos de ellos, huyendo
hace años del régimen de los talibanes (los estudiantes, en idioma pastún).
Paradójicamente, año tras año, y a pesar
de la presencia de tropas extranjeras de 35 países, la producción de adormidera
se ha extendido hasta límites insospechados. Afganistán es el primer productor
mundial –con mucha diferencia, el 75 por ciento de lo obtenido en el mundo se
produce en su territorio- de la materia prima con la que se elabora la heroína.
En estos años su economía ha crecido un espectacular 20 por ciento, y todos los
analistas coinciden en señalar a la heroína como única responsable de este
diferencial. Se calcula que sólo el año pasado la producción creció un 50 por
ciento, hasta superar las 6.000 toneladas, mientras que la superficie dedicada
al cultivo se extendía a 165.000 hectáreas, un 59 por ciento más que el año
anterior.
Tanto talibanes como señores de la guerra
han encontrado una extraordinaria vía de financiación en esta actividad. Ambos
grupos armados protegen la producción en amplias zonas del país, y ya se están
produciendo casos de colaboración entre los antaño enemigos, y ahora grupos
integrantes de la Alianza del Norte y los talibanes, en aras de tan magro
negocio. La tentación también parece haber hecho mella en algunos integrantes
del Gobierno de Kabul y hasta en los directivos de alguna de las muchas
compañías multinacionales que operan en el país, denunciados por su implicación
en este sucio negocio por varias de las 3.000 ONG que trabajan sobre el
terreno.
La posible corrupción en el seno del
Gobierno ya había sido tenida en cuenta, incluso por los países que
participaron en la Conferencia de Donantes de Bonn, en 2001, en cuyas
conclusiones finales se incluía la recomendación de canalizar el dinero de las ayudas
a través de las ONG y de empresas, en lugar de las estructuras administrativas
afganas, sobre las que pesaba la desconfianza general. Sólo el año pasado se
cambiaba este criterio, en la Conferencia de Londres.
Pero la corrupción puede no quedarse sólo
en el lado afgano. Un gran número de multinacionales han entrado a saco en el
pastel de la reconstrucción del país, muy especialmente, las norteamericanas.
No sólo existen sospechas de cierta connivencia con el tráfico de drogas, sino,
y sobre todo, innumerables quejas sobre la calidad y el trabajo en el
levantamiento de infraestructuras y la construcción de edificios –de modo
increíble, en algunas ciudades afganas se está produciendo un auténtico boom
inmobiliario-. Muchas de estas compañías gestionan directamente fondos públicos
concedidos por las conferencias de donantes. Además, no se debe olvidar que la
mayoría de los contratos de reconstrucción son concedidos directamente por
entidades como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, o la
Agencia Internacional para el Desarrollo de Estados Unidos (USAID).
A pesar de la gran presencia en el país
de organizaciones no gubernamentales –más de 3.000-, los informes elaborados
por Amnistía Internacional identifican Afganistán como el país más inseguro del
planeta para el desarrollo de sus actividades y el más peligroso para sus
integrantes. En estos años se han producido numerosos asesinatos, atentados y
secuestros que han tenido como víctimas a integrantes de estas ONG. Esta
situación ha llevado a que, por ejemplo, Médicos sin Fronteras tomara la
decisión de suspender todas sus actividades en la zona y evacuar a todo su
personal, ante la imposibilidad de garantizar su seguridad.
Los cambios esperados no parecen haber
llegado a la población afgana. Las promesas de una estabilidad democrática y un
desarrollo consecuente con esta nueva situación no se aprecian en la mayor
parte del país, donde las instituciones democráticas, lejos de Kabul, no pueden
competir con el poder real de los señores de la guerra. Una sanidad y educación
precarias, unos niveles de desempleo alarmantes, la carencia de
infraestructuras básicas, una mujer que no se ha visto liberada y protegida,
que, en muchas ocasiones sigue vistiendo el ominoso burka –incluso en Kabul-
describe la situación cotidiana que vive el ciudadano afgano.
Su ejército, formado por 40.000
efectivos, y su policía, integrada por otros 60.000, no parecen ser capaces de
controlar la situación. En muchos ámbitos se argumenta que el actual Gobierno
sólo está sostenido por la presencia de las tropas extranjeras de la ISAF. 37
países aportan sus tropas en un operativo decidido por Naciones Unidas, pero
que gestiona la OTAN, aunque Estados Unidos es, con diferencia el país que más
soldados ha desplazado –18.000 más los 2.400 que ha aprobado enviar
inmediatamente-, y quien, en realidad, dirige todas las operaciones.
En los últimos tiempos se ha comenzado a
detectar un cierto sentimiento antiamericano –la mayor parte de la población
cree que todos los soldados de la ISAF son de ese país-, incluso en la capital,
como pudo comprobarse en los disturbios que tuvieron lugar el 29 de mayo de
2006, tras un accidente múltiple en el que estaba implicado un vehículo militar
estadounidense. Las masivas y violentas protestas de la población se saldaron
con más de 30 muertos y 60 heridos. Las tropas norteamericanas dispararon
contra los congregados, aunque lo más sorprendente estuvo en la actitud de
muchos policías afganos, que se sumaron a las protestas.
Algunos comienzan a considerar la
presencia de la ISAF como una fuerza de ocupación. Un argumento que los
talibanes están utilizando para fortalecer su ejército y para encontrar apoyo
civil. Por lo pronto, tras el gran incremento de atentados en 2006, en 2007 su
actuación ha provocado ya decenas de fallecidos, entre los que se encuentra la
soldado española Idoia Rodríguez. Se atrevieron a tratar de atentar contra el
vicepresidente norteamericano, Richard Cheney –matando en el intento a 23
personas-, y han anunciado su intención de iniciar grandes ofensivas en esta
primavera. La OTAN también ha declarado su intención de llevar a cabo ofensivas
preventivas. El polvorín afgano está a punto de estallar.
Un problema para Zapatero
Si cree algo, dígalo y defiéndalo con
claridad y personalidad, pero no disimule y no diga que van a Afganistán en
misión humanitaria. Van a una guerra y los españoles tienen derecho a saber a
dónde van”, proclamaba el pasado 22 de febrero el presidente del Partido
Popular y líder de la oposición, Mariano Rajoy, anunciando que exigiría la
comparecencia del presidente del Gobierno en el Congreso para que explique “la
verdad” y no se refiera más a la actuación de las tropas españolas en
Afganistán con “disimulo y mala conciencia”. El jefe de las filas populares
realizaba estas declaraciones durante un mitin de su partido en la localidad de
Zamora, apenas unas horas después de conocerse el ataque que habían sufrido los
efectivos españoles en esa zona. El acto zamorano del PP estaba convocado para
promocionar a sus candidatos para las próximas elecciones municipales y
autonómicas.
Una de las primeras consecuencias del
fallecimiento de la soldado Idoia Rodríguez, destinada en el país asiático, y
que moría por la explosión de una mina activada por los militantes talibanes al
paso de un convoy de tropas españolas al sur de Herat –donde se ubica la base
hispana-, ha sido la incorporación a la agenda opositora del Partido Popular de
un asunto tan sensible. Otros militares de nuestro país –hasta 126- ya han
perdido la vida en acciones durante el desempeño de misiones internacionales,
pero este es el primer caso de la muerte de una soldado.
Así, un asunto prácticamente hibernado
–sólo Izquierda Unida ha hecho en varias ocasiones referencia en el Parlamento
a la presencia española en Afganistán, solicitando el regreso de las tropas- le
está ofreciendo al PP una nueva línea argumental para su trabajo de oposición
sistemática y sin tregua en todos los frentes. Rajoy exigía la concesión a la
soldado, a título póstumo, de la Cruz del Mérito Militar con distintivo Rojo,
que la legislación en esta materia reserva para los fallecidos en acciones de
guerra, mientras que el Gobierno anunciaba su intención de otorgar esta
condecoración a la militar fallecida, pero con el distintivo Amarillo, el que
se especifica para misiones de paz.
La guerra de las medallas parecería un
asunto superfluo, especialmente si se toma en consideración que una militar
española ha perdido la vida en el cumplimiento de su deber. El Ejecutivo, de
modo reglamentario, había decidido, con prontitud, disponer los homenajes
pertinentes. Para el Partido Popular sí es importante incidir en el color de
esta condecoración, puesto que desea demostrar que los centenares de soldados
españoles desplazados en Afganistán están desarrollando una misión de guerra.
Con ello quedaría equiparado al envío de tropas españolas a Iraq durante el
Gobierno de José María Aznar. Equiparar ambas situaciones otorgaría, de modo
retroactivo, legitimidad a aquella decisión de un gobierno del PP. El otro
efecto deseado es el de equipararlas también en peligrosidad, conocedores del
rechazo popular a la participación española en guerras de cualquier tipo,
especialmente, de ocupación.
Lo cierto es que ambas situaciones, pese
a contar con efectivos armados destacados en países extranjeros, no tienen la
misma naturaleza. El origen de la ISAF (Fuerza Internacional de Asistencia para
la Seguridad en Afganistán), en el que se integra el operativo español, es la
resolución 1.368 de 20 de diciembre de 2001 del Consejo de Seguridad de
Naciones Unidas, que decide el envío de un contingente internacional para
garantizar la seguridad y el desarrollo en la zona de modo transitorio. El
envío de la fuerza española a Afganistán, a diferencia de lo sucedido con las
tropas que llegaron a Iraq, fue autorizado por el Pleno del Congreso de los
Diputados, y no sólo con los votos favorables del Partido Popular, sino que, en
su momento, precisamente se trató de una iniciativa del Gobierno presidido por
José María Aznar.
Ante la perspectiva de una primavera
caliente anunciada por el Mulá Omar, jefe de los talibanes refugiados y
fortificados en el sur del país, el partido popular puede encontrar audiencia
sensible en las filas mayoritarias de los antibelicistas españoles, y con ello,
según una estrategia abierta a crear y mantener todo tipo de frentes contra el
Ejecutivo, tratar de obtener un rédito electoral. Mariano Rajoy acusaba al
presidente del Gobierno de presentar la actuación del Ejército español en la
zona como si se tratase de “ayudar a ancianitas a cruzar la calle”, advirtiendo
de que lo cierto es que nuestros soldados corren serios “riesgos y peligros”.
Desde el Partido Socialista se ha
denunciado que el PP trata de generar confusión acerca de la naturaleza de la
misión en Afganistán. Jesús Cuadrado, diputado socialista de la Comisión de
Defensa del Congreso, ha insistido durante estos días en que lo realizado por
los militares de nuestro país en aquel país está enmarcado en la acción “humanitaria
y de reconstrucción de esa nación, marcando la diferencia con lo que
consideraba una “misión de combate para ocupar un país”, e impulsada por
Estados Unidos, como era la de Iraq.
Del mismo modo, pero con más dureza, la
vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega,
aseguraba el pasado 23 de febrero que “igual que en la vida no todo vale,
tampoco puede valer todo en política. Si el PP pretende desgastar al Ejecutivo
con esto, ellos sabrán lo que hacen”.
Quienes sí llevan años oponiéndose
sistemáticamente a la situación de las tropas españolas en Afganistán y
solicitando su regreso a casa de modo similar a como se hizo con el contingente
destinado en Iraq, son los dirigentes de Izquierda Unida. Antes de la
desgraciada muerte de Idoia Rodríguez, el coordinador general de IU, Gaspar
Llamazares, había solicitado que el Gobierno se replanteara la situación de
nuestras tropas. Sucedía el 8 de febrero de este año, un día antes de la
reunión ministerial de la OTAN en Sevilla, cuando, ante la petición efectuada
por esta organización militar al Gobierno español para que aumentase su
contingente en el país asiático, el presidente Zapatero se mostraba tajante
negando esa posibilidad.
Los tristes acontecimientos posteriores,
a los que hay que añadir la muerte reciente de otros seis soldados británicos
en la zona, han precipitado que la coalición de izquierdas llegase a solicitar
la celebración de un pleno monográfico en el Congreso para tratar la situación
de las tropas españolas en Afganistán. Llamazares ya había adelantado que su
grupo solicitaría del Gobierno la confección de un calendario para la retirada
total y definitiva. Para el coordinador general de IU, la “situación en
Afganistán es extremadamente peligrosa para nuestras tropas” y está “fuera de
control”, al tiempo que denunciaba que la decisión sobre las operaciones, de
facto no la está ejerciendo Naciones Unidas, sino el Ejército de Estados
Unidos. El pasado 27 de febrero, el presidente del Gobierno no contestaba a una
pregunta sobre este asunto efectuada por Gaspar Llamazares, lo que provocaba un
monumental enfado de la coalición, que calificaba la actitud de Rodríguez
Zapatero como “muy grave (...) No es que ya no tengamos una relación
preferente, es que ya no existe. De eso tomamos nota”, y acusaba al Ejecutivo
de haber vuelto “al espíritu de guerra del comienzo de legislatura”.
Las tropas españolas entraban a formar
parte de la ISAF de la mano del Gobierno que entonces presidía José María
Aznar. Con gran diferencia, ha constituido la misión más peligrosa para los
militares españoles, constatado por el hecho de que es el contingente que más
vidas humanas ha costado a las Fuerzas Armadas desde que participan en misiones
internacionales. 82 militares españoles han perdido la vida en este despliegue
–incluidos los 62 fallecidos en el trágico accidente del Yak 42, en 2003,
cuando regresaban a España tras haber pasado el tiempo correspondiente en
Afganistán-.
En la actualidad se hallan desplazados en
aquel país un total de 690 soldados de nuestro Ejército –el año pasado se
incorporaron otros 150-. Al comienzo de la misión, en la que participan 37
países, España era el quinto Estado que más tropas aportaba (ahora es el
décimo, aunque ocupa un lugar mucho más destacado en cuanto a ayudas al
desarrollo), pero la negativa gubernamental a la ampliación del contingente
puede tener lecturas de futuro. Especialmente, porque el embajador español en
Afganistán, José Turpin, y el representante especial de la Unión Europea en la
zona, Francesc Vendrell, habían comunicado al Gabinete su opinión favorable a
esta ampliación del número de efectivos, mientras que mandos militares también
expresaban su consejo técnico de crear una base avanzada en la zona en Bala
Morghab y contar con maquinaria de zapadores, lo que, en la práctica, supondría
la necesidad de enviar, al menos, a otros 150 soldados. Aún así, el teniente
general Bernardo Álvarez, jefe del Mando de Operaciones, había matizado que no
solicitaba más efectivos, sino más medios adaptados a la naturaleza de la
misión. Por eso, la negativa de Rodríguez Zapatero tiene gran importancia
política. La zona en la que se encuentran las tropas españolas, Herat, y la
cercana Qal-e-Naw (donde se despliega el Equipo de Reconstrucción Provincial),
ha dejado de ser tranquila y se ha convertido en zona de aprovisionamiento y de
paso para las nuevas rutas del opio. Además, los servicios de Inteligencia han
advertido del serio riesgo de que los ataques y los atentados suicidas vayan en
aumento a partir de este momento, a lo que se une la advertencia del Mulá Omar
–a la que la Inteligencia norteamericana da toda la credibilidad- de que a
partir del deshielo de esta primavera, los talibanes lanzarán diversas
ofensivas apoyados en sus más de 8.000 efectivos y su proclamado nuevo
armamento –capaz de derribar helicópteros, según amenaza Omar-.
El Gobierno español también es consciente
de que la OTAN, quien oficialmente gestiona la misión, ya ha comunicado sus
planes de realizar ofensivas preventivas contra las zonas del sur y del este
del país (feudos talibanes), lo que, en la práctica supone una garantía de que
las acciones de guerra se verán notablemente incrementadas, lo que conllevaría
un incremento exponencial del riesgo y, muy probablemente, un cambio en
profundidad de la naturaleza de la misión internacional.
Zapatero recuerda que iniciaba de modo
espectacular la legislatura con el automático cumplimiento de su promesa de
retirar inmediatamente las tropas españolas de Iraq, sorprendiendo a
partidarios y detractores por su determinación. Su negativa a ampliar el
contingente podría estar relacionada con su deseo de no terminar la legislatura
enviando tropas a realizar acciones de guerra. Si esa situación bélica llega,
como todo parece indicar, puede que la negativa a la ampliación no sea la única
decisión a tomar.
El precio en vidas de las misiones en el
exterior
Desde que en 1990 las tropas españolas
comenzasen a participar activamente en misiones internacionales, su presencia
en estos escenarios ha constituido la principal causa de fallecimientos entre
integrantes de las Fuerzas Armadas. La muerte de la soldado Idoia Rodríguez, el
pasado 21 de febrero –primer caso de una mujer militar española fallecida en
acción de guerra-, cerca de Shindand (Afganistán), eleva a 127 el número de
personas que han perdido la vida en el desempeño de estas misiones fuera del
territorio nacional.
Precisamente, la participación en la
fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad en Afganistán (ISAF), es
la que se ha saldado con el mayor número de víctimas para el Ejército español.
Nada menos que 82 compatriotas han dejado sus vidas en ese operativo. La
mayoría de ellos -62 militares- encontraba la muerte en el trágico accidente
del Yak 42, sobre territorio turco, cuando regresaban a España, en la madrugada
del 26 de mayo de 2003. Otros 17 soldados caían en un accidente de un
helicóptero Cougar, el 15 de agosto de 2005, cerca de la localidad de Herat,
donde el contingente español tiene su base en este país centroasiático. Otro
militar perdía la vida, como Idoia, por la explosión de una mina, y otro más, a
consecuencia de un infarto, situación que se ha repetido en otras ocasiones en
misiones diversas.
La actuación de nuestras tropas en Bosnia
provocaba la segunda cifra más alta en fallecimientos. En el país balcánico
encontraron la muerte 18 integrantes del Ejército español. Seis de ellos en
acciones bélicas y como consecuencias de ataques directos, otros 11 en
accidentes de tráfico (cabe resaltar la altísima siniestralidad de los vehículos
de transporte militares), mientras que, nuevamente, otro soldado moría por
infarto de miocardio.
Iraq también se cobraba un alto tributo.
Un total de diez uniformados de nuestro país caían en acto de servicio en la
nación mesopotámica. El 29 de noviembre de 2003 siete agentes del Centro
Nacional de Inteligencia (CNI) eran asesinados en una emboscada de la
insurgencia cuando viajaban en un vehículo civil por una autopista en las
inmediaciones de la capital, Bagdad. Apenas mes y medio antes, el 9 de octubre,
el agregado de Inteligencia de la Embajada española, José Antonio Bernal –con
la graduación de sargento primero-, era tiroteado cerca de su domicilio en
Bagdad.
Otro atentado contra la sede de las
Naciones Unidas en la capital, segaba la vida del coordinador de seguridad para
las ONG, junto a la de otros muchos funcionarios de diversas nacionalidades. En
una acción bélica contra la insurgencia en la provincia de Diwaniya –donde se
concentraban las fuerzas españolas- también encontraba la muerte el comandante
de la Guardia Civil Gonzalo Pérez García.
Seis militares españoles fallecieron
durante el desempeño de la misión internacional en Kosovo. En esta ocasión,
ninguna de estas trágicas pérdidas estuvo relacionada con acciones de combate o
ataques contra las tropas. Cuatro perdían la vida en accidentes, tres de ellos
aéreo, y el cuarto en un vehículo terrestre. Otro de los fallecidos recibía un
disparo accidental en el interior del cuartel, mientras que –un caso más-,
sufría un ataque al corazón-.
En Guinea encontraban la muerte tres
militares españoles que viajaban en un Aviocar accidentado, mientras que otro
soldado perdía la vida en Guatemala al caer el helicóptero en el que se
encontraba durante una misión humanitaria de ayuda a los damnificados en un
terremoto que se había producido en el país centroamericano.
Las colisiones de vehículos terrestres,
una vez más, elevaban la dura estadística en Abu Dhabi, donde otro soldado
español fallecía como consecuencia del accidente sufrido por un carro
antimisiles.
Una historia de atentados sin fin
El 27 de febrero, sólo una semana después
de la explosión de la mina terrestre que acababa con la vida de la soldado
española Idoia Rodríguez, un nuevo ataque perpetrado contra el cuartel general
de las tropas estadounidenses en Bagram, se cobraba la vida de 23 personas. En
esta ocasión se trataba de un atentado suicida con coche bomba que hacía
explosión en la entrada principal del protegido recinto. 20 civiles afganos, un
soldado norteamericano, otro surcoreano y un contratista estadounidense fueron
las bajas, pero el objetivo era nada menos que el vicepresidente de los Estados
Unidos, Richard Cheney, que se encontraba en el interior de la instalación,
aunque los responsables de su seguridad aseguran que en ningún momento corrió
peligro.
Hasta el momento ha sido la última acción
violenta cometida por militantes del movimiento talibán, pero, desde luego, no
la primera. Desde que el 22 de diciembre de 2001 tomase posesión de su cargo el
actual presidente afgano, Hamid Karzai, una larga y sangrienta cadena de
atentados ha sembrado de muerte la geografía de esta conflictiva nación
centroasiática.
El primer gran ataque de la era
postalibán se producía el 5 de agosto de 2002. Aquel día dos coches bomba
explotaban en el centro de la capital, Kabul, causando al muerte a 22 personas,
la gran mayoría, civiles, dejando también varias decenas de heridos, algunos de
ellos, muy graves. Cuatro días más tarde, el 9 de agosto, el balance era aún
más desolador: 26 fallecidos y 80 heridos provocados por la explosión de otro
coche bomba en el interior de la sede de una ONG, esta vez, en la ciudad de
Jalalabad. El último gran atentado de 2002 se producía el 5 de septiembre. El
sistema indiscriminado del coche bomba volvía a dejar un reguero de cadáveres
-26- en el centro de Kabul y varias decenas de heridos.
El 31 de enero de 2003 los talibanes
hacían explotar una mina al paso de un autobús muy cerca de Kandahar, con el
trágico balance de 16 personas muertas. El 13 de agosto de ese año, un
activista suicida hacía estallar los explosivos que llevaba adheridos a su
cuerpo en el interior de un autocar de transporte de pasajeros en el sur del
país –zona controlada por la milicia talibán-, causando la perdida de 15 vidas
humanas.
Otras 15 personas morían –casi todos
niños- el 6 de enero de 2004 en un ataque con explosivos a un cuartel del
Ejército afgano en Kandahar. Además, completaba el saldo con más de 50 heridos.
El 29 de agosto de 2004 se producían dos atentados casi simultáneos. En uno de
ellos, de nuevo los niños eran escogidos como víctimas al atacar una escuela en
Paktia. El otro volvía a conistir en la explosión de una potente bomba en el
centro de Kabul; el resultado conjunto: 20 muertos y decenas de heridos.
El 1 de junio de 2005 le tocaba el turno
a los fieles que se daban cita en una mezquita de Kandahar. Una vez más, con un
saldo terrible de 19 muertos y más de 50 heridos. Kandahar continuaba
convirtiéndose en lugar preferente de la actuación de la milicia talibán. El 16
de enero de 2006 dos atentados cometidos por suicidas costaban la vida a 22
personas. En esta misma zona, en la localidad de Panjwai, un nuevo ataque
perpetrado por un suicida ocasionaba la muerte de 21 civiles, entre los que,
otra vez, se encontraban numerosos niños. El 28 de agosto, un atentado contra
un mercado en Helmand, en la zona sur, arrebataba la vida a 16 personas y
ocasionaba cerca de 50 heridos.
El ataque contra la Embajada
estadounidense en Kabul con un coche bomba asesinaba a 18 personas, 16 civiles
y dos soldados norteamericanos, el 8 de septiembre de 2006. el 22 de ese mismo
mes, un grupo de talibanes armados disparaba en Kandahar a un grupo de
trabajadores de la construcción, provocando la muerte de 19 de ellos.
Para cerrar el peor año desde el fin del
gobierno talibán, el 26 de septiembre de 2006, un militante suicida se hacía
estallar con su mortífero cargamento de explosivos entre un grupo de peregrinos
musulmanes en Helmand, con el resultado de 18 muertos y decenas de heridos. |