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Nº 731
5/3/2007

Vuelven los rusos


El hecho de que la Rusia de Vladimir Putin parezca estar recuperando el pulso de gran potencia hace preguntarse, incluso temer, si no estaremos al comienzo de una nueva Guerra Fría. También hay que replantearse si esta guerra se libraba entre el comunismo y el capitalismo, y/o entre dos grandes potencias que comparten bastantes tensiones mesiánicas y destinos manifiestos, como pueblos elegidos por Dios. A partir de ahora Rusia estaría otra vez en disposición de capitalizar tal rivalidad. El fracaso de determinadas actuaciones estadounidenses en la Guerra contra el Terror y en la ofensiva contra el Imperio del Mal, junto a la recuperación que Rusia experimenta, con un presidente implacable y un sustancial control de inmensos recursos energéticos, al menos nos informaría de que fue iluso suponer la desaparición con la Unión Soviética de la gran potencia que Rusia seguiría Ilamada a ser. Si no estamos en vísperas de una nueva Guerra Fría a lo mejor sí lo estamos en la perspectiva de Rusia actuando como la oposición de los Estados Unidos en el reparto y la gestión del poder mundial, como control y contrapeso cuya existencia haga pensar dos veces a Washington antes de sus decisiones y opciones estratégicas.

La verdad es que desde el día siguiente a la caída del Muro de Berlín, en los años 80 y 90 del siglo pasado, la anarquía y el desconcierto que se extendieron por diversas zonas asiáticas y europeas, y que por ejemplo condujeron a la guerra y desmembración de Yugoslavia, en más de una mente razonable suscitaron cierta nostalgia por la Guerra

Fría y el orden soviético, por muy opresor que hubiera sido. La nostalgia suponía echar de menos al enemigo conocido, contra el cual se creía uno suficientemente preparado en argumentos políticos, militares y económicos, con la superioridad que acabó por alcanzar un modelo basado en la libertad, la democracia y el mercado. Pero la desintegración de la Unión Soviética y su sucesión por esa Rusia tan arruinada y desmoralizada que representaba un personaje de la extravagancia de Boris Yeltsin, abrió la veda de los conflictos locales, del vacío del poder, las tensiones étnicas, nacionalistas y religiosas en la inmensidad del Imperio Soviético. La ficción política mantenida durante décadas, con suficiente vigor ideológico y militar, hizo creer que ya habían desaparecido para siempre.

La Rusia de Yeltsin no es la Rusia de Putin. Este se esfuerza en recordar, incluso con rudeza, que Rusia es una gran potencia con la que se tiene que contar. Su discurso en la conferencia de Múnich del pasado 10 de febrero, junto con la actitud rusa en las cuestiones nucleares de Corea del Norte e Irán, evidenciarían que la posición de ese país ya no está garantizada para las capitales occidentales, que su pasividad o debilidad estarían superándose. El presidente Putin no tuvo reparos en censurar actuaciones unilaterales y desprovistas de legitimidad que han causado grandes tragedias humanas y provocado la apertura de nuevos focos de tensión, la abusiva utilización de la fuerza que puede llevar al mundo a una sucesión permanente de conflictos, con los Estados Unidos frecuentemente sobrepasando los límites de sus fronteras y despreciando de manera ostentosa las leyes internacionales. Nunca con anterioridad el presidente ruso había atacado de manera tan directa, dándose por seguro hasta entonces que Rusia habría acabado por resignarse a la presencia estadounidense en Asia Central, la expansión de la OTAN hacia el Báltico, las operaciones de la OSCE o la intervención en Iraq.

Por el contrario parece como si la Rusia de Putin hubiera reabierto el capítulo de quejas, y revitalizado argumentos para contener a los Estados Unidos. El momento de hacerlo, con independencia de que surjan nuevos motivos de agravios para la protesta y la crítica, ha sido marcado por la decisión estadounidense de desplegar parte de su escudo antimisiles en Europa, precisamente en Polonia y la República Checa, muy cercanos a Washington. Por parte rusa ya ha habido amenazas de retirada del Tratado INF (Fuerzas de Alcance Intermedio), de 1987, el de los famosos euromisiles, y de volver a fabricarlos para apuntarlos justo contra esos dos países. La crisis puede ser aprovechada por Rusia para rearmarse, recuperar influencia internacional y zonas más o menos de proyección exclusiva que considera invadidas por los Estados Unidos, ante unos vecinos que ve cada vez más amenazadores y más condicionados por Washington. Para los Estados Unidos, como escribe Andrés Ortega, se trata también de fijar su perímetro imperial, así como de la posibilidad de una nueva carrera de armamentos que otra vez tendría a Europa como campo de experimentación.

Ignacio Rupérez

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