El Parlamento Europeo acusa a 14
gobiernos de la UE de complicidad con el traslado de prisioneros a Guantánamo
El pasado 14 de febrero, el Parlamento
Europeo aprobaba un informe demoledor sobre el traslado de
prisioneros/secuestrados a cárceles secretas de la Central de Inteligencia Americana, CIA, en aviones de compañías tapadera de esta agencia de
espionaje, que habrían utilizado el territorio y el espacio aéreos del Viejo
Continente para tal fin. Nada menos que 1.245 vuelos de esta clase son
documentados en el informe, de los que 125 hicieron escala en aeropuertos
españoles. Los europarlamentarios acusan de connivencia con estas actividades
ilegales de los servicios secretos estadounidenses a los gobiernos de 14
naciones comunitarias, y hasta sugieren la existencia de más cárceles secretas
en Polonia y Rumanía. Además, acaba de conocerse que policías y agentes de la
inteligencia española se trasladaron a Guantánamo en 2002, durante el Gobierno
de José María Aznar, para interrogar a detenidos de diversas nacionalidades que
se encontraban en aquel ilegal limbo jurídico. Izquierda Unida ha urgido la
creación de una Comisión de Investigación parlamentaria, pero, de momento, el
Gobierno y el Partido Socialista –no sin discrepancias internas- se han negado.
Por Pedro Antonio Navarro
Un informe detallado, previo al redactado
en sede parlamentaria, había sido elaborado por el Consejo de Europa, en el que
se establecía la implicación de 14 países en la red de vuelos ilegales que
transportaban a prisioneros a diversas cárceles ilegales que gestiona la CIA en diversos lugares del mundo, con mención especial para la base de Guantánamo, en la
isla de Cuba. El informe citaba los distintos grados de implicación de estos
países, distinguiendo tres categorías, en función de la gravedad. En un primer
nivel se encontraban Rumanía y Polonia, sobre los que se argumenta que “existen
serios y crecientes indicios” de que han albergado cárceles secretas en sus
territorios. En un segundo grado se ubican Alemania, Italia, Reino Unido,
Suecia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia y Turquía, a las que se imputa “diversos
grados de responsabilidad” en el secuestro y traslado de estas personas,
mientras que un tercer grupo está integrado por Irlanda, Grecia, Portugal,
Chipre y España, a las que se acusa de haber mantenido una “complicidad activa
o pasiva” en estos sucesos.
Después de más de un año de trabajos de
la comisión de investigación impulsada por el eurodiputado socialista italiano
Giovanni Claudio Fava, el pasado 14 de febrero, con 382 votos a favor
(socialistas, Izquierda Unitaria Europea y liberales), 256 en contra (Grupo
Popular Europeo) y 74 abstenciones, era aprobado un informe que denuncia “cinco
años de excesos y abusos en la lucha contra el terrorismo” y que sostiene que
“los gobiernos europeos lo sabían”. Pese a que, a última hora, el informe fue
suavizado, especialmente en lo referente a los reproches directos que se hacían
en él al Gobierno alemán –uno de los más colaboracionistas-, el texto de la Eurocámara no deja títere con cabeza. Entre sus conclusiones destaca la constatación de la
existencia de, al menos, 1.245 vuelos de la CIA sobre territorio europeo –aunque no está claro que en todos ellos se produjera el traslado de
prisioneros/secuestrados-, junto con la consideración de “inverosímil” de que
ciertos gobiernos europeos no tuvieran conocimiento de los hechos denunciados,
como casi todos han declarado, mostrando una sorpresa ante el conocimiento de
la magnitud de lo sucedido que la mayoría de la Eurocámara no cree.
Para Giovanni Claudio Fava, impulsor del
informe, países como Italia y Suecia han demostrado “altísimos niveles de
colaboración con la CIA”, mientras que otras naciones, como España, no han
estado vigilantes “por distracción o sometimiento”. Tras acusar directamente a
14 gobiernos europeos de connivencia con estas actividades ilegales, el
Parlamento Europeo condena “las entregas extrajudiciales como un instrumento
ilegal utilizado por Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo (…)
Condena, además, la aceptación y ocultación de la práctica, en varias
ocasiones, por los servicios secretos y autoridades gubernamentales de algunos
países europeos”.
El informe revela también la constatación
de diez vuelos en los que se vieron secuestradas 21 personas naturales o
residentes en la Unión Europea, de los que se tenga constancia, “sólo son la
punta del iceberg”, asegura Fava, para quien el texto aprobado no recoge
“opiniones ni prejuicios, sino hechos probados y graves (…) Personas inocentes
han pasado cinco años en Guantánamo, simplemente porque ningún gobierno se
quería hacer cargo de su situación. No podemos mirar para otro lado, como han
hecho los gobiernos europeos”. Aunque el informe asegura no haber obtenido
pruebas, también expresa su firme sospecha de la existencia de más cárceles
secretas de la CIA en territorio de dos países miembros de la UE: Polonia y Rumanía, a los que, además, se acusa de “falta de colaboración” con la comisión
investigadora.
Tampoco sale muy bien parado el Alto
Representante para la Política Exterior, Mister PESC, Javier Solana, a quien se
le reprochan las “omisiones” durante su comparecencia ante la Cámara. Reproches que se hacen extensivos a los gobiernos alemán, italiano y sueco, a los que
se atribuye la máxima colaboración con la CIA. En el caso de España, se “agradece” la comparecencia del ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel
Moratinos, pero se reprocha que no se diera autorización para el testimonio del
director del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), Alberto Saiz. Los
eurodiputados constatan la existencia de 336 escalas de los vuelos de la CIA en Alemania, 170 en Reino Unido, 147 en Irlanda, 91 en Portugal, 68 en España, 64 en
Grecia, 57 en Chipre y 46 en Italia, entre otras. El escándalo ha provocado la
dimisión del coordinador europeo de la Lucha contra el Terrorismo, Gijs de
Vries.
Los eurodiputados instan a los Ejecutivos
de cada país comunitario a que se abran investigaciones judiciales y comisiones
parlamentarias para aclarar las responsabilidades en cada uno de los casos,
pero, de momento, sólo la vía judicial parece haberse puesto en marcha,
mientras que la parlamentaria está encontrando muchas reticencias, como en el
caso de España, donde, de momento, Izquierda Unida y Esquerra Republicana de
Catalunya han solicitado la creación de una comisión investigadora y se han
encontrado con la negativa gubernamental y la del partido que sustenta al
Gabinete de José Luis Rodríguez Zapatero. Parece una contradicción, puesto que
los eurodiputados socialistas españoles se han mostrado muy activos en el
impulso de este informe, y no todos los dirigentes socialistas están de acuerdo
con que no se abra esta vía.
Pero los tribunales de diversas naciones
sí han comenzado a dar pasos en firme. Cuando los primeros datos de este
escándalo comenzaron a saltar a la luz pública a finales de 2005, la Fiscalía de Milán solicitaba en noviembre de ese año al Gobierno italiano la petición de
extradición de 22 agentes de la CIA implicados en el secuestro de un imán de la
mezquita de esta ciudad y su posterior traslado a Egipto –donde también se
supone que existen centros ilegales de detención-.
Del mismo modo, el pasado 31 de enero, la Fiscalía de Munich ordenaba la detención de 13 agentes de la CIA implicados en el secuestro del ciudadano alemán de origen libanés Khaled El Masri, que pasó cuatro meses en
una cárcel secreta en Afganistán, donde fue torturado. También la fiscalía
suiza ha anunciado este mes que emprenderá acciones penales en relación con el
sobrevuelo del espacio aéreo de este país por parte de aviones de la CIA y el secuestro en Milán del imán Abu Omar, que fue trasladado a Egipto haciendo escala en
Suiza. El Gobierno de este país ha emitido un comunicado en el que señala que
su Estado “no tolera las violaciones de los Derechos Humanos, aunque éstas
formen parte de la lucha contra el terrorismo”, y de paso, ha encargado a su
Ministerio de Asuntos Exteriores que “recuerde a Estados Unidos las normas que
se aplican en Suiza”.
Repercusiones en España. De los 1.245
vuelos constatados, 125 hicieron escala en territorio español entre 2002 y
2005, en diez aeropuertos distintos: Palma de Mallorca, Ibiza, Tenerife,
Alicante, Valencia, Barcelona, Málaga, Madrid, Sevilla y Vigo. Sus destinos
finales eran Egipto, Libia, Iraq o Djibouti. Sólo se tiene constancia de un
vuelo directo a Guantánamo. Los demás, se supone que eran escalas previas o
países en los que también pueden existir cárceles secretas. Cuando los primeros
datos eran conocidos en 2005, el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel
Moratinos, comparecía ante el Parlamento el 24 de noviembre de ese año para
negar que el Gobierno tuviera conocimiento de estas operaciones ilegales de la CIA en nuestro territorio, y dando por buenas las garantías ofrecidas por la Administración norteamericana de que en ningún caso habían infringido la legalidad española
en 22 escalas en los aeropuertos de Mallorca, Ibiza y Tenerife, de las que, entonces,
tenía conocimiento el Gobierno.
Pero la bola de nieve no había hecho más
que empezar a rodar. Ante las constantes informaciones que anunciaban una mayor
magnitud de lo acontecido, la comisión de Asuntos Exteriores del Congreso
acordaba por unanimidad el 5 de abril de 2006 solicitar al Gobierno un informe
detallado en el que constasen todas las nuevas informaciones de las que
disponía, informe que no se había remitido aún al Parlamento. Como se
mencionaba anteriormente, Moratinos también comparecía ante el Parlamento
Europeo, negando el conocimiento del Gobierno español de estas actividades
delictivas por parte de la CIA en territorio nacional en el momento de
producirse. El 11 de febrero de este año saltaba a la luz pública que los
norteamericanos, además de los aeropuertos civiles ya constatados, también
habían empleado las bases de utilización conjunta de Rota, Morón y Torrejón
para estos vuelos de la CIA, aunque, como en muchos otros casos, no es posible
demostrar si en ellos fueron trasladados prisioneros/secuestrados, entre otras
razones, porque las autoridades españolas no solicitan nunca estos datos a los
vuelos militares estadounidenses. Conocido a través de los registros del
control de tráfico aéreo portugués, se ha descubierto que, además del vuelo
directo a Guantánamo del que se tenía constancia –desde Tenerife, en diciembre
de 2004-, se han producido, al menos, otros siete vuelos directos a esta base
ilegal norteamericana en Cuba desde territorio español. Moratinos se veía
obligado de nuevo a dar explicaciones, asegurando que “todas las escalas
realizadas en el marco del Convenio de Cooperación para la defensa entre España
y Estados Unidos se han hecho de acuerdo con la ley”.
El 12 de febrero, la versión española de
este culebrón daba un giro inesperado con el descubrimiento de la participación
de policías españoles en interrogatorios a presos secuestrados en Guantánamo en
junio de 2002. Tres policías españoles, coordinados por el jefe de la Unidad Central de Información Exterior, Rafael Gómez Menor, -actualmente eurodiputado por el
Partido Popular-, acudían acompañados por agentes de la CIA a la base de Guantánamo, en donde interrogaban a 20 prisioneros. En esos momentos, el
presidente del Gobierno era José María Aznar –que por esas fechas modificaba el
Convenio Bilateral con Estados Unidos para, entre otras cosas, legalizar las
actividades de los servicios secretos norteamericanos en suelo español-,
Federico Trillo estaba al frente de Defensa, y Ángel Acebes, secretario general
del PP, era ministro del Interior. Los policías españoles interrogaron a una
veintena de detenidos, la mayoría marroquíes, aunque también de otras
nacionalidades (sirios, tunecinos, palestinos, saudíes y un danés), la mayoría
de ellos, sin relación alguna con España.
La sorpresa ha ido en aumento al
conocerse que también fueron enviados agentes de los servicios secretos
españoles, entonces del Centro Superior de Información para la Defensa (CESID), por parte del Gobierno de José María Aznar en 2002. Igualmente interrogaron
a un nutrido grupo de prisioneros, interrogatorios grabados en vídeo, y de los
que se han emitido informes. Ninguna de estas operaciones, ni la policial ni la
llevada a cabo por los agentes de inteligencia, contaron con autorización
judicial alguna. Lo sorprendente es que, al conocerse estos hechos, el actual
líder de la oposición y presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, negase
conocer estos operativos –máxime, teniendo en cuenta que también él fue
ministro del Interior en los gobiernos de Aznar-, y sabiendo, además, que
Interior y Defensa elaboraron sendos informes sobre estas actuaciones. El PP ha
tratado, una vez que la evidencia se ha vuelto insoportable, de presentar estas
misiones como de carácter humanitario, para localizar a posibles ciudadanos
españoles y repatriarlos, aunque el contenido de los informes elaborados
desmiente este argumento de raíz, ya que son presentados como actuaciones
dentro de la lucha antiterrorista.
Una vez que el Gobierno actual accedía a
la petición de la Fiscalía de la Audiencia Nacional de desclasificar los documentos del CNI sobre los vuelos de la CIA, el pasado 9 de febrero, Izquierda Unida
insistía en solicitar la comparecencia parlamentaria del director de la Inteligencia española, y volvía a instar la constitución de una comisión de investigación.
Para la formación de izquierda es imprescindible aclarar el papel del Gobierno
de José María Aznar en lo que considera una clara “colaboración en la guerra
sucia contra el terrorismo internacional” para la comisión de actos delictivos.
Su coordinador general, Gaspar Llamazares, calificaba de “increíble” que los
responsables del PP –que primero negaron tener conocimiento de los hechos-
tratasen de presentar estos interrogatorios en Guantánamo como un intento de
contrastar la nacionalidad de los detenidos. Pero Llamazares volvía a
considerar también “increíble” que el actual Gobierno no haya tenido constancia
de 125 vuelos sospechosos con detenidos irregulares en aeropuertos civiles y
militares españoles. Llamazares cree que el Gobierno es presa de “un síndrome
compensatorio” hacia Estados Unidos por la retirada de las tropas españolas de
Iraq. A su petición se ha unido Esquerra Republicana de Catalunya, pero, tanto
el PP como el gobernante Partido Socialista se oponen, pese a que en las filas
socialistas no faltan partidarios de abrir esta comisión. No hay que olvidar el
activo papel de los socialistas españoles en la Eurocámara en la confección del Informe Fava. Además, muchos opinan que el verdadero
perjudicado sería el PP, directamente implicado en esta colaboración.
Resulta poco creíble que los gobiernos
europeos no tuviesen conocimiento de estas acciones de la CIA, dada su magnitud y el gran operativo desplegado, muy difícil de pasar desapercibido.
Además, hace unas semanas se conocía públicamente la reunión mantenida por la
secretaria de Estado norteamericana, Condoleeza Rice en un encuentro UE – OTAN,
en la que todos los estados miembros tuvieron conocimiento de lo que la
estadounidense calificó como “entregas extrajudiciales” –detenciones
irregulares- y la existencia de cárceles secretas, reconocidas por el propio
presidente George W. Bush en octubre de 2006.
Sin embargo, esta expresión del horror no
es nueva. Mucho antes de los atentados de las Torres Gemelas, a mediados de los
90, y en plena época Clinton, la CIA consiguió la aprobación gubernamental para
aplicar un programa consistente en el envío de detenidos sospechosos de
terrorismo a lugares en los que pudieran ser interrogados en su idioma por
agentes nacionales, lejos de la protección de las leyes norteamericanas. Así lo
denuncia el ex agente de la CIA Michael Scheuer, enrolado en los grupos
dedicados a la caza del enemigo más buscado, Bin Laden. Entonces eran países
como Egipto los que acogían prisiones irregulares y centros de detención fuera
de todo control. Eso sí, tras el 11 de septiembre de 2001, el programa comenzó
a crecer y a extenderse, y los propios agentes de la CIA ya se hacían cargo de las detenciones y los interrogatorios en una serie de cárceles
secretas difuminadas en un número indeterminado de países. Las organizaciones
de defensa de los Derechos Humanos calculan que, en la actualidad hay más de
10.000 personas en el mundo internadas en cárceles secretas, al igual que los
430 que quedan en Guantánamo.
Guantánamo, o cinco años de ignominia
El pasado 11 de enero se cumplía un
lustro desde que el primer detenido ilegalmente por los servicios secretos de
los Estados Unidos era trasladado a ese limbo jurídico que es la base militar
estadounidense ubicada en la bahía de Guantánamo (Cuba). Paradojas de la vida,
la ilegalidad de cuanto sucede intramuros de ese ignominioso centro de
detención, está acompañada de otra flagrante ilegalidad: la propia existencia
de la base en territorio soberano de otro país, que pertenece a la práctica
totalidad de las organizaciones internacionales, que lleva años reclamando su
legítima soberanía sobre esa parte de su territorio nacional, y que sigue
ocupado por una fuerza extranjera, contra toda norma internacional. El convenio
por el que Estados Unidos podía disponer de una base militar en la isla fue
suscrito por el Gobierno de Fulgencio Batista. Una vez se produjo el cambio de
régimen en Cuba, sus autoridades exigieron la denuncia de dicho acuerdo a lo
largo de décadas, sin obtener satisfactoria respuesta de la Administración estadounidense. Aún así, el abusivo convenio fijaba su fecha de extinción en
1999. Desde entonces, las tropas norteamericanas permanecen allí de modo
ilegal, en una ocupación militar de facto que transgrede toda la legalidad
internacional.
En plena resaca de los atentados del 11
de septiembre de 2001 en Nueva York, el presidente norteamericano, George W.
Bush, firmaba una orden ejecutiva de aplicación militar sobre “detención,
tratamiento y enjuiciamiento de ciertos extranjeros en la guerra contra el
terrorismo”, por la que autorizaba a sus fuerzas a detener y mantener bajo
reclusión indefinida, sin necesidad de la presentación formal de cargos en su
contra, a ciudadanos no estadounidenses sospechosos de actividad delictiva.
El 28 de diciembre de ese mismo año, el
Departamento de Justicia de la Administración Bush remitía un documento al Alto Mando militar en el que se recomienda el traslado de detenidos a la bahía de
Guantánamo, ya que al no ser territorio estadounidense, los tribunales
federales de este país no estarían facultados para examinar las peticiones de
habeas corpus que pudieran presentar los detenidos o sus allegados o
representantes.
El 11 de enero de 2002, menos de dos
semanas después, llegaba a Guantánamo una primera tanda de detenidos
provenientes de otro centro ilegal ubicado en algún lugar de Afganistán. Allí
eran recluidos en jaulas de mallas metálicas, al aire libre, en el conocido
como Campo Rayos X. Menos de un mes más tarde, el 7 de febrero, el presidente
Bush emitía un nuevo documento en el que se dan las instrucciones por las que
ninguno de los retenidos talibanes o relacionados con Al Qaeda podrá ser
considerado como prisionero de guerra y, en consecuencia, no podrán serles aplicados
los artículos al respecto del Convenio de Ginebra, especialmente el Tercero,
que expresamente establece las garantías judiciales, prohíbe el uso de la
tortura y la violencia física y los atentados contra la dignidad personal y los
tratos humillantes y degradantes.
Metidos en esta escalada, Alberto
Gonzales, hoy secretario de Justicia, y entonces asesor directo de la Casa Blanca, eleva una recomendación para que el presidente autorice que los interrogadores
puedan utilizar técnicas que conlleven un dolor intenso, y que, en caso de que
se les fuera la mano e incurriesen en actos de tortura, pudiera introducirse la
reserva de la “defensa propia” y la situación de “necesidad” para evitar así
consecuencias penales por sus acciones.
El 2 de diciembre de 2002, Donald
Rumsfield, a la sazón, secretario de Defensa, da su aprobación para el empleo
de técnicas de interrogatorio en Guantánamo que permiten encapuchar a los
detenidos, desnudarlos, colocarlos en situación de aislamiento total –incluso
sensorial-, sometimiento a posturas extremas y la utilización de perros para
inducir el terror. Mes y medio después, el propio Rumsfield revocaba esta
autorización, pero remitiendo a que su uso pudiera ser solicitado en casos
concretos. A mediados de abril de 2003 se ampliaba el abanico de estas
técnicas, permitiéndose también lo que se denomina como manipulación ambiental,
es decir, someter a los prisioneros a bruscos cambios o a temperaturas
extremas, o a regular el “ajuste de sueño”, especialmente, provocando su privación.
Por este paraíso, y en las condiciones
anteriormente descritas, según Amnistía Internacional, han pasado más de 800
personas a lo largo de estos cinco últimos años. A finales del pasado 2006,
todavía permanecían en estas instalaciones ilegales más de 430 personas de 35
nacionalidades distintas. Sin ninguna acusación formal sobre ninguna de ellas y
sin posibilidad de asistencia jurídica. Las organizaciones humanitarias han
detectado la presencia de 17 menores de edad entre los detenidos, de los que
cuatro, aún permanecen presos en Guantánamo.
Los juicios previstos, o el remedo de los
mismos, para ser desarrollados en este limbo jurídico, debían correr a cargo de
las denominadas “comisiones militares”. En 2005 fueron presentados cargos
contra diez de los presos, pero la Corte Suprema norteamericana declaraba “ilegales” a estas comisiones militares, por lo que tampoco ha llegado a celebrarse
ningún simulacro de proceso contra ellos. Hasta el momento, ninguna de las
personas que ha pasado por este centro ilegal de detención ha sido declarado
culpable por ninguna clase de delito, incluidos los que han conseguido salir de
ese infierno y ser juzgados en sus respectivos países de origen, donde, en
todos los casos, han sido absueltos de las acusaciones de relación con grupos
terroristas.
Son las propias fuerzas militares
norteamericanas las que, discrecionalmente, deciden el estatus de cada
prisionero y quienes le otorgan una condición jurídica. Los autodenominados
Tribunales de Revisión del Estatuto del Combatiente, compuestos exclusivamente
por oficiales estadounidenses, calificaron a 550 detenidos de “combatientes
enemigos”. Como producto de las escasas oportunidades en que observadores
internacionales o representantes de ONG humanitarias han tenido acceso al
interior de la base, se ha realizado un estudio que establece que sólo el cinco
por ciento del total de los detenidos y trasladados a Guantánamo han sido
apresados por las fuerzas norteamericanas. La inmensa mayoría, el 86 por
ciento, habían sido capturados por el ejército de Pakistán o por fuerzas de la Alianza del Norte en Afganistán. Después habían sido entregados a los militares
estadounidenses que, en la mayor parte de las ocasiones habían ofrecido
sustanciosas recompensas por la captura de estas personas.
Muchos de los internos de esta prisión
ilegal e ilegítima se encuentran en una situación que, lamentablemente, ya
parece más que habitual para ellos, puesto que proceden de otros centros de
detención ilegal o de cárceles secretas en otros lugares del mundo, en las que
algunos ya –antes de llegar a Guantánamo- habían pasado más de cuatro años
recluidos, sin acusación, sin garantías, bajo el hostigamiento y las más que
probables torturas, y en régimen de incomunicación, bajo custodia permanente de
la CIA.
Diversas organizaciones de Naciones
Unidas han denunciado sistemáticamente la aplicación de torturas a los
retenidos. La propia Oficina Federal de Investigación norteamericana, FBI,
hacía público un informe en enero de este año, en el que varios de sus agentes
aseguran haber sido testigos de malos tratos contra los apresados en
Guantánamo. Se citan casos de personas a las que se tapaba la totalidad de su
cabeza con cinta aislante –por haber recitado versos del Corán-, o encierros en
cuartos sin ventilación de ninguna clase a altísimas temperaturas. También,
como en Abu Grahib, se relata la actitud de alguna mujer soldado agarrando a un
preso por los genitales y restregándole sangre menstrual por la cara.
La Unión Americana de Libertades Civiles, ONG estadounidense en defensa de los
Derechos Humanos, presentaba una denuncia criminal contra el ex secretario de
Defensa, Donald Rumsfield. Igualmente, la secretaria de Amnistía Internacional,
Irene Khan, ha alertado en reiteradas ocasiones sobre esta situación intolerable
desde una perspectiva democrática y humanitaria: “Ningún individuo puede quedar
fuera de la protección de la ley y tampoco gobierno alguno puede situarse por
encima de la ley”. Para ella y su organización, máxime después de lo conocido a
través del Informe Fava del Parlamento Europeo, tampoco los gobiernos de las
naciones del Viejo Continente están eximidos de responsabilidad en este
atropello de derechos de dimensiones colosales. Al respecto, Khan ha afirmado
que “tampoco basta con que los líderes mundiales se limiten a expresar su
preocupación por Guantánamo y sigan tratando a Estados Unidos como si no pasase
nada. Deben presionar activamente a Estados Unidos para que cierre de una vez
Guantánamo y restituya el respeto al Derecho Internacional”.
Espías invitados en casa
No parece muy oportuno el anuncio
efectuado la semana pasada por el Gobierno de que se ha cerrado un acuerdo con la Administración estadounidense para permitir la actividad de servicios de inteligencia militar
norteamericanos en suelo español. Cuando todavía estamos en plena resaca del
demoledor informe elaborado por el Parlamento Europeo, que culpa a nada menos
que 14 gobiernos de naciones comunitarias de connivencia con la CIA para el secuestro y traslado a prisiones secretas de ciudadanos sospechosos de
actividades terroristas, utilizando el suelo y el espacio aéreo comunitarios,
ahora el Ejecutivo español confirma que el Ministerio de Defensa ha suscrito un
convenio con su homólogo norteamericano para que otros dos distintos organismos
de inteligencia de aquel país obtengan autorización para operar en nuestro
territorio nacional.
Dos agencias de espionaje del Pentágono,
el NCSI, de la Marina, y el OSI, de la Fuerza Aérea estadounidense, van a recibir autorización del Gobierno español para realizar sus actividades en nuestro
país. En realidad se trata de una concreción que había quedado pendiente, en
2002, del Convenio Bilateral suscrito con Estados Unidos, y que en aquellas
fechas fue modificado por el Gobierno de José María Aznar, dando cobertura
legal, desde ese momento, a las actividades de los servicios secretos
norteamericanos en España. Las normas reguladoras habían quedado pendientes, y
la situación de estas dos agencias, de carácter militar, se encontraba en una
posición imprecisa.
El Gabinete se ha apresurado a comunicar
el contenido de unas normas reguladoras que, teóricamente, van a servir para
restringir la plena libertad de acción de estos servicios de espionaje. Así, se
ha hecho saber que sus actuaciones deben quedar sometidas al “respeto
escrupuloso de la legislación española aplicable en cada caso”, que será
necesaria la “acreditación previa de los miembros del NCSI y la OSI ante las autoridades españolas, de forma que nadie pueda apelar a su condición de agente
de dichos servicios si no figura en la relación entregada por los responsables
de Estados Unidos a sus homólogos españoles”. Otra norma establece la
“comunicación previa a las autoridades españolas de cualquier operación que los
servicios secretos de la Marina y la Fuerza Aérea quieran emprender en territorio español”, también que “las operaciones se harán en conjunción con las
Fuerzas de Seguridad del Estado, el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), o
los servicios de inteligencia de los ejércitos, según el caso”. Otra norma
obliga a que “las actividades de los agentes estadounidenses se ceñirán a las
operaciones comunicadas y autorizadas, sin que puedan desviarse de las mismas”.
Las autoridades norteamericanas
argumentan la necesidad de la presencia y actividad de estos servicios
militares de espionaje en España para realizar investigaciones criminales que
afecten al personal o los bienes de Estados Unidos, pero no se aclara en ningún
momento si estas actuaciones se circunscriben únicamente a ciudadanos de esa nacionalidad,
o si, en lo que consideren defensa de sus intereses o sus bienes, también
podrían llevar a cabo actuaciones contra ciudadanos españoles o de cualquier
otra nacionalidad. Tampoco queda establecido de modo inconfundible si los
agentes norteamericanos realizarán sus tareas de espionaje solos o si estarán
acompañados en todo momento de fuerzas policiales o de la inteligencia
española, puesto que, al parecer, esta opción de acompañamiento es discrecional
para las autoridades españolas.
La concesión de jurisdicción a
organizaciones parapoliciales especiales, servicios de inteligencia y espionaje
militares y civiles de una potencia extranjera en territorio nacional no parece
casar muy bien con nuestro sistema de garantías judiciales ni con nuestro ordenamiento
jurídico. Más peligroso parece aún, cuando la potencia extranjera aludida,
Estados Unidos, ha dado y da muestras constantes de su desprecio por la
legislación internacional y su tendencia a obviar estos obstáculos jurídicos en
aras de la consecución de sus fines, como lo demuestra la barbaridad de
Guantánamo y otros centros de detención ilegal que mantiene diseminados por el
planeta, el uso sistemático de torturas y malos tratos, como en la cárcel de
Abu Grahib, en Iraq, y la predilección por el uso de la fuerza frente a la
labor diplomática de la que tradicionalmente ha hecho gala la ya única
superpotencia que queda en el mundo.
La lucha contra el terrorismo no parece
justificar esta situación en la que se nos incita a cambiar un marco jurídico garantista
y de libertades por una supuesta seguridad, en una actuación que ha demostrado
que lo único que ha conseguido ha sido impulsar al terrorismo internacional y
radicalizar las posiciones en otras latitudes del planeta. Muchos españoles se
sentirán ahora más inseguros con la llegada de un nuevo temor; poder terminar
siendo un pasajero involuntario de Air CIA hacia un destino desconocido. |