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No se puede ser trilero y estadista a la vez Soraya Sáenz de Santamaría es la nueva esperanza blanca de Génova 13. Abogada del Estado, número 1 de su promoción, trabajaba en León cuando el año 2000 –hacia el arranque de la segunda legislatura de José María Aznar–, saltó a La Moncloa como asesora jurídica de Mariano Rajoy, vicepresidente entonces del Gobierno. Envió su currículum y fue elegida. Siete años después, Sáenz de Santamaría goza de la confianza de Rajoy, es responsable de la política autonómica del PP y ha coordinado el programa electoral para las elecciones municipales y autonómicas del 27 de mayo. Soraya no pertenece al núcleo duro de la vieja guardia, que continúa instalada en el puente de mando genovés, representado por Angel Acebes y Eduardo Zaplana, secretario general del partido y portavoz de su grupo parlamentario, respectivamente. Rajoy continúa proclamando que no piensa hacer cambios en la dirección del PP. Pero, en los pasillos de la sede central conservadora y en los mentideros madrileños, se tiene la impresión de que Acebes y Zaplana podrían hallarse –políticamente– en fase terminal. Los augures dan por descontado que, tras los comicios de mayo –y salvo que se produzcan terremotos no previstos–, Rajoy podría dar por fin el paso, lo que le permitiría llegar a las generales con caras nuevas a su alrededor. Antes, sin embargo, debería frenar su propia caída, acentuada en el muy reciente barómetro del CIS. El sucesor de Aznar no acaba de encontrar su Norte, de modo que proyecta con excesiva reiteración una imagen poco sólida. No avanza, da tumbos y se deja llevar por impulsos contradictorios. El otro día giró visita al Monasterio dePoblet "para demostrar su implicación en Cataluña", según apuntaba ABC. Estuvo acompañado de la plana mayor del PP catalán, con Josep Piqué a la cabeza. Le cogió del brazo, en un gesto cariñoso, el padre prior de este monasterio, Francesc TruIlá, quien podría ser su abuelo. Fue una imagen entrañable, pero escasamente dinámica. Y, en todo caso, Poblet no es Montserrat. Conviene no confundirse. Como se confundirá todavía más Rajoy si se cree que con este tipo de visitas va a conseguir que la opinión pública catalana se olvide del trato que el PP, y singularmente él mismo, otorgó al Estatuto. Máxime si logra –después de la zafia maniobra de cargarse al magistrado Pérez Tremps– que el Tribunal Constitucional declare inconstitucional el texto estatutario o sus aspectos más relevantes. El bamboleo popular es demasiado evidente. El citado periódico –que se la tiene jurada a Zaplana y que apoya a GaIlardón– se hacía cruces el otro día, tal como certifica el siguiente titular: "Zaplana se descuelga con que jamás hizo oposición con el 11-M". Y confirma este párrafo: "Sólo unas horas antes de que Zaplana defendiera que ningún miembro del PP ha hecho oposición con el 11-M o ha puesto en tela de juicio las decisiones o investigaciones judiciales (...) Gustavo de Arístegui hacía una declaraciones en TVE en el sentido contrario". Con la ayuda –valiosa, sin duda– de Soraya, parece sensato que Rajoy decida pronto, incluso con urgencia, qué quiere ser cuando sea mayor. O sea, qué camino ha de seguir como líder del PP, eludiendo al máximo los rodeos sistemáticos y las circunvalaciones hacia ninguna parte. Rajoy ha de asumir de una vez que no se puede ser halcón y paloma a la vez. Ni trilero ni estadista al mismo tiempo. Enric Sopena |
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