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Nº 730 -26 de febrero de 2007
La carrera armamentista

por Santiago Carrillo

F ederico Engels escribió en el siglo XIX, refiriéndose al papel de la violencia en la Historia, que llegaría un tiempo en que la capacidad de destrucción alcanzada por las armas creadas por el hombre haría imposible las guerras. Ese tiempo esta ya aquí y ahora la existencia del arma nuclear y de los modernos medios técnicos de transportarla y colocarla con precisión en un objetivo deberían haber conducido a los gobernantes a poner la guerra fuera de la ley. Sin embargo, sigue permitiéndose y, lo más grave: la superpotencia más poderosa de esta época sigue dándole preferencia en su política exterior. Sus tropas poseen bases en todos los rincones del mundo; intervienen allá donde hay algo que les interesa, y mantienen una guerra injusta en el Oriente Próximo que amenaza con extenderse a todo el mundo árabe e islamista. Guerra que en un planeta tan pequeño ya y tan globalizado, podría derivar en una nueva guerra mundial, atómica por supuesto.

Los humanos tenemos tendencia a creer que una barbaridad tan inconmensurable no puede producirse y a esconder la cabeza debajo del ala para no ver los prolegómenos de lo que podría ser tal tragedia.

Se dice que la Guerra Fría terminó y, sin embargo, desde que cayó el muro de Berlín, los EE UU y la OTAN, actuando como un instrumento militar complementario del Pentágono, han llevado sus tropas y sus misiles no ya a las mismas fronteras, sino al interior de lo que en otro tiempo fue la Unión Soviética y anteriormente, durante centenares de años, el Imperio ruso.

Cuando la superpotencia perfecciona su armamento, ya impresionante de por sí, y utiliza la agresión militar como medio de política internacional, ¿cómo extrañarse de que los demás Estados, algunos directamente amenazados ya, traten de dotarse de armas de disuasión, inclusive nucleares?

En la actualidad Bush da pasos para tratar de justificar su fuga adelante en Oriente amenazando a Irán. El pretexto que se esgrime es que el enriquecimiento de uranio que se propone realizar este país está destinado a construir armas atómicas. Lo cierto es que el Tratado de No Proliferación no prohíbe enriquecer uranio con fines energéticos pacíficos. Irán asegura que sus planes tienen exclusivamente fines pacíficos. Por muy fundadas que estén las sospechas que lo ponen en duda, ¿cómo extrañarse de que Irán, después dever lo que Bush ha hecho en Iraq y de las amenazas que se concretan día a día contra su integridad, piense en hacerse con el arma de disuasión más eficaz?

Los EE UU han puesto el grito en el cielo también cuando China ha destruido con un misil uno de sus satélites ya inservible.

La política de la Administración americana ha logrado que los Gobiernos, unos y otros, dediquen recursos materiales fabulosos –que bien utilizados servirían para acabar con el hambre y las enfermedades en el mundo, superando las abismales diferencias entre ricos y pobres– a desplegar una alocada carrera de armamento.

Por este camino, ¿no estamos marchando hacia la destrucción de la civilización, y con ella de la especie humana, en un Apocalipsis nuclear?

Los acuerdos de Kioto son muy importantes, pero, ¿no ha llegado la hora de que los sabios de la Tierra, y con ellos los pueblos, recuerden lo que decía Engels en el siglo XIX, reclamando la supresión del arma nuclear y declarando fuera de la ley la guerra como instrumento de política internacional, cosa esta última que ya hizo la II República española?

Sé muy bien que en el mundo capitalista de hoy esto suena a utopía y que algunos de los que me lean pensarán que soy un pobre iluso. Pero si no somos pronto muchos los que reclamemos que esta utopía se convierta en realidad, yo, que he sido siempre un optimista histórico, tendré que empezar a temer que la Humanidad no tiene remedio.

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