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| Nº 730 - 26 de febrero de 2007 |
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El atropello y el civismo
por Miguel Ángel Aguilar H e aquí la historia de un buen amigo periodista que hubiera podido terminar como el protagonista de La hoguera de las vanidades de no ser por el civismo ejemplar de un conductor de autobús urbano de la Línea 27 de la EMT. El sábado día 17 de febrero mi amigo iba al volante de su vehículo camino de su despacho en busca de algunos libros. Había salido de su domicilio a las 11 de la mañana y recorría el mismo itinerario que repite una o dos veces todos los días laborables, cuyo tramo final es el Paseo del Prado desde Cibeles hasta la confluencia de la calle de Zorrilla por la que sube hacia Cedaceros para encontrar su plaza de garaje. Al aproximarse a la esquina disminuyó la velocidad, marcó el giro a la derecha con el intermitente y miró con atención al carril bus que discurre en paralelo a la acera donde se encuentra el Instituto de Crédito Oficial. Entonces, cuando iniciaba el giro, sintió un fuerte impacto trasero, que impulsó su vehículo hacia delante y enseguida vio como dos jóvenes aparecían sobre el capó de su vehículo con sus cabezas ante el parabrisas. Las atropelladas resultaron ser dos universitarias que cursan sus estudios en Segovia: una, Irina, era natural de Logroño; la otra, Rebeca, procedía de Chicago. Mi amigo, angustiado, comprobó que su vehículo, con un fuerte golpe trasero, era capaz de ponerse en marcha. Subió enseguida a las dos atropelladas al coche para llevarlas al Hospital Gregorio Marañón donde podrían hacerles las radiografías y pruebas pertinentes, por estimar que ese era el centro médico más próximo al lugar de los hechos. Como se sabe, las urgencias del Marañón tienen su entrada por la calle de Ibiza pero allí no se ha previsto que nadie pueda acceder en automóvil. Quiere decirse que mi amigo fue advertido de que allí no podía aparcar. Se le toleró que acompañara a las accidentadas a la ventanilla de admisiones porque ambas iban sin papeles de identidad ni tarjetas sanitarias. Pero en la espera de turno fue conminado a retirar inmediatamente el vehículo que en caso contrario se lo llevaría la grúa ya avisada. El colega subió a su automóvil e inició descompuesto la imposible búsqueda de aparcamiento. Recorrió entonces varias manzanas en todas direcciones y al final encontró un parking en la calle Maiquez. Volvió corriendo al departamento de admisiones de urgencias pero las accidentadas ya habían sido llamadas a examen. Inquirió sus nombres y algún número de teléfono móvil para entrar en contacto. Pero la administrativa de la ventanilla invocó la Ley de Protección de Datos para negarse. Mi amigo consiguió que se apiadara y obtuvo los nombres y un número de teléfono pero tampoco le valió. Primero, porque es uno de los raros españoles que se niega a tener móvil y segundo, porque han desaparecido los teléfonos públicos y el que pudo encontrar a media distancia por supuesto no funcionaba. Mi amigo, que había sido reconocido por el público, temblaba de pensar que pudieran deducir que rehuía sus responsabilidades. Al fin consiguió entrar en la zona de atención a los pacientes y se encontró en el área de traumatología con las atropelladas cuyo examen radiológico y facultativo sólo encontró contusiones. Otro día acompañaremos a mi amigo a la siguiente estación de su vía crucis en la Comisaría. |
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