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Señor presidente: ¿y si adelanta las elecciones? Si a estas alturas de curso, a más de un año de las elecciones generales, un gobierno no puede aprobar una ley, la del vino por ejemplo, mala cosa. Que el PSOE no consiga que dimita Pablo Pérez Tremps, mal síntoma. Si, en consecuencia, el Tribunal Constitucional rectifica en profundidad el Estatuto de Cataluña sería un desastre que afectaría a la propia estabilidad del Estado. Si Zapatero, que tan buena entrada tiene en Cataluña, pierde esta plaza, donde su superioridad con el PP es decisiva en cada elección general, sería una tragedia. Si el tribunal que interpreta la constitucionalidad de las leyes anula la que permite los matrimonios entre homosexuales, sería la rechifla. Y si ETA vuelve a matar, apaga y vámonos. Sin embargo, lo peor de todo no son estos contratiempos, sino la sensación, de escasos precedentes, y quizás inexacta, de que el presidente no manda. El mundillo económico le perdió el respeto tras el fracaso de las OPAs de recuperación de sillones y de forma clamorosa tras la de Gas Natural. “Esas cosas no pasaban antes”, me decía un empresario importante. Tampoco pasaba lo de perder el gobierno de los jueces por una negociación ingenua. Por otro lado, autoneutralizados los medios públicos, una medida de sana regeneración democrática que le honra, apenas tiene el presidente quien le escriba; y quien le escribe como el Grupo Prisa lo hace con condescendencia aunque ataque sin piedad al adversario, lo que no deja de ser un buen servicio. Tras la imagen de un Bambi indefenso en la cacería política se extendió la idea de que era un falso débil, que su amabilidad y buen rollito disfrazaba a un duro y correoso, un “Bambi de acero” en expresión de Alfonso Guerra. Creo que esta hipótesis se desvanece. Ahora predomina la idea de que es lo que parece, que su secreto es que no tiene secreto. La derecha, otrora acobardada, ha tomado la calle y la palabra situando a la izquierda a la defensiva y obligando al presidente al meritorio oficio de bombero. Su pequeño Gobierno está achantado en sus respectivos ministerios con escasa predisposición, salvo contadas excepciones, a hacer política vendiendo bien sus productos. ZP es un hombre de principios cuyos errores son de buena voluntad o de exceso de voluntarismo, como en su bandera de la memoria histórica con arranque de caballo de pura raza sevillana y frenazo de mula castellana. Sigue contando con la juventud, especialmente con la que no vota, que percibe en él un insólito toque de autenticidad. Y, con todas sus insuficiencias, es el mejor caballo de la izquierda enfrentada con una derecha que da miedo. Su ventaja es que aunque las intenciones de voto entre ambos partidos se aproximan, la figura de Rajoy aparece muy abajo. Si Zapatero no manda como debiera su contrincante es un mandado, un poder vicario de Aznar y la gente no entrega su voto a un subordinado. El último sondeo del CIS ha situado al PP a un punto del PSOE en intención de voto, la distancia más corta de la legislatura, pero la figura de Rajoy no alcanza la línea de flotación. Lo más razonable es, pues, que Zapatero vuelva a ganar aunque es poco probable que en esta ocasión se movilicen los votantes dormidos a toque de rebato tal como lo hicieron en 2004 en un arranque de indignación ante la manipulación de Aznar. Quizás Zapatero no esté tan seguro de su victoria como lo estoy yo cuando en un mitin reciente en Vitoria pronunció una frase asombrosa: “Cuando volvamos a estar en la oposición haremos una oposición útil, respetuosa, con diálogo y sin descalificaciones”. Y eso cuando todavía no lleva tres años en el Gobierno y cuando la historia enseña que la ciudadanía, siempre tan sensata, ha dado a los presidentes por lo menos dos mandatos. Naturalmente que en algún momento el PSOE estará en la oposición pero hay frases malditas que jamás debe pronunciar un político. Todavía no he oído a un piloto decir al pasaje de su avión: “Esperamos aterrizar en un cuarto de hora aunque si nos estrellamos debemos comportarnos dignamente”. Cuando se llega a la situación en que se encuentra el presidente lo mejor que puede hacer es adelantar las elecciones para el otoño y reclamar el voto de los ciudadanos haciéndoles notar sus propósitos y los peligros que nos acechan. A nadie se le ocurre convocar a las urnas cuando las cosas van mal... salvo, naturalmente, cuando las cosas pueden empeorar notablemente.
José García Abad |
