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Nº 729 - 19 de febrero de 2007

La segunda venida del marqués de Sade

 

Por Mauro Armiño

En esta tierra de los desconocimientos, unas veces por a y otras por b, por tirios o por troyanos, la paradójica presencia del marqués de Sade en nuestros escenarios puede parecer el saldo de una deuda. Sube al escenario del María Guerrerro del Centro Dramático Nacional, que encargó su montaje a una compañía potente en los últimos años: el grupo Animalario. Y sube en lo que puede parecer el pago una deuda histórica a la audacia de Adolfo Marsillach que estrenó en 1968, casi en el mismo momento que la obra recorría los escenarios de Europa, la pieza del dramaturgo alemán-sueco Peter Weiss (1916-1982) de larguísimo título: Persecución y muerte de Jean-Paul Marat representadas por la compañía teatral del hospicio de Charenton bajo la dirección del Señor de Sade, menos mal que pronto encontró su abreviación: el Marat-Sade (1964). A los tres días del estreno, el entonces ministro franquista del ramo de aquella cultura, y hoy demócrata de toda la vida, Fraga Iribarne, prohibía su representación: la policía tomó el patio de butacas y los aledaños del Teatro Español para que entre las octavillas que al final de la obra se lanzaban no apareciesen otras contra la dictadura. Se permitió una gira que tuvo en Barcelona su punto culminante de éxito, con llenos absolutos en el teatro Poliorama. Cuando quiso Marsillach volver a Madrid, hubos sus más y sus menos; cuando Fraga la permitió, Peter Weiss negó el permiso porque en enero del 69 se había vuelto a decretar el estado de excepción; y cuando Weiss dio su visto bueno, Fraga la prohibía de nuevo. Firmaba la versión un tal Salvador Moreno Zarza, que no era sino  el alias que hubo de utilizar Alfonso Sastre para burlar a la censura. 

Si el Marat-Sade recorrió como otro fantasma toda Europa se debió a los planteamientos que Peter Weiss hacía, cuando mayo del 68 estaba gestándose, para un debate intelectual más que político que sacudía a Alemania, Francia e Italia, de donde rebotaba como en un espejo al resto de países europeos por más sordina que en España pusiera la dictadura: la confrontación de dos  figuras históricas, Marat y Sade, que representaban el compromiso político total encarnado en el primero, y un individualismo feroz en el segundo; situando la acción en el período más sangriento de la Revolución Francesa, Terror, y subrayando los fallos de la era napoleónica en 1808,  Weiss hablaba del proceso revolucionario en sí, proceso materializado en la Unión Soviética a su manera, y soñado por una parte de la juventud europea, del que hoy no queda ni el más remoto recuerdo (Sastre sigue creyendo en ese futuro utópico, del que dios nos pille confesados).

Desde luego, no fueron los hallazgos en la estructura dramática de Weiss, ni el entramado de simultaneidad y perspectivismo que quiere ser documental, ni el psicodrama que los locos de Charenton muestran a los ojos del director del hospicio y el selecto público parisiense lo que atrajo al público, sino ese perfume a prohibido y, sobre todo, más quizá que la de Marat, al fin y al cabo un revolucionario que muere empapado en la sangre de los demás y en la propia, la figura de un maldito, el marqués de Sade.

¿Qué conocían entonces los españoles del marqués de Sade, qué conocen ahora? Entonces, nada: sólo algunos libros de procedencia latinoamericana lograban traspasar el cordón sanitario impuesto por Fraga y su policía cultural. Es en 1970 cuando la editorial Cuadernos para el Diálogo empieza a publicar algo: a los escritos más ”teóricos” y las novelas históricas (La marquesa de Gange, en traducción de Pere Gimferrer, por ejemplo), que no son sadianas en el sentido que suele darse a este término, poco a poco, sobre todo tras el desmalentamiento del régimen. Al principio, en espantosas traducciones que aprovechaban el tirón de lo prohibido, luego en ediciones más dignas a cargo, sobre todo, de dos editoriales: Fundamentos y Valdemar.

Curiosamente, el paso del tiempo, treinta años desde la Constitución, no ha puesto a Sade en su sitio, es decir, el de un escritor que es el mayor novelista de su siglo por número de páginas consagradas al género narrativo, que además teoriza en el prólogo a Los crímenes del amor, que yo mismo traduje hace años; Ideas sobre la novela, sobre el género haciendo su historia desde los griegos a la novela inglesa de su siglo –Richardson, Fielding–, pasando por el elogio del Quijote cervantino como la primera de todas las novelas; en segundo lugar, aportó algo fundamental, que si existía antes de él, nadie había definido o ejemplificado: un concepto, el de “sadismo”. En vez de el rótulo de escritor, a Sade sigue aplicándose en España el de pornógrafo sin más; y eso le condena, por ejemplo,  a no figurar en el catálogo de las editoriales grandes, es decir, aquellas las que gracias a su poder, en algunos casos a compra directa de los espacios, tienen los honores de los escaparates o las mesas de las librerías; de las importantes, sólo Tusquets –en su colección erótica–, y Cátedra –editorial de carácter universitario– tienen algún título de Sade en su catálogo.

Lo paradójico es que el lector puede encontrar sin grandes dificultades en librerías abundantes ensayos sobre o biografías del marqués de Sade, con la ristra de las aportaciones más importantes: Apollinaire, Barthes, Blanchot, Deleuze, Foucault, Klossowski, Gilbert Lely, Octavio Paz, etc., por no citar la monumental biografía de Maurice Lever –el erudito fallecido el pasado año a quien se deben más hallazgos en el terreno documental–, y sin olvidar alguna visión teatral estrenada entre nosotros, como Madame de Sade, de Yukio Mishima, y la biografía de más reciente publicación, de la estadounidense Francis du Plessix Gray, impresa en España en el 2000 por Javier Vergara Editor, pasada por el pudibundo rosa de una autora que divulga, saneando bien todo, poco más que tipo Reader’s Digest para norteamericanos.

Hay que sumarle también las paradojas, o hipocresías de la prensa cultural o incultural: Juan Serrallé, editor de Fundamentos, Juan Luis González Caballero, editor de Valdemar, dicen no recordar ni una sola crítica sobre sus ediciones de Sade, pese a que Serrallé editó por vez primera en lengua española las ediciones de Justine y Juliette, y Valdemar La nueva Justine. Sin embargo, cada ensayo sobre Sade o cualquiera de sus biografías merece el honor de la reseña; otra cosa es que estas reseñas se construyan a base de tópicos, y que, cuando el autor de la biografía es un crítico español nadie denuncie ni subraye sus múltiples errores: por ejemplo, los que en su biografía divulgativa cometió Rafael Conte, crítico unas veces de ABC, otras de El País, en su Yo, Sade: sin entrar a valorar la visión ideológica que Conte mantiene sobre el marqués –sería demasiado fácil relacionar las interpretaciones de corte nazi (Pasolini) de los textos de Sade con la camisa azul que este periodista tardó tanto en quitarse–,  lo cierto es que en su ensayo aparece errado lo mínimo que puede exigirse a un libro divulgativo: errores de fechas, trastrueque de nombres, etc.

En esa misma dirección pacata puede señalarse los numerosos ensayos que sobre Sade figuran en la biblioteca del Institut Français de Madrid –centro educativo para estudiantes de francés–, frente a los tres o cuatro títulos de textos sadianos; hecho que, paradójicamente, no se produce en una biblioteca madrileña, la “Gloria Fuertes” (Alameda de Osuna), en la que mi exceso de puntualidad a una cita me permitió hacer una cala en su catálogo: Sade estaba perfectamente representado, con las ediciones más recientes en español: desde La Filosofía en el tocador, considerado el más duro de los textos salidanos, a esas dos hermanas que dan título a Justine  y a su continuación, Juliette, Las ciento veinte jornadas de Sodoma, etc.

Como el Marat-Sade que se estrena esta semana, el día 22, estará varios meses en cartel, habrá tiempo para volver sobre el personaje terrible en que el desconocimiento ha convertido al marqués de Sade.

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