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Nº 729 - 19 de febrero de 2007

El sector le gana la partida a la ministra de Sanidad

UN PAÍSDE VINO

 

El Ministerio de Sanidad ha cedido a las múltiples presiones y, finalmente, ha presentado un proyecto de Ley de Prevención del Alcoholismo en los Menores –más conocida como Ley Antialcohol– en el que el vino no tendrá el mismo tratamiento que el resto de bebidas fermentadas o destiladas. La redacción inicial había sido fuertemente criticada por los industriales del sector, las consejerías de Agricultura de diversas comunidades autónomas, y tampoco contaba con la simpatía de todo el Gabinete, ya que desde el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, también se ha llegado a intervenir a favor de los bodegueros. Ahora la norma circunscribe su actuación más explícitamente a combatir la adicción en los menores de 18 años.

Por P. A. N.

La redacción definitiva del Proyecto de Ley de Prevención del Alcoholismo en los Menores, la Ley Antialcohol, ha pulido muchos de los aspectos más polémicos y que más críticas había suscitado en el entorno de los productores vitivinícolas del país y en el seno de algunas comunidades autónomas –también en las gobernadas por el Partido Socialista-.

Una buena parte de las restricciones y prohibiciones que se recogían en la primera versión ahora se ciñen de un modo mucho más concreto y específico a los menores de 18 años. Uno de los aspectos más controvertidos se encontraba en la prohibición total inicial de publicidad de bebidas alcohólicas en radios, televisiones y medios escritos, así como al patrocinio de actividades por parte de marcas conocidas por la elaboración de estos productos. Para radio y televisión, las restricciones abarcaban desde la 6,00 hasta las 22,00 horas, mientras que para los medios escritos, la imposibilidad de anunciarse afectaba a las cubiertas exteriores, la portada, la contraportada, las secciones de deportes y pasatiempos y todas aquellas destinadas al público menor de edad.

La nueva versión levanta un poco la mano sobre los medios de las ondas, y los anuncios podrán emitirse desde las nueve de la noche, mientras que para la prensa escrita se han eliminado prácticamente todas las restricciones expresadas, con la salvedad de aquellas publicaciones que vayan específicamente dirigidas a menores de 18 años.

También se han producido importantes cambios en el capítulo de los lugares públicos en los que no podían consumirse bebidas alcohólicas. El primer texto las desterraba de “instalaciones deportivas, recreativas o de esparcimiento durante el horario o intervalo temporal en que se permita la entrada de menores”. Esta redacción podría haber significado la imposibilidad de tomar cerveza o cualquier tipo de combinados en piscinas, parques de atracciones, cines o lugares semejantes para todas las personas, incluyendo a los adultos. La modificación introducida es notoria también en este aspecto. Sustituyendo al párrafo antes mencionado, ahora se incluye otro mucho más específico, en el que la prohibición de la venta y consumo se circunscribe a “los centros docentes de educación infantil, primaria, secundaria obligatoria, en los que se impartan enseñanzas no universitarias, excepto aquéllos destinados específicamente a la enseñanza de adultos”.

Igualmente se restringe la venta de estas bebidas en máquinas expendedoras que, a partir de la aprobación de la norma, no podrán estar colocadas en los exteriores de los comercios ni en pasillos de centros y supermercados, ya que han de ubicarse obligatoriamente en lugares en que puedan ser vigiladas por adultos.

Tanto el drástico recorte a las posibilidades publicitarias, como la amenaza que pesaba sobre el consumo en lugares de esparcimiento, constituían dos de los aspectos que más han preocupado a los productores vitivinícolas españoles, cuyo sector, que tiene un gran peso sobre la economía nacional –la venta de vinos supone un 0,65 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB)- no atraviesa por uno se sus mejores momentos. De hecho, desde otro departamento gubernamental, el Ministerio de Agricultura, se vienen proporcionando cuantiosas ayudas económicas para el fomento de la venta y la exportación de los caldos españoles, así como para la modernización de instalaciones. Fue el propio Ministerio de Agricultura el que impulsaba en 2003 la Ley del Vino, con la finalidad de promocionar su venta y su consumo responsable, considerándolo como un “alimento” e integrado en la dieta mediterránea.

Y esa era la pretensión de los productores, quedar excluidos de la nueva ley por mor de  esa definición alimentaria que se otorga a su producto en el texto legal de 2003. Sin embargo, esto no lo han conseguido, y el vino, al igual que todas las bebidas que excedan de 1,2 grados de contenido alcohólico quedan afectadas por igual por esta nueva ley, incluida también la cerveza, otra bebida de consumo masivo.

Desde que fueron conociéndose los primeros contenidos del proyecto, la ministra Elena Salgado comenzaba a recibir múltiples presiones de los productores vitivinícolas, pero también desde comunidades autónomas y hasta de alguna compañera de Gabinete. Las asociaciones agrarias mayoritarias ASAJA, COAG y UPA, la Confederación de Cooperativas Agrarias de España (CCAE) y las patronales vitivinícolas FEV y AVIMES, presentaban un manifiesto “Por la Defensa de la Viña y del Vino”, en el que se criticaba con firmeza la decisión de prohibir la publicidad de este producto, exigiendo un trato diferenciado del resto de bebidas alcohólicas, amparándose en la catalogación de esta bebida en la Ley del Vino y en las propias campañas que se han venido efectuando con el patrocinio del Ministerio de Agricultura para fomentar el consumo responsable. Sus quejas también hacían referencia a la no inclusión en los informes médicos aportados –la ley cuenta con el apoyo explícito de más de 30 asociaciones médicas que representan a unos 100.000 profesionales, a través de un comunicado en el que aseguran que el alcohol perjudica el desarrollo cerebral, el aprendizaje y la memoria, y que puede alterar el crecimiento e influir en el rendimiento escolar- de los numerosos estudios que alaban el consumo moderado de vino por sus beneficios sobre el sistema circulatorio y cardiovascular y su integración en una dieta mediterránea, considerada como la más adecuada por los especialistas en nutrición.

Pero las quejas también han llegado desde el lado amigo. El conseller de Agricultura, Alimentación y Acción Rural de la Generalitat de Cataluña, el socialista Joaquim Llena, calificaba el proyecto del Ministerio de Sanidad de “disparate”. No más suave se expresaba al respecto el consejero de Industria y Tecnología de la Junta de Castilla La Mancha, el también socialista José Manuel Díez-Salazar, quien aseguraba que esperaba que el Ministerio de Sanidad “vuelva a dar muestras de sentido común”.

Ante tanta oposición, los dos primeros espadas del Gobierno han tenido que intervenir para calmar los ánimos y asegurar la disposición del Gabinete a la flexibilidad suficiente para acordar modificaciones que evitaran un grave perjuicio al sector vitivinícola. El presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, salía al quite en una reciente intervención en Albacete ante un grupo de viticultores, asegurándoles que podían “estar tranquilos con lo del vino”.

Por su parte, la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, enviaba una carta a la Asociación Empresarial de Bodegas de Vino de España (Avimes), en la que se transmitía “la absoluta disposición del Gobierno para que cualquier regulación que sea finalmente aprobada tenga en cuenta las cuestiones que suscita el sector”.El presidente de esta asociación, Rafael Puyó se reunía la pasada semana con la ministra de Sanidad, y al final del encuentro expresaba su satisfacción por haber detectado una actitud “flexible y positiva” en Elena Salgado.

Aunque los viticultores no han logrado todas sus reivindicaciones, el texto definitivo es mucho más permisivo que el borrador inicial. Junto a las medidas ya mencionadas, también estará prohibida la publicidad de alcohol en vallas exteriores que estén situadas a menos de 500 metros de un centro educativo; tampoco se permitirá la venta de bebidas con más de 20 grados de graduación alcohólica en gasolineras y áreas de servicio. Los contenidos publicitarios no podrán asociar al consumo de alcohol el éxito profesional, social o sexual, y se prevén multas, en función de la gravedad de la infracción, de entre 300 y 600.000 euros. Y, por supuesto, queda totalmente prohibida la venta de bebidas alcohólicas a menores de 18 años.

Pero el vino en España no sólo ha sido objeto de controversia por esta situación dual en la que dos diferentes leyes han estado a punto de colisionar. También forma parte de nuestros hábitos más cotidianos y de nuestra cultura. Curiosamente, su consumo ha descendido vertiginosamente en los últimos 30 años. Hemos pasado de beber 70 litros por persona y año a tan sólo 28 según los últimos datos estadísticos. No es que bebamos menos –España es el octavo consumidor de bebidas alcohólicas del mundo-, sino que hay más competencia de otra clase de bebidas. Pero ciñéndonos en exclusiva al consumo de vino, lo que sucede también es que han cambiado muchas costumbres. Hace esas tres décadas, la inmensa mayoría de ese vino consumido era de mesa y, en gran parte, a granel. En la actualidad se desarrolla una tendencia muy creciente hacia el consumo de vinos de mucha más calidad. El boom de la gastronomía, la irrupción en nuestros hábitos de ocio de los restaurantes y tabernas que ofrecen una gran selección de vinos, y en el caso de las tabernas, que además permiten que sean consumidos por copas en lugar de por botellas, están fomentando el consumo de estos caldos de calidad y tratando de hacerlos más asequibles al gran público.

En los últimos 15 años ha surgido una producción vinícola especializada en zonas en las que antes apenas si se habían desarrollado estos cultivos. En nuestro país existen 63 denominaciones de origen registradas en el Consejo Regulador. Ya no sólo están las clásicas Rioja, Ribera del Duero o Valdepeñas. Otras como Toro, Bierzo, Almansa, Benissalem (Mallorca), Utiel Requena o muchas otras surgen con pujanza introduciendo una gama hasta hace poco desconocida en el mercado vinícola español. Otro tanto sucede con las variedades de uvas. A las tradicionalmente utilizadas se han añadido otros innumerables tipos, la mayoría de ellos foráneos. Cabernet sauvignon, pinot noir, gewürstraminer, riesling, chardonnay y otras muchas son variedades ya introducidas en nuestros viñedos y utilizadas para la producción, prácticamente ya en todo el territorio nacional. Tanta diversidad ha provocado una evolución de los gustos de los consumidores. Frente a los vinos de reserva o gran reserva -un clásico que nunca pasará de moda-, ahora existe una mayor demanda de vinos con una ligera crianza. Vinos jóvenes, pero con cierta complejidad, que reúnan características de juventud y al mismo tiempo de madurez. Además, esta clase de caldos, que ya aportan un grado de calidad notable, también resultan más económicos que los tradicionales reservas.

Aunque el consumo sea menor, la presencia cultural y social del vino parece más presente ahora, como parte integrante de unos nuevos hábitos de ocio, producto del desarrollo económico, en el que lo relacionado con la gastronomía ocupa un lugar central. La curiosidad por el mundo del vino, ahora más deslumbrante y atractivo por la multiplicación de la variedad de la oferta, también está provocando el auge de la organización de cursos de cata que cada vez cuentan con más demanda, al igual que cada año se incrementa el número de visitantes a las bodegas repartidas por la geografía nacional, convertidas en nuevo destino turístico.

El sector vitivinícola en cifras

La producción vinícola española tiene un peso sobresaliente en la economía nacional. Las transacciones de vino español representan el 0,65 por ciento de nuestro Producto Interior Bruto (PIB), con unas ventas de 4.800 millones de euros. El sector es el que más empleo genera en el ámbito de la agricultura, con un cálculo aproximado de 330.000 viticultores y otros 15.000 trabajadores que desempeñan sus labor en el sector industrial.

España es el país que dedica una mayor extensión de tierra al cultivo del viñedo, con 1,2 millones de hectáreas, y es el tercer productor mundial de este producto, tras Francia e Italia. Las exportaciones españolas alcanzan los 1.500 millones de litros, aunque existe una gran diferencia cualitativa con respecto a las dos naciones que nos aventajan en estas cifras. De ese total, más de la mitad –el 51 por ciento- se corresponde con los denominados vinos de mesa y, mayoritariamente a granel, por lo que los precios por este concepto son muy inferiores a los de los vinos de superior calidad, que son la mayoría de los exportados por Francia e Italia. Además, estos caldos de baja calidad no generan demandas estables en los mercados a los que van dirigidos. De todos modos, por este concepto, la cifra correspondiente a 2004 alcanzó los 1.600 millones de euros, incrementándose un 4,5 por ciento con respecto al ejercicio anterior. La tendencia al alza se ha mantenido constante hasta la fecha, y en los últimos tres lustros, el aumento ha sido espectacular, puesto que en el año 1990, las cifras de la exportación estaban situadas sólo en el entorno de los 550 millones de litros, el equivalente a un tercio de la cantidad actual.

En cuanto a los mercados exteriores, la calidad y unos  precios relativamente bajos, otorgan a nuestro país un lugar de privilegio en Centroeuropa y los Países Nórdicos. En Finlandia se ha ocupado durante años el primer puesto, aunque recientemente ha sido desbancada por la exportación chilena. En Reino Unido no se consigue pasar de la séptima posición, mientras que en Suecia, por ejemplo, se alcanza una cuota de mercado del 16 por ciento. Otro mercado positivo es el de Estados Unidos, también, a su vez, un potente productor, y que está previsto que en 2008 desbanque a Francia como primer consumidor mundial. Al margen del vino a granel, el vino envasado de mesa supone el 16 por ciento de las exportaciones, el denominado vino de la Tierra representa el 15 por ciento, mientras que los vinos con denominación de origen se quedan en el 5,5 por ciento.

El Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX), en colaboración con las principales organizaciones de productores vitivinícolas ha puesto en marcha una estrategia para la promoción de la exportación vinícola de nuestro país, teniendo en cuenta las nuevas condiciones y la mayor competencia que presentan los nuevos exportadores, como Argentina, Chile, Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos o Sudáfrica. Los caldos nacionales aparecerán en el mercado internacional bajo una nueva denominación única, además de la suya propia de origen. La campaña se denomina Wines from Spain –Vinos de España-.

El plan del ICEX ha contado con un presupuesto de 50 millones de euros y se está desarrollando a lo largo de cinco años, con la intención de incidir especialmente en países como Estados Unidos, Suecia, Suiza, Reino Unido, Bélgica y Holanda, tratando de ampliar las bases de exportación y reforzar las de los tres mercados más importantes en términos económicos para el vino español, el norteamericano, el británico y el alemán.

En la campaña de 2005 la producción alcanzaba un récord histórico: se llegaba a los 49,7 millones de hectolitros, cerca de esos 50 millones que sólo han podido traspasar históricamente Francia e Italia. Las ayudas que ha proporcionado la Unión Europea a la producción vitivinícola han alcanzado 550 millones de euros en el último ejercicio, por lo que en España se concentra el 40 por ciento del total de estos fondos comunitarios, algo por encima de lo que correspondería a tenor de la producción del vino, pero también ligeramente por debajo según el criterio de la superficie dedicada al cultivo de las vides.

Pese a la eclosión de nuevas zonas vinícolas y a que el Consejo Regulador de las Denominaciones de Origen ya tiene registradas nada menos que 63 diferentes, la mayoría de la producción y la venta sigue vinculada a las zonas vitivinícolas tradicionales. En 2004, según datos de la consultora AC Nielsen, la denominación de origen Rioja se hacía con el 40,3 por ciento de la cuota de mercado. A una gran distancia le seguía la denominación de origen de vinos de Navarra, con un 7,7 por ciento. En tercer lugar se situaba Valdepeñas, con 7,5. Los caldos de Ribera del Duero obtenían un 6,2 por ciento, La Mancha alcanzaba un 4,8 y el Penedés, un 4,6 por ciento. El resto de denominaciones de origen, a gran distancia individual, se repartían el resto del pastel.

Las estadísticas también revelan un espectacular cambio en los hábitos de consumo de este producto por parte de la población española. Hace 30 años, el consumo medio de vino por persona y año se situaba en 70 litros, mientras que en la actualidad se registra un descenso vertiginoso, situándose en sólo 28 litros. Estas cifras se sitúan muy alejadas de las que reflejan las costumbres habituales en Francia donde el consumo de vino alcanza los 54 litros –casi el doble- por habitante y año, de las de Italia (50 litros), de las de Portugal (46 litros) o de las de Suiza, 38 litros por habitante y año. La media europea está en 19 litros.

Si bien es cierto que el consumo interior ha decrecido de modo espectacular en tres décadas, también lo es que se ha producido un gran cambio cualitativo en las preferencias de los consumidores. Ahora el vino se toma más fuera de casa que en el hogar. Las ventas de este producto en bares, tabernas, restaurantes y cafeterías ya ha alcanzado el 60 por ciento del volumen total, casi 715 millones de litros, lo que, además, supuso un 9 por ciento de incremento de este concepto con respecto al año anterior, mientras que el otro 40 por ciento de lo adquirido en el mercado interno lo fue con destino a los lugares de residencia, 483 millones de litros, y un descenso de un 4 por ciento en comparación con el anterior ejercicio. También los cambios de costumbres se traducen en una búsqueda de mayor calidad en el producto. Entre 2003 y 2004, en una tendencia que se mantiene, se apreciaron notables cambios en este aspecto. El consumo de caldos con denominación de origen creció en un litro por persona y año, situándose en 8,2, mientras que descendía en más de medio litro la compra de vino de mesa, que pasaba de 18,8 litros a 18,2. Pese a todo, aún está por encima del doble la preferencia por este vino de menor calidad y también, lógicamente, de menor coste.

Según la compañía de análisis de mercado Mintel, pese a que el consumo de alcohol en España ha aumentado un 11 por ciento desde 1999, el vino sólo representa un 22 por ciento del valor total de estos productos. En cuanto al volumen, los caldos españoles sólo suponen el 23,8 por ciento del total de bebidas alcohólicas consumidas, mientras que en Italia alcanza el 61 por ciento, o en Francia, el 56 por ciento. Además, la proyección estadística efectuada por Mintel arroja una previsión de una disminución de otro cinco por ciento hasta el año 2009.

Los nuevos ‘templos’ del vino

El cambio de hábitos en el consumo de los caldos españoles detectado en los últimos años, traducido en una búsqueda de mayor calidad, ha significado un punto de inflexión en un sector en el que ya no se busca un aumento sistemático de la producción, sino la captación de un nicho de mercado más exigente y curioso. Una sociedad cambiante en sus hábitos –en buena medida debido al crecimiento económico-, que se entrega a un ocio más cotidiano, en el que la gastronomía ha irrumpido con enorme pujanza, ha ocasionado consecuentemente la eclosión de innumerables denominaciones de origen –hasta 63-, una mayor inversión en investigación para mejorar la calidad y categoría de los vinos y un repunte en su identificación como seña de identidad cultural.

Asociado a este fenómeno, en los tiempos recientes, algunas de las más destacadas bodegas nacionales han levantado edificios emblemáticos encargados a arquitectos de renombre mundial, con la idea clara de promocionar su imagen de marca uniéndola de forma indeleble y permanente al prestigio cultural y, de paso, a realizar una apuesta por el turismo rural de calidad, puesto que, en muchas ocasiones, estas espectaculares bodegas han ido acompañadas de la construcción de hoteles de lujo en las inmediaciones y de una variada oferta de actividades organizada por la firma de referencia para que la visita al corazón de sus cubas resultase lo más atractiva posible.

Existen múltiples y espectaculares ejemplos de esta tendencia, especialmente en las tradicionales zonas vinícolas del país. El arquitecto Frank Ghery, responsable del imponente Museo Guggenheim de Bilbao, es el diseñador de la sede social de la marca Marqués de Riscal, en la riojana localidad de Elciego. En una línea similar a la del museo, con estructuras voladas, apoyadas en tres pilares, también utiliza para las cubiertas el mismo material, el titanio, aunque predominan los colores rosado, plateado y dorado, en evidente referencia al vino, al encapsulado de las botellas y a la malla que la rodea. Destaca un enorme ascensor de cristal que llega directamente al botellero, con una capacidad cercana a los tres millones de botellas. Junto al espectacular edificio se ha levantado un hotel de lujo con un restaurante de la máxima categoría y zonas de lo que denominan “vinoterapia”, así como piscinas y múltiples actividades que , por supuesto, comprenden la visita guiada a las bodegas, cursos de cata y otros eventos relacionados con la misma temática.

Las bodegas de la Compañía Vinícola del Norte de España (CVNE) fueron construidas por el arquitecto francés Philippe Mazières en la localidad de Laguardia. Con una estructura en forma de tinaja, se abre en dos túneles en los que se almacenan barricas y botellas. El diseño permite que todo el interior goce de luz natural desde el círculo central que no está cubierto con la madera del resto. De este modo la luz en conjugación con los elementos del interior constituye otro elemento arquitectónico de primera magnitud en sí mismo. El conjunto ha recibido el premio “Best of” de turismo vitivinícola en la categoría de arquitectura. Mazières también es el responsable de la bodega Hacienda de Monasterio.

También ubicadas en Laguardia se encuentran las bodegas Ysios, una construcción cuya responsabilidad recae en Santiago Calatrava. Una cubierta de aluminio que juega a integrarse con las líneas onduladas del entorno natural en el que se halla, armonizada con el empleo de la madera y vigas del mismo material que se colocan en planos inclinados, dando lugar a una combinación de estancias delimitadas por ángulos cóncavos y convexos.

Otras obras mayores de la arquitectura aplicada a la construcción de bodegas son los casos de Baigorri, en Samaniego, obra de Iñaki Aspiazu, en la que también destaca la combinación de un diseño integrado con el paisaje y el empleo de materiales modernos, como el cristal. En Peñafiel (Valladolid), se levanta la bodega de Protos, construida por Richard Rogers, junto al castillo de la localidad, con cinco naves que, en conjunto imitan la forma de este monumento. Rafael Moneo también ha empleado su talento en el diseño de este tipo de edificios con una clara funcionalidad, creando la bodega para Chivite, en el navarro Señorío de Arínzano.

Pero, pese a que el auge de la cultura del vino de calidad está viviendo su momento de máximo esplendor en nuestro país, sin embargo, no es la primera vez que arquitectos de renombre dedican su trabajo a la edificación de imponentes bodegas. Por ejemplo, la jerezana Real Bodega de la Concha, de la marca González Byass, fue levantada por el famosísimo arquitecto francés Gustav Eiffel, en 1862. En esa zona de vinos generosos y de solera, el final del siglo XVIII y el comienzo del XIX fue testigo de la construcción de algunas joyas arquitectónicas en forma de bodega. De esa época data, las bodegas del Marco, unas de las de mayor altura del mundo, con unas impresionantes arquerías, o las bodegas Domecq, conocidas como “La Mezquita”, cuyas columnas y arcos se asemejan notablemente a los de su homónima original de Córdoba.

La relación entre la arquitectura y la elaboración del vino es antigua y abundan ejemplos anteriores a los citados en los que el diseñador esmeraba su trabajo al servicio de la creación de buenos caldos. En Ábalos (La Rioja) acaba de descubrirse en una bodega que estaba datada a finales del siglo XIV, unas canalizaciones que se corresponden con la Alta Edad Media, anteriores al siglo X. En Aranda de Duero (Burgos), numerosas bodegas se distribuyen en el casco viejo, a lo largo de seis kilómetros, horadadas en la roca. Muchas de ellas tienen su origen en pleno siglo XIII, y ya desde hace mucho tiempo, su existencia ha constituido uno de los más importantes incentivos para el turismo en la zona. Un turismo vitivinícola que ha venido funcionando sin planificación pública ni campaña alguna a cargo del Consejo Regulador de las Denominaciones de Origen.

Otro ejemplo de esta relación se encuentra en Ollauri (La Rioja), sede de la bodega Conde de los Andes, de la firma Paternina. En ella se hallan cavas a más de 40 metros de profundidad horadadas directamente en la roca. Estas cavas, de más de 150 metros reúnen las condiciones más adecuadas para la crianza de los vinos, tanto por la temperatura como por la luz y la humedad. Su origen se remonta al siglo XVI.

Muchos casos similares se dan en las zonas vinícolas más tradicionales de nuestro país, muy especialmente en La Rioja. Dada la gran importancia económica a escala que ha tenido la producción vinícola en las comarcas de esta área norteña, en muchas de las cuales, prácticamente la totalidad de su población, de un modo directo o indirecto han obtenido su sustento de la siembra de la uva y de la producción de vinos, no es de extrañar esta entente entre los arquitectos de la zona y las bodegas productoras, e incluso, la contratación de buenos especialistas foráneos para conseguir unas condiciones óptimas para la producción y el cuidado de los caldos de la tierra, el auténtico oro líquido para una gran parte de la población, que lleva siglos especializada en un monocultivo y en su transformación en un producto de alto consumo.

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