El sector le gana la partida a la
ministra de Sanidad
El Ministerio de Sanidad ha cedido a las
múltiples presiones y, finalmente, ha presentado un proyecto de Ley de
Prevención del Alcoholismo en los Menores –más conocida como Ley Antialcohol–
en el que el vino no tendrá el mismo tratamiento que el resto de bebidas
fermentadas o destiladas. La redacción inicial había sido fuertemente criticada
por los industriales del sector, las consejerías de Agricultura de diversas
comunidades autónomas, y tampoco contaba con la simpatía de todo el Gabinete,
ya que desde el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, también se ha
llegado a intervenir a favor de los bodegueros. Ahora la norma circunscribe su
actuación más explícitamente a combatir la adicción en los menores de 18 años.
Por P. A. N.
La redacción definitiva del Proyecto de
Ley de Prevención del Alcoholismo en los Menores, la Ley Antialcohol, ha pulido
muchos de los aspectos más polémicos y que más críticas había suscitado en el
entorno de los productores vitivinícolas del país y en el seno de algunas
comunidades autónomas –también en las gobernadas por el Partido Socialista-.
Una buena parte de las restricciones y
prohibiciones que se recogían en la primera versión ahora se ciñen de un modo
mucho más concreto y específico a los menores de 18 años. Uno de los aspectos
más controvertidos se encontraba en la prohibición total inicial de publicidad
de bebidas alcohólicas en radios, televisiones y medios escritos, así como al
patrocinio de actividades por parte de marcas conocidas por la elaboración de
estos productos. Para radio y televisión, las restricciones abarcaban desde la
6,00 hasta las 22,00 horas, mientras que para los medios escritos, la
imposibilidad de anunciarse afectaba a las cubiertas exteriores, la portada, la
contraportada, las secciones de deportes y pasatiempos y todas aquellas
destinadas al público menor de edad.
La nueva versión levanta un poco la mano
sobre los medios de las ondas, y los anuncios podrán emitirse desde las nueve
de la noche, mientras que para la prensa escrita se han eliminado prácticamente
todas las restricciones expresadas, con la salvedad de aquellas publicaciones
que vayan específicamente dirigidas a menores de 18 años.
También se han producido importantes
cambios en el capítulo de los lugares públicos en los que no podían consumirse
bebidas alcohólicas. El primer texto las desterraba de “instalaciones
deportivas, recreativas o de esparcimiento durante el horario o intervalo
temporal en que se permita la entrada de menores”. Esta redacción podría haber
significado la imposibilidad de tomar cerveza o cualquier tipo de combinados en
piscinas, parques de atracciones, cines o lugares semejantes para todas las
personas, incluyendo a los adultos. La modificación introducida es notoria
también en este aspecto. Sustituyendo al párrafo antes mencionado, ahora se
incluye otro mucho más específico, en el que la prohibición de la venta y
consumo se circunscribe a “los centros docentes de educación infantil,
primaria, secundaria obligatoria, en los que se impartan enseñanzas no
universitarias, excepto aquéllos destinados específicamente a la enseñanza de
adultos”.
Igualmente se restringe la venta de estas
bebidas en máquinas expendedoras que, a partir de la aprobación de la norma, no
podrán estar colocadas en los exteriores de los comercios ni en pasillos de
centros y supermercados, ya que han de ubicarse obligatoriamente en lugares en
que puedan ser vigiladas por adultos.
Tanto el drástico recorte a las
posibilidades publicitarias, como la amenaza que pesaba sobre el consumo en
lugares de esparcimiento, constituían dos de los aspectos que más han
preocupado a los productores vitivinícolas españoles, cuyo sector, que tiene un
gran peso sobre la economía nacional –la venta de vinos supone un 0,65 por
ciento del Producto Interior Bruto (PIB)- no atraviesa por uno se sus mejores
momentos. De hecho, desde otro departamento gubernamental, el Ministerio de
Agricultura, se vienen proporcionando cuantiosas ayudas económicas para el
fomento de la venta y la exportación de los caldos españoles, así como para la
modernización de instalaciones. Fue el propio Ministerio de Agricultura el que
impulsaba en 2003 la Ley del Vino, con la finalidad de promocionar su venta y
su consumo responsable, considerándolo como un “alimento” e integrado en la
dieta mediterránea.
Y esa era la pretensión de los
productores, quedar excluidos de la nueva ley por mor de esa definición
alimentaria que se otorga a su producto en el texto legal de 2003. Sin embargo,
esto no lo han conseguido, y el vino, al igual que todas las bebidas que
excedan de 1,2 grados de contenido alcohólico quedan afectadas por igual por
esta nueva ley, incluida también la cerveza, otra bebida de consumo masivo.
Desde que fueron conociéndose los
primeros contenidos del proyecto, la ministra Elena Salgado comenzaba a recibir
múltiples presiones de los productores vitivinícolas, pero también desde
comunidades autónomas y hasta de alguna compañera de Gabinete. Las asociaciones
agrarias mayoritarias ASAJA, COAG y UPA, la Confederación de Cooperativas
Agrarias de España (CCAE) y las patronales vitivinícolas FEV y AVIMES,
presentaban un manifiesto “Por la Defensa de la Viña y del Vino”, en el que se
criticaba con firmeza la decisión de prohibir la publicidad de este producto,
exigiendo un trato diferenciado del resto de bebidas alcohólicas, amparándose
en la catalogación de esta bebida en la Ley del Vino y en las propias campañas
que se han venido efectuando con el patrocinio del Ministerio de Agricultura
para fomentar el consumo responsable. Sus quejas también hacían referencia a la
no inclusión en los informes médicos aportados –la ley cuenta con el apoyo
explícito de más de 30 asociaciones médicas que representan a unos 100.000
profesionales, a través de un comunicado en el que aseguran que el alcohol
perjudica el desarrollo cerebral, el aprendizaje y la memoria, y que puede
alterar el crecimiento e influir en el rendimiento escolar- de los numerosos
estudios que alaban el consumo moderado de vino por sus beneficios sobre el
sistema circulatorio y cardiovascular y su integración en una dieta
mediterránea, considerada como la más adecuada por los especialistas en
nutrición.
Pero las quejas también han llegado desde
el lado amigo. El conseller de Agricultura, Alimentación y Acción Rural de la
Generalitat de Cataluña, el socialista Joaquim Llena, calificaba el proyecto
del Ministerio de Sanidad de “disparate”. No más suave se expresaba al respecto
el consejero de Industria y Tecnología de la Junta de Castilla La Mancha, el
también socialista José Manuel Díez-Salazar, quien aseguraba que esperaba que
el Ministerio de Sanidad “vuelva a dar muestras de sentido común”.
Ante tanta oposición, los dos primeros
espadas del Gobierno han tenido que intervenir para calmar los ánimos y
asegurar la disposición del Gabinete a la flexibilidad suficiente para acordar
modificaciones que evitaran un grave perjuicio al sector vitivinícola. El
presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, salía al quite en una reciente
intervención en Albacete ante un grupo de viticultores, asegurándoles que
podían “estar tranquilos con lo del vino”.
Por su parte, la vicepresidenta primera
del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, enviaba una carta a la
Asociación Empresarial de Bodegas de Vino de España (Avimes), en la que se
transmitía “la absoluta disposición del Gobierno para que cualquier regulación
que sea finalmente aprobada tenga en cuenta las cuestiones que suscita el
sector”.El presidente de esta asociación, Rafael Puyó se reunía la pasada semana
con la ministra de Sanidad, y al final del encuentro expresaba su satisfacción
por haber detectado una actitud “flexible y positiva” en Elena Salgado.
Aunque los viticultores no han logrado
todas sus reivindicaciones, el texto definitivo es mucho más permisivo que el
borrador inicial. Junto a las medidas ya mencionadas, también estará prohibida
la publicidad de alcohol en vallas exteriores que estén situadas a menos de 500
metros de un centro educativo; tampoco se permitirá la venta de bebidas con más
de 20 grados de graduación alcohólica en gasolineras y áreas de servicio. Los
contenidos publicitarios no podrán asociar al consumo de alcohol el éxito
profesional, social o sexual, y se prevén multas, en función de la gravedad de
la infracción, de entre 300 y 600.000 euros. Y, por supuesto, queda totalmente
prohibida la venta de bebidas alcohólicas a menores de 18 años.
Pero el vino en España no sólo ha sido
objeto de controversia por esta situación dual en la que dos diferentes leyes
han estado a punto de colisionar. También forma parte de nuestros hábitos más
cotidianos y de nuestra cultura. Curiosamente, su consumo ha descendido
vertiginosamente en los últimos 30 años. Hemos pasado de beber 70 litros por
persona y año a tan sólo 28 según los últimos datos estadísticos. No es que
bebamos menos –España es el octavo consumidor de bebidas alcohólicas del
mundo-, sino que hay más competencia de otra clase de bebidas. Pero ciñéndonos
en exclusiva al consumo de vino, lo que sucede también es que han cambiado
muchas costumbres. Hace esas tres décadas, la inmensa mayoría de ese vino
consumido era de mesa y, en gran parte, a granel. En la actualidad se
desarrolla una tendencia muy creciente hacia el consumo de vinos de mucha más
calidad. El boom de la gastronomía, la irrupción en nuestros hábitos de ocio de
los restaurantes y tabernas que ofrecen una gran selección de vinos, y en el
caso de las tabernas, que además permiten que sean consumidos por copas en
lugar de por botellas, están fomentando el consumo de estos caldos de calidad y
tratando de hacerlos más asequibles al gran público.
En los últimos 15 años ha surgido una
producción vinícola especializada en zonas en las que antes apenas si se habían
desarrollado estos cultivos. En nuestro país existen 63 denominaciones de
origen registradas en el Consejo Regulador. Ya no sólo están las clásicas
Rioja, Ribera del Duero o Valdepeñas. Otras como Toro, Bierzo, Almansa,
Benissalem (Mallorca), Utiel Requena o muchas otras surgen con pujanza
introduciendo una gama hasta hace poco desconocida en el mercado vinícola
español. Otro tanto sucede con las variedades de uvas. A las tradicionalmente
utilizadas se han añadido otros innumerables tipos, la mayoría de ellos
foráneos. Cabernet sauvignon, pinot noir, gewürstraminer, riesling, chardonnay
y otras muchas son variedades ya introducidas en nuestros viñedos y utilizadas
para la producción, prácticamente ya en todo el territorio nacional. Tanta
diversidad ha provocado una evolución de los gustos de los consumidores. Frente
a los vinos de reserva o gran reserva -un clásico que nunca pasará de moda-,
ahora existe una mayor demanda de vinos con una ligera crianza. Vinos jóvenes,
pero con cierta complejidad, que reúnan características de juventud y al mismo
tiempo de madurez. Además, esta clase de caldos, que ya aportan un grado de
calidad notable, también resultan más económicos que los tradicionales
reservas.
Aunque el consumo sea menor, la presencia
cultural y social del vino parece más presente ahora, como parte integrante de
unos nuevos hábitos de ocio, producto del desarrollo económico, en el que lo
relacionado con la gastronomía ocupa un lugar central. La curiosidad por el
mundo del vino, ahora más deslumbrante y atractivo por la multiplicación de la
variedad de la oferta, también está provocando el auge de la organización de
cursos de cata que cada vez cuentan con más demanda, al igual que cada año se
incrementa el número de visitantes a las bodegas repartidas por la geografía
nacional, convertidas en nuevo destino turístico.
El sector vitivinícola en cifras
La producción vinícola española tiene un
peso sobresaliente en la economía nacional. Las transacciones de vino español
representan el 0,65 por ciento de nuestro Producto Interior Bruto (PIB), con
unas ventas de 4.800 millones de euros. El sector es el que más empleo genera
en el ámbito de la agricultura, con un cálculo aproximado de 330.000
viticultores y otros 15.000 trabajadores que desempeñan sus labor en el sector
industrial.
España es el país que dedica una mayor
extensión de tierra al cultivo del viñedo, con 1,2 millones de hectáreas, y es
el tercer productor mundial de este producto, tras Francia e Italia. Las
exportaciones españolas alcanzan los 1.500 millones de litros, aunque existe
una gran diferencia cualitativa con respecto a las dos naciones que nos
aventajan en estas cifras. De ese total, más de la mitad –el 51 por ciento- se
corresponde con los denominados vinos de mesa y, mayoritariamente a granel, por
lo que los precios por este concepto son muy inferiores a los de los vinos de
superior calidad, que son la mayoría de los exportados por Francia e Italia.
Además, estos caldos de baja calidad no generan demandas estables en los
mercados a los que van dirigidos. De todos modos, por este concepto, la cifra
correspondiente a 2004 alcanzó los 1.600 millones de euros, incrementándose un
4,5 por ciento con respecto al ejercicio anterior. La tendencia al alza se ha
mantenido constante hasta la fecha, y en los últimos tres lustros, el aumento
ha sido espectacular, puesto que en el año 1990, las cifras de la exportación
estaban situadas sólo en el entorno de los 550 millones de litros, el
equivalente a un tercio de la cantidad actual.
En cuanto a los mercados exteriores, la
calidad y unos precios relativamente bajos, otorgan a nuestro país un lugar de
privilegio en Centroeuropa y los Países Nórdicos. En Finlandia se ha ocupado
durante años el primer puesto, aunque recientemente ha sido desbancada por la
exportación chilena. En Reino Unido no se consigue pasar de la séptima posición,
mientras que en Suecia, por ejemplo, se alcanza una cuota de mercado del 16 por
ciento. Otro mercado positivo es el de Estados Unidos, también, a su vez, un
potente productor, y que está previsto que en 2008 desbanque a Francia como
primer consumidor mundial. Al margen del vino a granel, el vino envasado de
mesa supone el 16 por ciento de las exportaciones, el denominado vino de la
Tierra representa el 15 por ciento, mientras que los vinos con denominación de
origen se quedan en el 5,5 por ciento.
El Instituto Español de Comercio Exterior
(ICEX), en colaboración con las principales organizaciones de productores
vitivinícolas ha puesto en marcha una estrategia para la promoción de la
exportación vinícola de nuestro país, teniendo en cuenta las nuevas condiciones
y la mayor competencia que presentan los nuevos exportadores, como Argentina,
Chile, Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos o Sudáfrica. Los caldos
nacionales aparecerán en el mercado internacional bajo una nueva denominación
única, además de la suya propia de origen. La campaña se denomina Wines from
Spain –Vinos de España-.
El plan del ICEX ha contado con un
presupuesto de 50 millones de euros y se está desarrollando a lo largo de cinco
años, con la intención de incidir especialmente en países como Estados Unidos,
Suecia, Suiza, Reino Unido, Bélgica y Holanda, tratando de ampliar las bases de
exportación y reforzar las de los tres mercados más importantes en términos
económicos para el vino español, el norteamericano, el británico y el alemán.
En la campaña de 2005 la producción
alcanzaba un récord histórico: se llegaba a los 49,7 millones de hectolitros,
cerca de esos 50 millones que sólo han podido traspasar históricamente Francia
e Italia. Las ayudas que ha proporcionado la Unión Europea a la producción
vitivinícola han alcanzado 550 millones de euros en el último ejercicio, por lo
que en España se concentra el 40 por ciento del total de estos fondos
comunitarios, algo por encima de lo que correspondería a tenor de la producción
del vino, pero también ligeramente por debajo según el criterio de la
superficie dedicada al cultivo de las vides.
Pese a la eclosión de nuevas zonas
vinícolas y a que el Consejo Regulador de las Denominaciones de Origen ya tiene
registradas nada menos que 63 diferentes, la mayoría de la producción y la
venta sigue vinculada a las zonas vitivinícolas tradicionales. En 2004, según
datos de la consultora AC Nielsen, la denominación de origen Rioja se hacía con
el 40,3 por ciento de la cuota de mercado. A una gran distancia le seguía la
denominación de origen de vinos de Navarra, con un 7,7 por ciento. En tercer
lugar se situaba Valdepeñas, con 7,5. Los caldos de Ribera del Duero obtenían
un 6,2 por ciento, La Mancha alcanzaba un 4,8 y el Penedés, un 4,6 por ciento.
El resto de denominaciones de origen, a gran distancia individual, se repartían
el resto del pastel.
Las estadísticas también revelan un
espectacular cambio en los hábitos de consumo de este producto por parte de la
población española. Hace 30 años, el consumo medio de vino por persona y año se
situaba en 70 litros, mientras que en la actualidad se registra un descenso
vertiginoso, situándose en sólo 28 litros. Estas cifras se sitúan muy alejadas
de las que reflejan las costumbres habituales en Francia donde el consumo de
vino alcanza los 54 litros –casi el doble- por habitante y año, de las de
Italia (50 litros), de las de Portugal (46 litros) o de las de Suiza, 38 litros
por habitante y año. La media europea está en 19 litros.
Si bien es cierto que el consumo interior
ha decrecido de modo espectacular en tres décadas, también lo es que se ha
producido un gran cambio cualitativo en las preferencias de los consumidores.
Ahora el vino se toma más fuera de casa que en el hogar. Las ventas de este
producto en bares, tabernas, restaurantes y cafeterías ya ha alcanzado el 60
por ciento del volumen total, casi 715 millones de litros, lo que, además,
supuso un 9 por ciento de incremento de este concepto con respecto al año
anterior, mientras que el otro 40 por ciento de lo adquirido en el mercado
interno lo fue con destino a los lugares de residencia, 483 millones de litros,
y un descenso de un 4 por ciento en comparación con el anterior ejercicio.
También los cambios de costumbres se traducen en una búsqueda de mayor calidad
en el producto. Entre 2003 y 2004, en una tendencia que se mantiene, se
apreciaron notables cambios en este aspecto. El consumo de caldos con
denominación de origen creció en un litro por persona y año, situándose en 8,2,
mientras que descendía en más de medio litro la compra de vino de mesa, que
pasaba de 18,8 litros a 18,2. Pese a todo, aún está por encima del doble la
preferencia por este vino de menor calidad y también, lógicamente, de menor
coste.
Según la compañía de análisis de mercado
Mintel, pese a que el consumo de alcohol en España ha aumentado un 11 por
ciento desde 1999, el vino sólo representa un 22 por ciento del valor total de
estos productos. En cuanto al volumen, los caldos españoles sólo suponen el
23,8 por ciento del total de bebidas alcohólicas consumidas, mientras que en
Italia alcanza el 61 por ciento, o en Francia, el 56 por ciento. Además, la
proyección estadística efectuada por Mintel arroja una previsión de una
disminución de otro cinco por ciento hasta el año 2009.
Los nuevos ‘templos’ del vino
El cambio de hábitos en el consumo de los
caldos españoles detectado en los últimos años, traducido en una búsqueda de
mayor calidad, ha significado un punto de inflexión en un sector en el que ya
no se busca un aumento sistemático de la producción, sino la captación de un
nicho de mercado más exigente y curioso. Una sociedad cambiante en sus hábitos
–en buena medida debido al crecimiento económico-, que se entrega a un ocio más
cotidiano, en el que la gastronomía ha irrumpido con enorme pujanza, ha
ocasionado consecuentemente la eclosión de innumerables denominaciones de
origen –hasta 63-, una mayor inversión en investigación para mejorar la calidad
y categoría de los vinos y un repunte en su identificación como seña de
identidad cultural.
Asociado a este fenómeno, en los tiempos
recientes, algunas de las más destacadas bodegas nacionales han levantado
edificios emblemáticos encargados a arquitectos de renombre mundial, con la
idea clara de promocionar su imagen de marca uniéndola de forma indeleble y
permanente al prestigio cultural y, de paso, a realizar una apuesta por el
turismo rural de calidad, puesto que, en muchas ocasiones, estas espectaculares
bodegas han ido acompañadas de la construcción de hoteles de lujo en las
inmediaciones y de una variada oferta de actividades organizada por la firma de
referencia para que la visita al corazón de sus cubas resultase lo más
atractiva posible.
Existen múltiples y espectaculares
ejemplos de esta tendencia, especialmente en las tradicionales zonas vinícolas
del país. El arquitecto Frank Ghery, responsable del imponente Museo Guggenheim
de Bilbao, es el diseñador de la sede social de la marca Marqués de Riscal, en
la riojana localidad de Elciego. En una línea similar a la del museo, con
estructuras voladas, apoyadas en tres pilares, también utiliza para las
cubiertas el mismo material, el titanio, aunque predominan los colores rosado,
plateado y dorado, en evidente referencia al vino, al encapsulado de las
botellas y a la malla que la rodea. Destaca un enorme ascensor de cristal que
llega directamente al botellero, con una capacidad cercana a los tres millones
de botellas. Junto al espectacular edificio se ha levantado un hotel de lujo
con un restaurante de la máxima categoría y zonas de lo que denominan
“vinoterapia”, así como piscinas y múltiples actividades que , por supuesto,
comprenden la visita guiada a las bodegas, cursos de cata y otros eventos
relacionados con la misma temática.
Las bodegas de la Compañía Vinícola del
Norte de España (CVNE) fueron construidas por el arquitecto francés Philippe
Mazières en la localidad de Laguardia. Con una estructura en forma de tinaja,
se abre en dos túneles en los que se almacenan barricas y botellas. El diseño
permite que todo el interior goce de luz natural desde el círculo central que
no está cubierto con la madera del resto. De este modo la luz en conjugación
con los elementos del interior constituye otro elemento arquitectónico de
primera magnitud en sí mismo. El conjunto ha recibido el premio “Best of” de
turismo vitivinícola en la categoría de arquitectura. Mazières también es el
responsable de la bodega Hacienda de Monasterio.
También ubicadas en Laguardia se
encuentran las bodegas Ysios, una construcción cuya responsabilidad recae en
Santiago Calatrava. Una cubierta de aluminio que juega a integrarse con las
líneas onduladas del entorno natural en el que se halla, armonizada con el
empleo de la madera y vigas del mismo material que se colocan en planos
inclinados, dando lugar a una combinación de estancias delimitadas por ángulos
cóncavos y convexos.
Otras obras mayores de la arquitectura
aplicada a la construcción de bodegas son los casos de Baigorri, en Samaniego,
obra de Iñaki Aspiazu, en la que también destaca la combinación de un diseño
integrado con el paisaje y el empleo de materiales modernos, como el cristal.
En Peñafiel (Valladolid), se levanta la bodega de Protos, construida por
Richard Rogers, junto al castillo de la localidad, con cinco naves que, en
conjunto imitan la forma de este monumento. Rafael Moneo también ha empleado su
talento en el diseño de este tipo de edificios con una clara funcionalidad,
creando la bodega para Chivite, en el navarro Señorío de Arínzano.
Pero, pese a que el auge de la cultura
del vino de calidad está viviendo su momento de máximo esplendor en nuestro
país, sin embargo, no es la primera vez que arquitectos de renombre dedican su
trabajo a la edificación de imponentes bodegas. Por ejemplo, la jerezana Real
Bodega de la Concha, de la marca González Byass, fue levantada por el
famosísimo arquitecto francés Gustav Eiffel, en 1862. En esa zona de vinos
generosos y de solera, el final del siglo XVIII y el comienzo del XIX fue
testigo de la construcción de algunas joyas arquitectónicas en forma de bodega.
De esa época data, las bodegas del Marco, unas de las de mayor altura del
mundo, con unas impresionantes arquerías, o las bodegas Domecq, conocidas como
“La Mezquita”, cuyas columnas y arcos se asemejan notablemente a los de su
homónima original de Córdoba.
La relación entre la arquitectura y la
elaboración del vino es antigua y abundan ejemplos anteriores a los citados en
los que el diseñador esmeraba su trabajo al servicio de la creación de buenos
caldos. En Ábalos (La Rioja) acaba de descubrirse en una bodega que estaba
datada a finales del siglo XIV, unas canalizaciones que se corresponden con la
Alta Edad Media, anteriores al siglo X. En Aranda de Duero (Burgos), numerosas
bodegas se distribuyen en el casco viejo, a lo largo de seis kilómetros,
horadadas en la roca. Muchas de ellas tienen su origen en pleno siglo XIII, y
ya desde hace mucho tiempo, su existencia ha constituido uno de los más
importantes incentivos para el turismo en la zona. Un turismo vitivinícola que
ha venido funcionando sin planificación pública ni campaña alguna a cargo del
Consejo Regulador de las Denominaciones de Origen.
Otro ejemplo de esta relación se
encuentra en Ollauri (La Rioja), sede de la bodega Conde de los Andes, de la
firma Paternina. En ella se hallan cavas a más de 40 metros de profundidad
horadadas directamente en la roca. Estas cavas, de más de 150 metros reúnen las
condiciones más adecuadas para la crianza de los vinos, tanto por la
temperatura como por la luz y la humedad. Su origen se remonta al siglo XVI.
Muchos casos similares se dan en las
zonas vinícolas más tradicionales de nuestro país, muy especialmente en La
Rioja. Dada la gran importancia económica a escala que ha tenido la producción
vinícola en las comarcas de esta área norteña, en muchas de las cuales,
prácticamente la totalidad de su población, de un modo directo o indirecto han
obtenido su sustento de la siembra de la uva y de la producción de vinos, no es
de extrañar esta entente entre los arquitectos de la zona y las bodegas
productoras, e incluso, la contratación de buenos especialistas foráneos para
conseguir unas condiciones óptimas para la producción y el cuidado de los
caldos de la tierra, el auténtico oro líquido para una gran parte de la
población, que lleva siglos especializada en un monocultivo y en su transformación
en un producto de alto consumo. |