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Nº 729
19/2/2007

Por eso le temen; por eso le odian

Mariano Rajoy la situación se le ha vuelto a complicar tras el respiro que el PP creyó intuir el 30 de diciembre de 2006, como consecuencia del atentado en la T4. Poco después, la decisión de la Audiencia Nacional sobre Iñaki de Juana Chaos le provocó al jefe de la derecha española una de sus "mayores alegrías", según declaró al conocer esa resolución judicial/asamblearia.

Pero en los días más recientes, y a pesar del golpe de mano contra el Estatut, dado de forma escandalosa en el Tribunal Constitucional, la suerte le ha tornado a ser esquiva a Rajoy. El primer asalto en el ring del Constitucional lo ha ganado el PP. ¿Qué ocurrirá, sin embargo, en el próximo? Lo cierto es que, respecto a De Juana, el segundo asalto –siguiendo con el símil del boxeo– lo perdió Rajoy en el Tribunal Supremo. De modo que ha podido comprobar cuan efímero acostumbra a ser la dicha entre los humanos. Ya lo dice: "Quien ríe último, ríe dos veces".

Y, en paralelo, Rodríguez Zapatero ha nombrado a Mariano Fernández Bermejo ministro de Justicia. ¿Se han acabado ciertas contemplaciones, tenidas hasta el momento con influyentes sectores de la judicatura? El rostro sonriente de López Aguilar ha sido sustituido por el más áspero de Bermejo. Y lo que es más importante: el ex fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Madrid conoce al dedillo el complejo y corporativista –con todas las excepciones que se quiera– mundo judicial. No es un parvenu. Conoce, pues, el oficio y, sobre todo, conoce bien a sus oficiantes. Conoce sus grandezas y sus miserias. Sabe el terreno que pisa y, por supuesto, sabe que hay que pisarlo con sumo cuidado, aunque con enorme firmeza.

El judicial y el mediático constituyen dos de los frentes más hostiles y más difícilmente controlables que tiene abiertos el Gobierno socialista. Ya le sucedió a Felipe González y habrá que recordar que lo pagó muy caro. La apuesta Bermejo intenta paliar un déficit que viene de lejos y que produce graves quebraderos de cabeza. No en vano las asociaciones de jueces y/o fiscales conservadoras cuentan con muchos más afiliados que las progresistas. No sólo es una cuestión de siglas, sino ideológica, de fondo, de convicciones profundas. Como profundas son las convicciones de Bermejo, que en su caso son de carácter o naturaleza progresista. Resulta, por cierto, que ser de izquierdas es otro de los pecados–todos mortales, claro– que le atribuyen. Acusándole de ser de izquierdas lo han lapidado sin piedad, incluso antes de tomar posesión de su cargo, una vez designado titular de Justicia por el presidente del Gobierno.

¿Eran Margarita Mariscal de Gante –de cuyo padre no quiero acordarme–, Ángel Acebes o José María Michavila, que fueron ministros de Justicia durante la etapa Aznar, exponentes de la derecha flexible, civilizada o centrista? ¿Lo fue el fiscal general del Estado Jesús Cardenal? Los ministros de un Gobierno están al servicio de ese Gobierno, no al servicio de la oposición. Esta es una verdad de Perogrullo, una obviedad manifiesta, aunque el PP –permanentemente atrapado en sus propias trampas– lo niegue en este proceso abierto contra Bermejo.

Su descalificación significa, por lo demás, que lo temen. Temen que el ministro trate de equilibrar el tercer poder del Estado, tan escorado hacia posiciones conservadoras. Se ignora si logrará su objetivo o no, pero Bermejo no cejará en el empeño. Por eso le temen. Por eso le odian.

Enric Sopena

 
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