|
Un señorito en la política
por Santiago Carrillo
J
osé María Aznar no terminará nunca de sorprendernos. Parece que hubiese venido a este mundo a diver-
tirse a costa de los demás. Todo ha
debido resultarle muy fácil en la vida, desde su nacimiento, en un sólido y cómodo hogar franquista. Seguro que fue a un buen colegio y
que pasó la Universidad sin problemas. No le gustaba la Constitución
del 78 y lo dijo sin ambages en algún periódico. Quiso ser diputado y
lo consiguió, parachutado en Ávila
por Alianza Popular que buscaba jóvenes capaces de sustituir con ventaja a los viejos dinosaurios del Movimiento Nacional que ocupaban al
principio la primera fila, de lo que
terminó siendo el Partido Popular. En
su primera legislatura pasó por las
Cortes sin romperlo ni mancharlo y
al final debió parecerle muy aburrido aquello de pulsar el botón para
votar "sí", "no", "abstención" y decidió probar el puesto de jefe. Llevado siempre por la facilidad, consiguió que el dedo divino de Don
Manuel Fraga le apuntara a él y se
encontró de la noche a la mañana a
la cabeza de la derecha española
previa declaración por escrito de que
dimitiría del cargo en cuanto Fraga
se lo pidiera. Éste, deportado en Galicia, perdió toda oportunidad de retirarlo. Y José María se propuso entonces conseguir la presidencia del
Gobierno. Lo logró con relativa facilidad pactando con los nacionalistas vascos y catalanes, lo que pese a su acendrado nacionalismo españolista, no le creó ningún problema de conciencia. Si "París bien vale una misa" para quien aspiraba a
reinar, Aznar se prestaba a colaborar con los que según él, hacían peligrar la idílica "unidad de España"
afín de gustar las mieles del Poder. Incluso aceptó negociar la paz con ETA, a los que dispensó el trato de Movimiento de liberación vasco. La derecha confiaba en él y no iba a reprocharle estas pequeñas concesiones con las que pensaban conquistar la mayoría absoluta. Y así fue. Logró disfrutar una legislatura sin obstáculos y entonces pudo mostrar sus auténticas convicciones. En España ya no podía subir más porque aspirar a ser Rey quedaba lejos de su alcance. Me han contado que acarició la idea de convertirse en presidente de una República presidencialista. Quizá con eso se halle relacionado el lapsus que tuvo su amigo, el hermano de Bush, cuando en visita a Madrid se le escapo hablar de la "República española". Y se dio cuenta de que fuera de España todavía quedaba el ancho mundo; aún era posible seguir trepando hacia nuevas alturas. La cima estaba en Washington, donde podía junto con Bush y Blair, encontrar un nuevo campo para sus actividades. España le quedaba ya pequeña e hizo felices a sus colegas prometiéndoles heredar la jefatura nacional mientras él se ocupaba del mundo mundial.
Cuando el trío decidió en las Azores invadir Iraq, alguien que podía hacerlo le recordó que esa decisión ! sólo podía tomarla el Parlamento. Pero él no hizo ningún caso de la observación, alegando que tenía mayoría absoluta y que no necesitaba llenar esa "formalidad". Y acordó la invasión junto a sus dos compinches, aunque de cara a la opinión española, opuesta a la guerra, dijo que en la operación, el sólo iba de "humanitario". Bush que sentía la ausencia de apoyos le acogió con entusiasmo, le permitió retratarse junto a él con los pies puestos sobre una mesa del despacho oval y Aznar se
sintió por fin uno de los "triunviros" que iban a gobernar el mundo.
Pero en Iraq las cosas se torcieron. Bush y Blair comenzaron a acercarse a su final de líderes del mundo. Y Aznar perdió las elecciones en España. El cuento de la lechera. Entonces Aznar se dedicó a viajar. Más frívolo que nunca, hizo un curso acelerado de inglés y comenzó a pronunciar conferencias más bien macarrónicas. Pero muy bien pagadas. Murdoch, el dueño de la prensa mundial neocon le dio un cargo de consejero. Los sueños del "triunviro" se han venido a tierra, pero con el riñón bien cubierto nuestro hombre ha tenido que volver su mirada hacia abajo. ¿Piensa recuperar el mando aunque sólo sea aquí en España, como le sugiere su socio Pedro J.?
Lo cierto es que cuatro años después se ha decidido a reconocer que en Iraq no había armas de destrucción masiva, argumento con el que justificaron la guerra. Pero lo hace tarde y mintiendo. Sólo Bush, Blair y Aznar insistieron hasta el fin en la existencia de esas armas. Sin embargo, Aznar asegura que lo conocía todo el mundo. Esa alegría en el mentir es lo propio de un personaje que toma a broma las cosas más sagradas, de un señorito frívolo y mal criado que considera la política como un juego más de los que la vida ofrece a los privilegiados de la fortuna. Ni siquiera recuerda que ese juego costó en Madrid 192 vidas y 1.824 de heridos y en Iraq más de 600.000 iraquíes y 3.000 norteamericanos. El caso es que nuestro hombre ha hecho escuela y que muchos de los que mandan hoy en el PP le imitan. ¡Dios nos coja confesados!, como dirían los cardenales Rouco Varela y Cañizares.
|