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Nº 728 - 12 de febrero de 2007

Nostalgia austro-húngara

LA DOBLE CARA DE SISSI

Estos días de invierno Viena acoge en el Depósito Imperial de Muebles (Hofmobiliendepot) una exposición sobre el mobiliario original de la residencia imperial que fue utilizado en el rodaje de las tres películas de la serie Sissi. Se trata de una efemérides con ocasión del medio siglo de la producción de estos filmes que sirvieron para ofrecer una imagen edulcorada de lo que fue el Imperio Austro-Húngaro; una auténtica “bolsa de países” en Europa, que tuvo una gran importancia cultural y geopolítica, y cuyas secuelas aún siguen vivas en el mapa continental (ex Yugoslavia, Balcanes...).

Por Manuel Espín

En poco más de dos años, entre 1956 y 1957, desde “la pequeña y republicana Austria”, un país surgido de las ruinas de las dos guerras mundiales, y en la última posguerra con una identidad de neutralidad a caballo entre los dos bloques de la Guerra Fría, se lanzaban al mundo tres películas sobre el personaje de la emperatriz Elisabeth, más conocida como Sissi, esposa de Francisco José, en una versión edulcorada y en un agfacolor de tonos luminosos. La historia sentimental de una mujer posiblemente anoréxica, quizás de una mayor sensibilidad de lo que era habitual en una princesa de la época, reina consorte del monarca de uno de los más singulares sistemas políticos de la Europa moderna. El Imperio Austro-Húngaro nació en 1867 a partir de un pacto entre los dos países en el que contaba de una manera tácita la aquiescencia del Imperio Alemán, con el que Austria compartía muchas cosas, entre otras el idioma y la cultura. Nada menos que trece de los actuales Estados europeos formaron parte de ese auténtico cajón de sastre de pueblos, además de Austria y Hungría, que daban nombre al Imperio: República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Hercegovina, parte de Serbia y de Montenegro, norte de Italia (Trieste y el Alto Adiggio), territorios de Rumanía y de Polonia, e incluso regiones de Ucrania, llegando a alcanzar casi los 53 millones de habitantes poco antes de 1914, una enorme cifra para su tiempo. Todo ello regido por la monarquía de los Habsburgo, ejerciendo como emperador de Austria y rey de Hungría al mismo tiempo. A su vez con dos Parlamentos separados cada uno de ellos con su propio primer ministro, coordinados por un gobierno del emperador, mientras algunos de los territorios conservaban formas de autogobierno. Sólo el Consejo de Ministros era común. Los problemas de ese inmenso territorio formado por pueblos tan distintos en un arco comprendido entre Italia y Ucrania fueron permanentes, con una fórmula peculiar en la que cada diez años se renovaban los acuerdos económicos de aranceles y de presupuesto del Imperio. Todo ello dentro de una concepción decimonónica de la Administración, en una Europa en plena expansión colonial de las grandes potencias.

 A pesar de ese origen y peculiar composición, el Imperio Austro-Húngaro vivió su propia revolución industrial, especialmente en la zona occidental, con Viena y Austria como motor del crecimiento económico en plena fase de expansión capitalista, y un ritmo comparable al del Reino Unido, Francia o Alemania. En los últimos veinticinco años del siglo XIX se construyeron más de 25.000 kilómetros de ferrocarril en todo el Imperio con una formidable red. Viena se convertía en la tercera ciudad más poblada de Europa en los días previos a la Primera Guerra Mundial y en la urbe más importante de habla alemana, por delante de Berlín, mientras ciudades como Budapest o Praga tenían una considerable importancia en el continente. Sin embargo, el sistema tenía unos cimientos anclados en barro.

Durante su  poco más de medio siglo de existencia, el Imperio tuvo sólo dos emperadores: Francisco José, entre 1867 y 1916, y Carlos I, en el período comprendido entre 1916 y el final de la Primera Guerra Mundial, con el que llegaría la disolución del mismo. Se trató, por tanto, de un largísimo reinado con Francisco José como soberano. La mitificación de la emperatriz Elisabeth, Sissi, empezó mucho antes de que se rodaran las películas. Nacida alemana, en Múnich (1837),  hija de un matrimonio de conveniencia entre Ludovica y Maximiliano de Baviera, en el que había varios hijos fuera del matrimonio por medio, además de los ocho hijos que tuvieron juntos, parecía destinada a ser la cuñada del emperador, que iba a casarse con su hermana Helena. Pero conoció a Sissi, siete años menor que él, y cambió de decisión. Ella se casó con 16 años y desde el primer momento se enfrentó a la madre del heredero del trono de los Habsburgo, Sofía, que ejercía un gran dominio sobre su hijo.

Francisco José mantuvo el poder como un monarca decimonónico (el sufragio universal no sería reconocido hasta 1907 y sólo para los hombres mayores de 24 años) y con un constante riesgo de ruptura dentro del Imperio. Madre temprana, su primera hija murió a los pocos meses de vida. Cuando llegaron nuevos hijos quedaron bajo la influencia de su suegra, empeñada en educarlos con preceptores que la emperatriz llegó a calificar de “sádicos”. Sólo el nacimiento de su hija Maria Valeria creó un nuevo afecto en su vida: ella sería la más querida de sus hijos. Sus relaciones con el emperador eran contradictorias: se dice que ella no puso obstáculos a que él tuviera otras amantes “para que aprendiera a quererla a ella por contraste con las otras”. Comía escasamente, padecía de insomnio, viajaba incansablemente dentro y fuera del Imperio (estuvo en Venecia, Biarritz, Mallorca, Sevilla, Londres…), amaba los caballos y los perros. Y, al parecer, tenía sus propias ideas sobre el gobierno, muy distantes de las de Francisco José. Parece ser que un príncipe escuchó de ella la frase: “La república es la forma de gobierno más conveniente para los pueblos”, absolutamente heterodoxa viniendo de la propia emperatriz. Era, probablemente, más culta de lo habitual en una reina de la época, leía y admiraba a Lord Byron, a Shakeasperare y a Heine, y a clásicos como Homero o Esquilo, e incluso llegó a escribir poemas que prohibió que se publicaran hasta 60 años después de su muerte.

En contra de lo que la versión de cromo de Sissi pudiera sugerir la vida de la esposa del soberano no fue un camino de rosas. Tras la muerte de su hija a los pocos meses de vida, su cuñado Maximiliano falleció fusilado en México tras la descabellada aventura del intento de crear una monarquía artificial e inventada. Su propio hijo, Rodolfo, que padecía una enfermedad venérea y era adicto a la morfina, se suicidó en Mayerling junto a su amante María Vetsera. Toda una suma de desdichas. Tan sólo había encontrado una proximidad en su primo el rey de Baviera, Luis II, el llamado rey loco, un hombre sensible y protector de las artes de controvertida sensibilidad. La propia muerte de Sissi respondió a la de un personaje de tragedia.  En 1898 mientras paseaba por Ginebra fue atacada por un anarquista que le clavó un puñal en el corazón, del que no sobreviviría. El final del Imperio estaba a la vuelta de la esquina en un mundo, en el siglo XX, en el que Francisco José era ya una auténtica entelequia, puesta todavía más en evidencia tras convertirse en la sombra de las decisiones del kaiser que condujeron a Alemania, al Imperio Austro-Húngaro y a todos los aliados de las potencias centrales a iniciar un desdichado enfrentamiento con otros imperios europeos que se saldaría con una de las mayores sangrías de la historia moderna. 

La nostalgia de ese Imperio y la reivindicación de Sissi a través de una versión dulce llegaría en plena posguerra europea. Pero fue el cine el encargado de divulgar una imagen de esa mujer. Entre Sissi y la actriz que la encarnó, Romy Schneider, había muchos puntos en común. El principal: una vida desdichada llena de infortunios a pesar de un envoltorio de celofán. Ambas parecían mujeres de una sensibilidad enfermiza, y, tal y como le ocurriera a la emperatriz, la existencia de Romy Schneider fue un auténtico calvario. Mantuvo una relación con Alain Delon y del 66 al 73 estuvo casada con  un actor y director alemán, Harry Menyen, depresivo y con tendencias autodestructivas, que terminó suicidándose. Se casó luego con su secretario (Daniel Biasini) en un matrimonio que acabó en 1981. La muerte de David, el hijo de su primer matrimonio, a los 14 años al tratar de saltar una valla, hundió a la actriz en las tinieblas de la depresión y el alcohol. Sería encontrada muerta en su apartamento algun tiempo más tarde, sin poderse determinar las causas de su muerte.

En cualquiera de los casos las referencias que aparecen hoy en las exposiciones de Viena (como en las que en tiempo todavía reciente han recorrido otros países, incluido España) sobre la figura femenina más conocida del Imperio Austro-húngaro, se superponen sobre la imagen de la Sissi-Romy Schneider cinematográfica de la que ahora se cumple el medio siglo. Como en otros mitos de la historia, la mezcla de realidad y ficción viene a hacer que se difuminen los contornos originales para ser reemplazados por el arquetipo creado para la pantalla. Sissi-Romy apareció en un tiempo de dificultades como el de la posguerra europea, creando una aureola de color en torno a un protagonista de un período tan importante pero tan inexplicable desde la perspectiva actual como fue el Imperio Austro-Húngaro y el reinado del emperador Francisco José. El cromo de colorines suplantó al conocimiento sobre la realidad del poco más de medio siglo de existencia de un Estado de múltiples países que desde Venecia a Ucrania agrupaba desordenadamente un espacio europeo en el que la homogeneidad no era precisamente una de sus virtudes. Cuando hoy se analizan conflictos tan hirientes en el contexto continental como han sido las guerras de los Balcanes o la fragmentación de la antigua Yugoslavia el precedente de las historias europeas puede servir todavía como referencia. Y ello a pesar de la entelequia decimonónica de ese Imperio que, a pesar de todo, tuvo una enorme importancia científica y cultural que no puede ser echada, todavía hoy, en saco roto. Y que casi funcionó parcialmente como una segunda marca de lo que fue en los mismos días el otro Imperio alemán hermano.

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