Hemeroteca Lista La trinchera de papel
Nº 728 - 12 de febrero de 2007


Fiestas

por Joaquín Leguina

Debo confesar que nunca he sido muy amigo de fiestas y celebraciones masivas, pero tampoco las he huido y ahora, al recordar, compruebo que sí, que he estado en las Fallas, en la Semana Grande de Bilbao, en San Fermín... y, por obligación, en San Isidro y otras fiestas patronales madrileñas, por pueblos y ciudades de esta Comunidad en donde, a menudo, me tocó hacer el papel (o el papelón) de pregonero. Mas de todas las fiestas a las que he asistido, la única que de verdad me ha impresionado fue el Carnaval de Río de Janeiro. Tengo para mí que las bandas populares –nutridas de los instrumentos más insospechados y extravagantes- tocan la samba de una forma distinta y mejor de lo que son capaces de reflejar las grabaciones, por muy tecnológicamente avanzadas que éstas sean. Los colores, los movimientos corporales de las mulatas –llenos de vida y de belleza–, las carrozas... resultan mucho más bellos y atractivos de lo que pueden transmitirnos las televisiones.

Al Carnaval de Río fui en automóvil desde Santiago de Chile, en 1974, tras una andadura de miles de kilómetros, un palizón gozoso. Jamás he bailado ni bailaré con la dedicación y el entusiasmo que mostré durante aquellas noches en Copacabana y otros lugares de perdición. Aquello era muy diferente de lo que sentí en la primera "fiesta grande" a la que asistí a mis diecinueve años: los sanfermines pamplonicas.

Un amigo, Santiago Pérez Obregón, tan animoso siempre, organizó en Santander un viaje a Pamplona para pasar allí los sanfermines y me sumé a la idea. Un venezolano, pariente o amigo de parientes, que estaba pasando el verano en casa de Santiago y se llamaba Héctor, fue el otro lado del triángulo viajero. Arrastrando los bártulos por los vagones de tercera llegamos en tren a Pamplona y nos instalamos en un camping de las afueras. Dormimos como osos, pero a las cuatro y media sonó el despertador para levantarnos con tiempo para llegar al chupinazo con el que se iniciaba el encierro. Vestidos con pantalones, camisas y playeras blancas, y con las fajas y pañuelos rojos que nos había preparado la madre de Santiago, parecíamos avezados corredores pamplonicas. Aquella mañana acredité mis condiciones de velocista ante los amenazadores pitones de aquellos morlacos, pero al entrar en la plaza me encontré con una auténtica bola de gente caída y amontonada en la puerta que daba paso al ruedo. Me asusté y puesto ante la tesitura de saltar por encima de aquella masa humana pisando cuerpos y cabezas o retroceder para toparme con los toros, opté por lo primero y conseguí llegar a la arena. Los astados que venían detrás hicieron lo mismo, aplastando con su media tonelada de peso a los sufridos yacentes. Ya dentro del coso y mientras buscaba a mis compañeros me juré no volver a correr un encierro y lo he cumplido hasta hoy.

Los sanfermines me parecieron entonces unas "fiestas-bartolo" (quien toca la flauta con un agujero solo). Correr el encierro tenía, sin duda, su emoción, pero el resto del día (cantar, bailar y, sobre todo, beber –en tabernas, calles y plazas– vino, zurra-capote, coñac...) me pareció monótono, una fiesta para beodos.

Hemingway, a propósito de los sanfermines, dejó escrito en su novela Fiesta lo siguiente: "La fiesta había empezado de veras y durante siete días no cesó ni de día ni de noche. No se paraba de bailar ni de beber. El barullo era constante". Pues eso.

Sin embargo, la ciudad y la ciudadela me agradaron. La plaza del Castillo, que en tiempos pasados la había sido de toros; los jardines de laTaconera, donde estaban colocadas las casetas de feria y donde recalábamos al caer la tarde, antes de cenar en cualquier tasca; los hermosos prados de la Vuelta del Castillo y también las iglesias que visitamos... De ellas recuerdo particularmente la catedral con su espléndido claustro.

"Todas las iglesias de Pamplona tienen un altar dedicado a San Saturnino, que fue el primer apóstol, y otro a San Fermín, su primer obispo. Pamplona es la ciudad cristiana más vieja de España y se envanece de ello, i es que esto puede tenerse por vani dad", escribió Víctor Hugo tras visitar Pamplona en 1890. "Estoy en Pamplona y no sabría decir lo que siento. Jamás había visto esta ciudad y parece que reconozco cada calle, cada casa, cada puerta", añadió. No fue mi caso, pues todo allí me resultó nuevo... y extraño.

"El pamplonica, su misica, su copica y su putica", se decía, pero no creo que por aquellas calles sanferminescas y en 1960 hubiera nada de nada respecto al último apartado al que se refiere el refrán.

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