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IrÁn como pretexto
Este Iran hoy acusado de hacer trampas con el arma nuclear, de manejar las operaciones contra Israel a través de sus amigos en Líbano y Palestina, de instrumentar partidos y milicias en Iraq, es el país al que en poco tiempo los Estados Unidos han librado de sus peores vecinos, de los talibanes en Afganistán y de Sadam Hussein en Iraq. Por si no fuera bastante, los Estados Unidos han fomentado el auge político de Irán como pretexto la mayoría chiíta en Iraq, con líderes fuertemente influídos por el país de al lado. A medida que los Estados Unidos tienen problemas en Iraq la influencia iraní se hace más fuerte, contando para ello con un sustancial control de partidos y milicias y con presencia destacada en servicios de inteligencia y seguridad. Iraq, efectivamente, puede convertirse en el campo de batalla, ya lo es de rivalidad, entre iraníes y estadounidenses. Su enemistad profunda, generada desde la revolución islámica de 1979, pese a numerosos intentos de comunicación, ha impedido el entendimiento de la superpotencia con la potencia regional; que, sin embargo, no deja de predicarse como esencial no sólo para la paz mundial y la estabilidad de la región, asimismo para abordar la reconstrucción de Iraq, sólo viable con una política de buena vecindad y de convergencia estratégica. Irán puede ser un enemigo que sabe defenderse y que atacado engendrará mas, otro enemigo equivocado en la escalada del conflicto. Sadam Hussein tuvo el lamentable mérito de reinventar el enfrentamiento ancestral entre persas y árabes, que hoy se entrecruzaría con el enfrentamiento, también reinventado y ancestral, entre chiítas y sunitas, que el sátrapa iraquí contribuyó a enconar y los estadounidenses a poner al día. Jugando con y actualizando las viejas rivalidades, se manejan caricaturas, verdades a medias e intencionados informes de la máxima clasificación para presentar un Irán maligno al que hay que suministrar una buena lección. Parece como si no hubiera pasado el tiempo y se desempolvaran los planes estratégicos de los años 70 del siglo pasado, con Kissinger y Brzezinsky pontificando de nuevo sobre la doble contención. Muy preocupante sería la ampliación del conflicto en base a viejos planes y prejuicios, irrelevantes respecto una coyuntura más deteriorada que la de entonces, con más inseguridad en Líbano, Tierra Santa e Iraq, más temores existenciales en Israel, más descontento entre árabes y musulmanes, expansión y crispación de la sensibilidad de los chiítas, enarbolando hoy el estandarte más llamativo de la protesta árabe. Irán, en definitiva, es un dudoso pretexto para la guerra, otra excusa para enrolar enemigos y provocar más inseguridad. La memoria de persas aqueménidas, sasánidas y safavidas en Irak, la de los chiítas, la de importantes minorías en Irán, los santuarios chiítas en uno y otro país, los mitos de Najef y Kerbala, las familias mixtas y las creencias más o menos compartidas, en fin, todo aquello que apenas importa a políticos y estrategas, relativiza muchos motivos de esa inquina antiiraní que estaría alimentándose. Por la afición a las paradojas, hoy querrían repetirse algo así como las guerras entre griegos y persas, o entre árabes y persas; la animosidad de los Estados Unidos se presenta como prolongación de la que contra Irán sienten los sunitas iraquíes, o los de otros países árabes que desconfían de su población chiíta. Extrañas concomitancias y motivos suicidas, cuadratura del círculo, tensiones fratricidas y falsedades políticas, convergen por tanto con la lucha de poder de los dos países que se disputan Oriente Medio. Pueden esfumarse si se materializara la guerra que, como la de Iraq, apuraría a los Estados Unidos, dificultando identificar la victoria, dónde están vencedores y vencidos, y calcular cuántos nuevos enemigos ha generado. Ignacio Rupérez |
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