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Nº 728 -12 de febrero de 2007
La enésima marcha sobre Madrid

por Santiago Carrillo


S e están pasando de la raya. Una marcha más sobre Madrid, esta vez cubierta por el Foro de Ermua que ha hecho el papel de instrumento, en otras ocasiones atribuido a la AVT, ha permitido al PP ocupar el centro de la capital con doscientos o trescientos mil manifestantes. La cifra es considerable, pero alcanzarla es harto fácil en la época de las autopistas, cuando muchas familias poseen más de un automóvil y contratar cientos de autobuses sólo requiere dinero para un partido rico como el PP –y pasar un fin de semana en nuestra ciudad es una perspectiva nada desagradable–; cuando se han tenido diez millones de votos en las últimas elecciones generales, no es poner una pica en Flandes. Cierto es que esto, utilizado por la propaganda mediática abusivamente, puede ser muy rentable políticamente, la primera y hasta la segunda vez. Pero cuando alcanza un carácter endémico como va sucediendo con estas repetidas marchas, termina cansando e irritando a los millones de ciudadanos madrileños que acaban preguntándose: ¿qué quieren demostrar esos señores del trío fanático y su lunático inspirador, quitándose una vez al mes la corbata y despechugándose –para hacernos ver que también son pueblo– saliendo a la calle bajo uno u otro pretexto a despotricar contra José Luis Rodríguez Zapatero?

Hay que preguntarse para qué lo hacen. ¿Están ayudando a la campaña de Esperanza Aguirre, a ver si esta vez no necesita acudir a los métodos extraordinarios –llamémosles así– que la permitieron llegar a la presidencia regional en las pasadas elecciones? Si es así, ¿no se arriesgan a que les salga el tiro por la cu-lata? ¿O quizá piensan que repetir la jugada, unido a una amplia utilización mediática, da una impresión de potencia capaz de desmoralizar a los ciudadanos progresistas y de izquierda hasta disuadirles de ir a votar empujándoles a la abstención? Pues esto también les podría resultar como la carabina de Ambrosio, ya que si la izquierda no se arruga puede terminar movilizando hasta el último votante, alertado por el peligro de la derecha.

Porque lo que va estando cada vez más claro es que la política del PP, con sus actuales dirigentes, es característicamente la de la extrema derecha. No se trata ya de que el trío –o el cuarteto– haya roto el consenso histórico de la Transición, convenido entre lo que fue la UCD y las fuerzas democráticas y de izquierda. Es natural que a partir de algún tiempo aquel consenso diera paso a un régimen democrático normal, con un Parlamento estructurado por una mayoría gubernamental y una o varias minorías de oposión. Esto es lo que sucedió gobernando Felipe González, cuando Manuel Fraga era presidenteefectivo del partido y Miguel Herrero de Miñón su portavoz parlamentario.

Lo que ha sucedido después es que el PP ha ido deslizándose hacia posiciones de derecha, cada vez más extremas, que pasaron por la implicación de Aznar en la decisión de invadir Iraq y llegaron hasta la negación de la legitimidad a la nueva mayoría salida de las urnas el 14-M; a la ruptura del equilibrio de las instituciones democráticas, de los modos parlamentarios e, incluso, al reclamo de soluciones extraparlamentarias, sacando la contienda política repetidamente a la calle. En ésta se han mezclado las banderas y las consignas del PP con las de Falange Española y otros grupos declaradamente fascistas.

La última marcha sobre Madrid ha superado en ese sentido todas las expectativas: al finalizar con un despliegue de banderas y la utilización inapropiada del himno nacional. Utilizados de esa manera los símbolos del Estado, la escena trataba de identificar las marchas con lo nacional. El resultado patente para los españoles que han sufrido y luchado contra el franquismo era el siguiente: los nacionales han ocupado Madrid. Tras esa evocación no se distinguía a la monarquía parlamentaria, al régimen democrático que nos hemos dado los españoles en la Transición, sino más bien a la España del franquismo que creíamos superada para siempre.

Ese mismo día sí hubo una manifestación contra ETA, la convocada por los obispos vascos en Bilbao, criticada duramente en los medios afines al PP.

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