F abián
Hemeroteca Esta semana
Nº 727
5/2/2007

LA GLOBALIZACIÓN


Por Alberto Moncada

La globalización es el tercer capítulo de la historia del capitalismo. El primero fue el capitalismo de Estado, el colonialismo, ejercido por Estados poderosos sobre otros más débiles, para apoderarse de sus riquezas, generalmente mediante el uso de la fuerza. Es el caso de España con América, de Inglaterra con la India o de Bélgica con el Congo. El segundo capítulo lo constituye la protección de los Estados a las empresas. Estados Unidos manda su Ejército a proteger los intereses de la United Fruits en Centroamérica, dando origen a la expresión "repúblicas bananeras". De otra manera, está en el origen del golpe militar en Chile y siempre, en torno al petróleo, con la crisis permanente del Oriente Medio. En la globalización, el tercer capítulo, los protagonistas son las empresas multinacionales que gozan de la protección del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y, especialmente, del Tratado Mundial de Comercio, para prevalecer sobre los intereses de los Estados en los que van asentándose.

Este capítulo representa el momento de más amplia libertad del capital no ya para franquear las fronteras sino para imponerse a los países cuyas leyes laborales y ambientales vulneran. Esa libertad permite un entramado organizativo que va desde la extraterritorialidad fiscal a la creación de paraísos en los que esconder su dinero, pasando por la sobrevaloración del sector financiero y, siempre, por la explotación de los países que recorren.

En la globalización hay un poder económico predominante, las empresas multinacionales y dos poderes políticos, uno el constituido por esas tres entidades, de escaso carácter democrático, a favor de las empresasy otro, la ONU, cada vez más débil, objeto del antagonismo e incluso del desprecio de los Estados Unidos, como prueba el episodio de Iraq. La ONU, depositaria de un poder legal internacional que le permitiría ejercer de policía mundial y equilibrador de riqueza, con entidades como Unicef y otras, carece de medios y de legitimación real para ejercer esas funciones y asiste, prácticamente inerme, al creciente proceso de deterioro y desigualdad de la población y el hábitat mundial.

La desigualdad no es sólo Norte-Sur. En Estados Unidos hay 48 millones de habitantes sin seguro de enfermedad. Pero es en el Sur donde la desigualdad y las carencias crecen. Persiste la terrible cifra de cinco millones de niños que mueren al año por la malaria al carecer de acceso al agua potable.

Y en cuanto al deterioro del medio y las prepotencias multinacionales, los casos abundan. El sida africano crece tanto por la avaricia de las compañías farmaceúticas como por la debilidad de los sistemas sanitarios. La reciente película de Di Caprio, Diamantes, pone de relieve como el contrabando de gemas, alentado por las firmas especializadas, sirve para fomentar la inestabilidad política de los países productores. Y se suceden los casos de catástrofes marítimas queprueban la ausencia de una inspección sobre el tráfico de buques.

Mientras tanto, las guerras, unas veces por motivos prácticos, como la protección de los intereses petrolíferos y otras, como la de Iraq, con el resultado añadido de la creación de un enemigo internacional, el terrorismo, como en su día fue el comunismo, ocultan a la atención mundial esas carencias y desigualdades y siguen favoreciendo el mantenimiento de una industria militar, cuya versión americana permite considerar a los Estados Unidos como el apéndice militar del nuevo poder económico global.

Frente a esta lógica capitalista, que todo lo fía al principio de la libertad de mercados, y su corolario, la privatización, incluso de servicios básicos, emerge la lógica de los derechos humanos, que también ha tenido su evolución. Primero fue el reconocimiento de la igualdad básica de las personas, con la abolición de la esclavitud.

Después, la protección de los derechos políticos, las minorías, raciales, de género. Y ahora los derechos básicos, a la salud, a la educación, a la vivienda.

Los derechos básicos incluyen los bienes comunes como la calidad del aire que respiramos, del agua que bebemos y que concitan la acción de los Estados y, finalmente, de la ONU, para impedir tanto la privatización
de esos bienes como la adopción de medidas coercitivas y de control para hacer posible esa lógica de los derechos humanos hasta ahora desatendida.

Es una confrontación inevitable entre ambas lógicas, la del mercado, el capital y la de los derechos humanos respecto de la cual hay que tomar partido.

Una nos quiere consumidores y teleadictos, otra nos llama a la participación, a ejercer como ciudadanos en nuestro país y, cada vez más, también en el mundo.

Una parte importante de ello lo constituye el buscar acceso a información relevante, evitando la opacidad mediática sobre estos problemas.

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