Otto Rosenberg, el gitano que quiso tatuarse un ángel
Por José María Ridao
Las memorias de Otto Rosenberg, un
berlinés gitano que sobrevivió a los campos de exterminio, constituyen una
excepción en la ya abundante literatura sobre las víctimas del nazismo. Pero no
tanto porque se refieran a un aspecto menos frecuentado que la persecución y el
intento de exterminio de los judíos, como es el caso de los gitanos, cuanto por
el hecho de que se trata de unos recuerdos escritos –o por mejor decir,
dictados a Ulrich Enzenberger, autor de la edición que publicó en España la
editorial Amaranto- desde un punto de vista tan sutil como excepcional. A
diferencia de la mayor parte de los testimonios de los campos, el de Rosenberg
no pretende dejar constancia de la crueldad ni de la manera en la que la vivió;
el propósito subterráneo de su relato es radicalmente distinto y tal vez
involuntario, fruto de una actitud personal y de una mirada excéntrica: el
anciano que evoca su terrible experiencia de alemán al margen, de gitano
conducido a Auschwitz con apenas diecisiete años y único superviviente de su
familia, busca desesperadamente en cada episodio de su dramática biografía ese
mínimo gesto, ese destello imperceptible que le permita reafirmarse, sin
embargo, en la certeza de que la compasión no ha sido abolida, de que aquellos
tiempos fueron sombríos pero no definitivos. Rosenberg no deja un testimonio
del horror, sino de la continuidad de la compasión pese al horror.
Pertenece a un grupo humano, los gitanos,
de cuya marginación y criminalización existen documentos desde el siglo XIV en
adelante. El misterio nunca aclarado de su origen se tradujo en dudas acerca
del credo que profesaban en una época, los siglos XV y XVI, en los que la
ortodoxia religiosa determinaba la pertenencia a la comunidad: fueron
perseguidos como herejes siendo cristianos. Los castigos padecidos por este
motivo alcanzaron una crueldad inusitada. Desde la condena a galeras por el
simple hecho de ser quienes eran, según la orden del Papa Pío V con motivo de
la batalla de Lepanto, hasta la condena a muerte dictada contra ellos en la Inglaterra de 1554, pasando por numerosas órdenes de confinamiento y de destierro en la mayor
parte de los países europeos. La propia Ilustración mantuvo una relación
ambigua con los gitanos, hasta el punto de que se alternaban las actitudes
favorables y desfavorables entre los escritores y gobernantes inspirados por
las Luces. El abandono de la ortodoxia religiosa como base de la pertenencia a
la comunidad, y su sustitución por la idea de nación a lo largo del siglo XIX,
no alteró la situación de esta minoría siempre bajo sospecha. Una vez más el
misterio de su origen se tradujo en involuntaria disidencia, y esta disidencia
no buscada, fruto del ser y no del hacer, en marginación y persecución.
Cuando Otto Rosenberg comienza a
desgranar sus recuerdos ante Ulrich Enzenberger, recogidos en Un gitano en
Auschwitz, se sabe miembro de una comunidad secularmente perseguida, pero hace
abstracción del pasado remoto para concentrarse en el inmediato: su familia
mantenía una estrecha relación con Alemania y, más en concreto, con la ciudad
de Berlín, la que luego sería destruida hasta los cimientos. De sus palabras se
desprende que se trataba de una unión libre, voluntaria, de la que los
Rosenberg no extraían un beneficio distinto al del amante en relación con el
objeto o el ser amado. Berlín era el escenario de sus vidas, hostil en
ocasiones y en ocasiones placentero, como para cualquier individuo, para
cualquier alemán. El niño Otto Rosenberg vive con su abuela y añora a sus
padres, a los que sólo ve de tanto en tanto, en fugaces visitas. Durante uno de
esos raros encuentros esperados con ansiedad, la madre se encarga de prepararle
la cena y, entre tanto, Otto se duerme. Cuando despierta, la madre ya se ha
ido. La frustración que le provoca esta ausencia repentina parece un presagio
de su retorno de los campos: no sólo la ciudad que amaba, sino la totalidad de
sus seres queridos, habrán desaparecido durante la pesadilla que viviría en
Auschwitz.
La suerte de los Rosenberg y, en general,
de los gitanos bajo el régimen nazi empieza a cambiar la víspera de las
Olimpiadas de 1936. Deseoso de ofrecer al mundo una imagen incontestable de
pureza racial, el gobierno de Hitler ordena que los gitanos que viven en Alemania
sean confinados en “centros de descanso”. Otto Rosenberg insiste en este punto:
se les denomina “centros de descanso”, y el trato que reciben allí, según sus
propias palabras, no es malo del todo. Más tarde sufre una decepción tanto más
profunda cuanto que pone en entredicho su secreta esperanza –la esperanza que,
en resumidas cuentas, le mantendrá aferrado a la vida– de que ningún sistema
político podrá jamás abolir la compasión, la humanidad. La doctora que lo
recibe en su casa y que le trata como a uno de sus hijos no lo hace en virtud
de ningún sentimiento noble, sino con la calculada y escalofriante intención de
tener más cerca a la cobaya humana sobre la que realiza sus experimentos
raciales. Resulta significativo que este sea uno de los recuerdos más dolorosos
para Otto Rosenberg, una de las pocas acciones que no está dispuesto a
perdonar. En realidad, la acción de la doctora le permite extraer dos
conclusiones. Una, la constatación de que la crueldad existe, algo que el joven
Otto sabe y que está dispuesto a afrontar. Otra, la más grave, que la crueldad
puede disfrazarse bajo el ropaje de un sentimiento noble, hasta el punto de que
pueden confundirse. Es como si su única tabla de salvación se hubiese revelado
insegura.
Aunque las memorias de Rosenberg no se
detengan en analizar el profundo significado de esos “centros de descanso”, Un
gitano en Auschwitz ofrece un elemento para reconstruir algo a lo que no se le
suele prestar la atención que merece: la genealogía de los campos, el exacto
itinerario de la locura que concluye en una orden de aniquilación dictada
contra algunos grupos humanos, entre los que se encuentran los gitanos y los
judíos. Los campos de exterminio aparecen hoy como una criatura monstruosa
surgida de manera espontánea, no como un punto de llegada, como el final de un
trayecto a lo largo del cual los individuos, incluso los más comprometidos con
la libertad, se van habituando a la existencia de unos espacios de excepción,
de unos lugares al margen del Derecho Penal e, incluso, al margen de cualquier
derecho. Tal vez a muchos alemanes que sabían de los “centros de descanso” les
pareció normal que, después de cumplida su primera función con los gitanos, se
convirtieran en centros de acogida a los que, de manera voluntaria, los trabajadores
en paro iban a alojarse a cambio de una ocupación pública y de mantenimiento.
Simone Weil lo advirtió después de un viaje a Berlín: pronto el carácter
voluntario de esos centros se sustituiría por la obligatoriedad, como así fue.
E instaurada la obligatoriedad, a esos mismos alemanes les parecería normal
que, en lugar de trabajadores en paro, esos barracones acogieran disidentes
políticos, considerados como asociales. Y aceptado que eran los asociales los
que debían ser confinados allí, bastaba con declarar asociales a los judíos,
los gitanos o los homosexuales para que la pendiente del oscurantismo y la
barbarie condujese paso a paso hasta la decisión de eliminarlos.
Los recuerdos de Otto Rosenberg suscitan
en cada página los grandes dilemas morales a los que se enfrentó el siglo XX, y
siempre de ese modo humilde, casi susurrante. Por descontado, no habla
explícitamente de la noción de memoria: su libro no es una reflexión, sino una
ilustración. Y con respecto a la memoria relata diversos episodios entre los
que dos resultan particularmente sugerentes, casi perturbadores. Tiempo después
de terminar la guerra, Otto Rosenberg se cruza en una calle de Berlín con uno
de sus antiguos kapos alemanes. Se precipita a saludarlo, como dando por
descontado que Auschwitz había quedado atrás, pero el kapo finge ser otra
persona y se aleja apresuradamente del lugar. El comentario de Rosenberg
resulta sorprendente y a la vez conmovedor: “Aunque en el campo de
concentración él me había pegado palizas, yo estaba contento de estar libre y
no le habría hecho nada”. El otro episodio se refiere a las cifras que le
tatuaron en el brazo al ingresar en Auschwitz. “Hice que me cubrieran con otro
tatuaje el número del campo de concentración que llevaba en el brazo –recuerda
Otto Rosenberg en las últimas frases de su libro-. Ahora esa infamia está
tapada por el dibujo de un ángel”. |