Hemeroteca Esta semana
Lista Pensamiento
Buscador
Nº 727 - 6 de febrero de 2007

Otto Rosenberg, el gitano que quiso tatuarse un ángel

Por José María Ridao

Las memorias de Otto Rosenberg, un berlinés gitano que sobrevivió a los campos de exterminio, constituyen una excepción en la ya abundante literatura sobre las víctimas del nazismo. Pero no tanto porque se refieran a un aspecto menos frecuentado que la persecución y el intento de exterminio de los judíos, como es el caso de los gitanos, cuanto por el hecho de que se trata de unos recuerdos escritos –o por mejor decir, dictados a Ulrich Enzenberger, autor de la edición que publicó en España la editorial Amaranto- desde un punto de vista tan sutil como excepcional. A diferencia de la mayor parte de los testimonios de los campos, el de Rosenberg no pretende dejar constancia de la crueldad ni de la manera en la que la vivió; el propósito subterráneo de su relato es radicalmente distinto y tal vez involuntario, fruto de una actitud personal y de una mirada excéntrica: el anciano que evoca su terrible experiencia de alemán al margen, de gitano conducido a Auschwitz con apenas diecisiete años y único superviviente de su familia, busca desesperadamente en cada episodio de su dramática biografía ese mínimo gesto, ese destello imperceptible que le permita reafirmarse, sin embargo, en la certeza de que la compasión no ha sido abolida, de que aquellos tiempos fueron sombríos pero no definitivos. Rosenberg no deja un testimonio del horror, sino de la continuidad de la compasión pese al horror.

Pertenece a un grupo humano, los gitanos, de cuya marginación y criminalización existen documentos desde el siglo XIV en adelante. El misterio nunca aclarado de su origen se tradujo en dudas acerca del credo que profesaban en una época, los siglos XV y XVI, en los que la ortodoxia religiosa determinaba la pertenencia a la comunidad: fueron perseguidos como herejes siendo cristianos. Los castigos padecidos por este motivo alcanzaron una crueldad inusitada. Desde la condena a galeras por el simple hecho de ser quienes eran, según la orden del Papa Pío V con motivo de la batalla de Lepanto, hasta la condena a muerte dictada contra ellos en la Inglaterra de 1554, pasando por numerosas órdenes de confinamiento y de destierro en la mayor parte de los países europeos. La propia Ilustración mantuvo una relación ambigua con los gitanos, hasta el punto de que se alternaban las actitudes favorables y desfavorables entre los escritores y gobernantes inspirados por las Luces. El abandono de la ortodoxia religiosa como base de la pertenencia a la comunidad, y su sustitución por la idea de nación a lo largo del siglo XIX, no alteró la situación de esta minoría siempre bajo sospecha. Una vez más el misterio de su origen se tradujo en involuntaria disidencia, y esta disidencia no buscada, fruto del ser y no del hacer, en marginación y persecución.

Cuando Otto Rosenberg comienza a desgranar sus recuerdos ante Ulrich Enzenberger, recogidos en Un gitano en Auschwitz, se sabe miembro de una comunidad secularmente perseguida, pero hace abstracción del pasado remoto para concentrarse en el inmediato: su familia mantenía una estrecha relación con Alemania y, más en concreto, con la ciudad de Berlín, la que luego sería destruida hasta los cimientos. De sus palabras se desprende que se trataba de una unión libre, voluntaria, de la que los Rosenberg no extraían un beneficio distinto al del amante en relación con el objeto o el ser amado. Berlín era el escenario de sus vidas, hostil en ocasiones y en ocasiones placentero, como para cualquier individuo, para cualquier alemán. El niño Otto Rosenberg vive con su abuela y añora a sus padres, a los que sólo ve de tanto en tanto, en fugaces visitas. Durante uno de esos raros encuentros esperados con ansiedad, la madre se encarga de prepararle la cena y, entre tanto, Otto se duerme. Cuando despierta, la madre ya se ha ido. La frustración que le provoca esta ausencia repentina parece un presagio de su retorno de los campos: no sólo la ciudad que amaba, sino la totalidad de sus seres queridos, habrán desaparecido durante la pesadilla que viviría en Auschwitz.

La suerte de los Rosenberg y, en general, de los gitanos bajo el régimen nazi empieza a cambiar la víspera de las Olimpiadas de 1936. Deseoso de ofrecer al mundo una imagen incontestable de pureza racial, el gobierno de Hitler ordena que los gitanos que viven en Alemania sean confinados en “centros de descanso”. Otto Rosenberg insiste en este punto: se les denomina “centros de descanso”, y el trato que reciben allí, según sus propias palabras, no es malo del todo. Más tarde sufre una decepción tanto más profunda cuanto que pone en entredicho su secreta esperanza –la esperanza que, en resumidas cuentas, le mantendrá aferrado a la vida– de que ningún sistema político podrá jamás abolir la compasión, la humanidad. La doctora que lo recibe en su casa y que le trata como a uno de sus hijos no lo hace en virtud de ningún sentimiento noble, sino con la calculada y escalofriante intención de tener más cerca a la cobaya humana sobre la que realiza sus experimentos raciales. Resulta significativo que este sea uno de los recuerdos más dolorosos para Otto Rosenberg, una de las pocas acciones que no está dispuesto a perdonar. En realidad, la acción de la doctora le permite extraer dos conclusiones. Una, la constatación de que la crueldad existe, algo que el joven Otto sabe y que está dispuesto a afrontar. Otra, la más grave, que la crueldad puede disfrazarse bajo el ropaje de un sentimiento noble, hasta el punto de que pueden confundirse. Es como si su única tabla de salvación se hubiese revelado insegura.

Aunque las memorias de Rosenberg no se detengan en analizar el profundo significado de esos “centros de descanso”, Un gitano en Auschwitz ofrece un elemento para reconstruir algo a lo que no se le suele prestar la atención que merece: la genealogía de los campos, el exacto itinerario de la locura que concluye en una orden de aniquilación dictada contra algunos grupos humanos, entre los que se encuentran los gitanos y los judíos. Los campos de exterminio aparecen hoy como una criatura monstruosa surgida de manera espontánea, no como un punto de llegada, como el final de un trayecto a lo largo del cual los individuos, incluso los más comprometidos con la libertad, se van habituando a la existencia de unos espacios de excepción, de unos lugares al margen del Derecho Penal e, incluso, al margen de cualquier derecho. Tal vez a muchos alemanes que sabían de los “centros de descanso” les pareció normal que, después de cumplida su primera función con los gitanos, se convirtieran en centros de acogida a los que, de manera voluntaria, los trabajadores en paro iban a alojarse a cambio de una ocupación pública y de mantenimiento. Simone Weil lo advirtió después de un viaje a Berlín: pronto el carácter voluntario de esos centros se sustituiría por la obligatoriedad, como así fue. E instaurada la obligatoriedad, a esos mismos alemanes les parecería normal que, en lugar de trabajadores en paro, esos barracones acogieran disidentes políticos, considerados como asociales. Y aceptado que eran los asociales los que debían ser confinados allí, bastaba con declarar asociales a los judíos, los gitanos o los homosexuales para que la pendiente del oscurantismo y la barbarie condujese paso a paso hasta la decisión de eliminarlos.

Los recuerdos de Otto Rosenberg suscitan en cada página los grandes dilemas morales a los que se enfrentó el siglo XX, y siempre de ese modo humilde, casi susurrante. Por descontado, no habla explícitamente de la noción de memoria: su libro no es una reflexión, sino una ilustración. Y con respecto a la memoria relata diversos episodios entre los que dos resultan particularmente sugerentes, casi perturbadores. Tiempo después de terminar la guerra, Otto Rosenberg se cruza en una calle de Berlín con uno de sus antiguos kapos alemanes. Se precipita a saludarlo, como dando por descontado que Auschwitz había quedado atrás, pero el kapo finge ser otra persona y se aleja apresuradamente del lugar. El comentario de Rosenberg resulta sorprendente y a la vez conmovedor: “Aunque en el campo de concentración él me había pegado palizas, yo estaba contento de estar libre y no le habría hecho nada”. El otro episodio se refiere a las cifras que le tatuaron en el brazo al ingresar en Auschwitz. “Hice que me cubrieran con otro tatuaje el número del campo de concentración que llevaba en el brazo –recuerda Otto Rosenberg en las últimas frases de su libro-. Ahora esa infamia está tapada por el dibujo de un ángel”.

Hemeroteca Esta semana
Buscador