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Nº 727 -59 de febrero de 2007
¿Mañana Irán?

por Santiago Carrillo


E mpieza a crecer internacionalmente el temor de que el presidente Bush, desoyendo la voluntad de los ciudadanos estadounidenses, en vez de retirar sus tropas de Iraq, termine lanzándose a una fuga hacia delante que incluiría un ataque contra Irán. Portaviones que navegan hacia el golfo Pérsico, campañas sobre el "peligro nuclear iraní", informaciones sobre la posibilidad de una "guerra civil panárabe", presiones para reforzar las tropas de la OTAN en Afganistán, agravación del conflicto en el Líbano, noticias muy dudosas sobre "ejércitos" hasta ahora desconocidos que combaten en Nayaf contra los chiíes del ayatolá Muqtada, movimientos diplomáticos hacia países árabes con Gobiernos proclives a EE UU. A la vez suenan las voces de los sensatos de mal agüero, de los que repiten que es absurdo pensar que Bush, atrapado en la trampa de Iraq, vaya a meterse en otra peor.

Sí, sería absurdo, pero hay motivos para temer que un personaje tan descerebrado, tan imbuido de ser el protagonista de una cruzada ideológica, de estar cumpliendo una misión divina, pueda emprender una aventura de ese género. La invasión de Irak fue ya una insensatez, basada en una mentira flagrante: la existencia de armas de destrucción masiva. Bush sigue negándose a aceptar la derrota, sigue enviando tropas, sigue apuntándose victorias en combates contra lo que llama la insurgencia, con artillería, tanques y aviones en los que no sé si caerá algún insurgente, pero desde luego mueren centenares de civiles entre mujeres y niños y se destruyen salvajemente poblados enteros. Las razias que solían hacer en el pasado losejércitos coloniales, pasando a cuchillo a grupos de población acusados de albergar "rebeldes" parecen
una broma al lado de estas operaciones de castigo a ciegas, en las que se emplean las armas más modernas, que no dejan piedra sobre piedra.

Lo triste es que en los países que nos consideramos civilizados, recibimos diariamente noticias de estas barbaridades sin que nos sintamos directamente concernidos. Y lo injustificable, desde un punto de vista humanitario, es que en la balanza de la política mundial pesen tanto los tres mil soldados norteamericanos muertos y tan poco los más de 600.000 iraquíes caídos en esta guerra absurda y criminal, en su inmensa mayoría civiles inocentes. Cuando los historiadores del futuro estudien los actuales tiempos, difícilmente podrán justificar nuestra época como un período en que la Humanidad había salido ya de la barbarie.

En el ambiente que hoy domina el mundo no es imposible que Bush culmine la aventura militar de Iraq, extendiendo la guerra a todo el Oriente Próximo, e incluso creando el peligro de una confrontación mundial todavía más amplia. Los gobernantes de Occidente que deberían pararle los pies todavía se mueven en el terreno confuso de las antiguas alianzas, que parecen obligarles aún, cuando deberían estar levantando la voz para ayudar a los mismos ciudadanos norteamericanos a liberarse y a liberarnos de un loco que se ha convertido en el peligro número uno para la paz. Este dudar ante las alianzas pasadas puede incluso comprometernos en alguna de esas operaciones militares, llamadas humanitarias, susceptibles de terminar implicándonos en la extensión de una guerra que no deseamos y que va contra nuestros intereses.
Mientras las tropas extranjeras no se hayan retirado de Iraq y Bush siga siendo el presidente de EE UU, tenemos que observar con vigilancia y sospecha cualquier iniciativa de la Administración americana en el Próximo y Medio Oriente. Sólo así podremos estar seguros de que la guerra no va a extenderse y a complicarnos de una u otra manera en ella.

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