Los terribles efectos de la contaminación política de los jueces
El panorama político marcado por el
llamado proceso de paz y la estrategia crispante del PP está generando algunas
consecuencias preocupantes de un calado todavía difícil de valorar en todo su
alcance. Me refiero a la indeseable contaminación política de la justicia, que
es algo más que un efecto colateral y que podría extender sus efectos nocivos
más allá de la dialéctica Gobierno-oposición, pues es difícil imaginar algo más
grave que el hecho de que los jueces sufran una desautorización social ante la
evidencia de que no son neutrales. Cada episodio judicial se convierte en una
encarnizada batalla política con bandos perfectamente definidos que la
organización del poder judicial, en un Consejo General que responde, con algún
desfase temporal, a las cuotas de los partidos, perfila de forma rápida y
contundente como si se tratara de un Parlamento paralelo. Ciertamente, el
Consejo General del Poder Judicial no tiene atribuciones jurisdiccionales pero
sí un amplio poder para promocionar o castigar jueces o para amparar o
desamparar a un magistrado según determinadas pulsaciones políticas. Es una
fuerte politización que, al producirse en una dinámica política crispada, no
deja lugar para muchos matices. El Consejo General del Poder Judicial no duda
en desamparar a un juez como Garzón al tiempo que cierra filas con el Tribunal
Superior de Justicia del País Vasco. El Consejo General del Poder Judicial no
es sólo un gobierno para los jueces, sino que se permite tomar posiciones
políticas frente al Parlamento, que es la institución que representa
políticamente a los ciudadanos. La batalla se da también en los propios ámbitos
jurisdiccionales, como pudo verse en la batalla respecto a la decisión a tomar
sobre el siniestro etarra José Ignacio de Juana Chaos. En este caso un
tribunal, digamos el normal, había tomado la decisión de conceder una prisión
atenuada para el terrorista en razón del deterioro de su salud, y, antes de que
los magistrados tuvieran tiempo de redactar el auto, se movilizaron otros
jueces en una recogida de firmas que nos recuerda otros tiempos para imponer su
propia decisión por medio del pleno de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional. La decisión tomada de mantener al etarra en el hospital y forzar su
alimentación me parece justa, como hubiera sido justa recoger la petición del
fiscal que aconsejaba la prisión atenuada. Sin embargo estos movimientos de
guerrilla en el seno del alto tribunal deja en muchos ciudadanos cierto mal
sabor de boca.
El último episodio ha sido la citación
por parte del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco al lehendakari
Ibarretxe. He de adelantar mi respeto a los jueces que tienen que hacer su
trabajo en un medio hostil, como también les ocurre a otras personas, entre
ellos los periodistas, en una comunidad en la que no están garantizados
derechos humanos elementales. Sin embargo, creo que la decisión del alto
tribunal, que es en el fondo jurídico discutible, es inoportuna no en términos
políticos, sino de puro sentido común. Los jueces deben saber leyes pero
también actuar con prudencia y la decisión de este tribunal no ha contribuido a
quitar dramatismo a la situación.
Todo ello no quita responsabilidad al
lehendakari por convocar una manifestación victimista muy propia de los
nacionalistas ni por su empecinamiento en algunas actitudes. Sin embargo, el
lehendakari, que obviamente tiene los mismos derechos que los demás ciudadanos
y que no está por encima de la ley, tiene la obligación de hacer su trabajo y
buscar una solución pacifica a la pesadilla vasca sin olvidar que hay un
significativo porcentaje de la población que comulga con las posiciones de la
izquierda abertzale. No hay, pues, que condenar en el terreno judicial, sino,
en todo caso, en el político que el lehendakari se reuniera con Otegi, Pernando
Barrena y Juan José Petrikorena.
La reacción del Consejo General del Poder
Judicial ha sido fulminante y unitaria, lo que en este caso expresa un añadido
de alto corporativismo a los jueces. Como ha dicho el ministro de Justicia,
Juan Fernando López Aguilar, el poder judicial hace bien en tomarse en serio su
independencia pero “habrá que esperar un comportamiento permanente del CGPJ
velando porque no se siembren dudas o sospechas sobre las acciones de los
tribunales de justicia”. El papel de los administradores de la justicia es
vital para el Estado de Derecho e incluso para la propia convivencia ciudadana.
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