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| Nº 726 - 29 de enero de 2007 |
Carlos Santos, autor de ‘Guatemala. El silencio del gallo’ “La verdad judicial sacará a Guatemala del olvido” Guatemala vivió en la década de los ochenta uno de uno de los mayores genocidios en la historia de América. 250.000 personas fueron asesinadas. Una cifra que es ochenta veces superior a la que se atribuye, algo más de 3.000, al ex dictador chileno Augusto Pinochet. El periodista y escritor Carlos Santos lo recuerda en Guatemala. El silencio del gallo (Debate). De hecho, confiesa que la intención de su libro, cuyos derechos de autor se destinarán a becas para estudiantes y supervivientes de la violencia, es “romper el silencio” sobre la guerra “más cruenta y menos conocida” del citado continente. Para hacerlo, recorre la trayectoria de su tío, el misionero Luis Gurriarán, que llegó en octubre de 1961 al país centroamericano para evangelizar a los guatemaltecos y acabó siendo “conquistado” por el pueblo maya. Por Luis Marchal —Quería contar la historia de mi tío el misionero, que se fue a América en 1961. Sospechaba que su vida tenía aventura, pasión y drama. Hace seis años fui a Guatemala y me llevó a Santa María Tzejá, una aldea fundada por cien familias mayas en 1970, cuando necesitaban tener un poco de tierra para poder sobrevivir y huir del esclavismo al que estaban condenadas por generaciones. El ejército acabó destruyendo todas las casas del pueblo. Me encontré con unas historias llenas de lírica, épica, tragedia, drama y realismo fantástico. He dedicado cinco años de mi vida a reconstruir un drama colectivo, posiblemente el más grande que se ha vivido en América en el siglo XX. —Con Guatemala. El silencio del gallo, una mezcla de historia contemporánea y de reportaje periodístico, ¿por fin se conocerá el genocidio cometido en los años ochenta contra el pueblo maya en Guatemala? —Ayudaremos desde nuestra perspectiva a romper una histórica capa de silencio. Luis, mi tío, con su denuncia pública y su verdad humana. Yo, con mi trabajo periodístico. Hay que destacar que tanto las Naciones Unidas como la Audiencia Nacional española lo perciben como un genocidio contra 250.000 personas. Esto es lo más importante del asunto. Ahora tiene que venir la verdad judicial, que sacará a Guatemala del olvido. —¿Qué opinión le merece que sea precisamente la justicia española, a través del juez Santiago Pedraz, la que tome un papel relevante en este caso? —Murieron españoles, junto a campesinos, en el asalto a la Embajada de España el 30 de enero de 1980 y hay al menos cinco misioneros españoles entre las 250.000 personas desaparecidas en el genocidio. Asimismo, la Fundación Rigoberta Menchú ha motivado a actuar a la justicia española. Los guatemaltecos han buscado fuera lo que no han encontrado en casa. —¿Por qué se ha conseguido silenciar este genocidio? —Las causas del silencio son muy diversas. Nos encontramos con la debilidad del movimiento guerrillero, que no llegó a tener nunca una notoriedad internacional; con la ferocidad del ejército guatemalteco y de la dictadura; y, en ocasiones, con el componente racista, ya que las víctimas eran indígenas mayas. No tenían portavoces exteriores. De hecho, Rigoberta Menchú logró por primera vez romper ese silencio. —El componente étnico es fundamental en este caso. —En Guatemala, los indígenas mayas son mayoría en la población. Sin embargo, jamás han tenido un pedacito de poder. Los que tienen el poder civil, el poder militar, el poder económico y la proyección exterior del país son blancos, conocidos allí como landinos. —Por cierto, el silencio es tan importante que incluso recoge en el libro la forma de silenciar a los gallos para que los mayas que huían no fueran descubiertos. —La resistencia ponía a los gallos una especie de piercing en el cuello para que no cacareasen. Necesitaban huir del ejército y vivir en permanente silencio para no ser detectados, pero también necesitaban tener gallinas para mantener unos mínimos de alimentación. Luis, después de estar en Nueva York y de conseguir una condena al régimen de José Efraín Ríos Montt, en 1982, pasó un par de años con estos resistentes que vivían a la sombra. A mi tío le sorprendió que los gallos no cantaran. Se convirtió para él en un símbolo del silencio que ha acompañado siempre al drama de los guatemaltecos. Por eso he llevado esta cuestión al título del libro. Es un titular literario, aunque emana directamente de la realidad. —¿Cuál es el motivo de que el ex dictador Ríos Montt siga siendo “intocable” y teniendo mucho poder en las altas esferas del Estado? —Es un hombre con muchos “agarraderos” políticos. Luis dice que “es intocable hasta cierto punto” (el juez Pedraz dictó en julio de 2006 orden de busca y captura contra Ríos Montt, que no sale de Guatemala para no ser detenido). Además, se suscribieron los Acuerdos de Paz en 1996, al final de esta guerra no declarada. Cuando se decide dar un paso adelante en la historia de un país por la vía de la reconciliación, a alguno le puede servir como paraguas frente a sus desmanes del pasado. Esos acuerdos no protegían a los responsables de crímenes de guerra, pero no ha habido una ruptura en las instituciones. Es muy difícil que estas instituciones que han convivido con las dictaduras hagan justicia. —Fue detenido recientemente en Panamá Donaldo Álvarez, ministro de Gobernación de Guatemala en el Gobierno de Lucar García, entre 1978 y 1982. —No obstante, fue liberado 48 horas después porque no existía certeza sobre su identidad, según la policía panameña. —Habla de desmanes del pasado. El misionero español se convirtió en un símbolo contra la explotación en Guatemala y en objetivo de los escuadrones de la muerte, ¿por qué cree que no pudieron acabar con él? —En parte, por su condición de sacerdote extranjero, lo que le permitía un margen de maniobra superior al de un campesino maya, que nunca había salido de su aldea. También en el hecho de ser uno de los primeros en recibir amenazas de muerte, en recibir órdenes de expulsión del país y en recibir el acoso de los mandos militares. Y todo, por su labor social, especialmente con la creación de cooperativas y bancos populares. Al ser uno de los primeros amenazados, fue también uno de los primeros en tomar precauciones, con las que ha tenido que vivir siempre. —Incluso, le tacharon de agente cubano. —A mediados de los años setenta, se formó un comando militar de soldados especialistas con la misión de buscar al padre Luis en la selva de Ixcán. Uno de los participantes de ese grupo ha narrado cómo iban de pueblo en pueblo preguntando por mi tío. El teniente que estaba al mando les decía que la persona a la que perseguían era un agente comunista cubano que se hacía pasar por cura. Lo curioso es que en ese momento ni siquiera estaba en Guatemala. —Queda claro hasta qué punto incomodaba a los militares el que los indígenas mayas intentaran salir de su marginación histórica. —Había un sistema de dominación que funcionaba muy bien, un neoesclavismo en el que unos pocos tenían mucho. A éstos les iba estupendamente, al igual que a los funcionarios que trabajaban a sus órdenes y a los militares cuyos mandos se enriquecían. Por otro lado, muchísimos no tenían nada. —¿Cuál sería el presente de Guatemala sin la guerrilla? —No lo sé. Eso sí, estoy seguro de que el futuro de Guatemala habría sido muchísimo más halagüeño, feliz y rico sin estos atroces militares que han tenido. Luis Gurriarán, misionero “Me dejé ganar por el pueblo” —¿Considera que Carlos Santos ha sabido plasmar tanto su historia como la del movimiento guerrillero en Guatemala? —Sí, sin duda alguna. De todas formas, no analiza el movimiento guerrillero. Simplemente habla de un pueblo que está en una situación de guerra y uno de los elementos de la guerra es la guerrilla. Surgen respuestas de manera natural al respecto. —Llegó a Guatemala en la década de los sesenta con la misión de evangelizar a un poblado de indígenas mayas; pero se encontró con caciquismo, miseria y explotación. ¿Esos son los motivos por los que ha empeñado 50 de sus 73 años en el país centroamericano? —No fui decidido a dedicar mi vida a Guatemala. Lo hice para brindar mi sacerdocio a aquella gente a la que le podía ser útil mi presencia. Lo que pasa es que me dejé ganar por el pueblo. Éste no quería sacerdotes que sólo sacramentalizaran, sino que también evangelizaran en el sentido de que el Evangelio es una buena noticia para los pobres. Eso provocó en mí un gran cambio. Yo había salido de un seminario en la España del franquismo, en la que Iglesia y Estado estaban totalmente unidos. Cada vez me fui comprometiendo más con el pueblo guatemalteco, algunas veces desde el exilio. —¿Qué sentía ante las amenazas militares? ¿Uno se acostumbra al miedo? —He sentido miedo, pero he tenido el valor de ocultarlo. Cuando estuve en la Nicaragua prerrevolucionaria, sandinistas de mi parroquia me enseñaron técnicas y me decían que, en el momento en que demuestras miedo, estás propenso a ser víctima de los que te buscan. —¿Es usted un combatiente? —En el sentido de las ideas y de una forma de pensar, sí. Cuando se habla de la teología de la liberación, se hace como un instrumento que promueve el cambio de la sociedad y de la pobreza, no la guerra. Me considero un militante político no miembro de un grupo guerrillero. —¿Nunca llegó a pensar en integrarse en la guerrilla, como hicieron algunos de sus compañeros? —No. Hay compañeros de mi propia congregación que sí lo hicieron. Por ejemplo, en Nicaragua, el sacerdote asturiano Gaspar García Laviana decidió ingresar en la guerrilla sandinista como sacerdote y luchar con las armas por la liberación del pueblo nicaragüense. A mí, no me dio por ahí. Y no me faltaron invitaciones. No lo consideré necesario, porque yo ya estaba haciendo otra labor. —¿Se podría decir que es un maya en la piel de un misionero español? —Me identifico con el pueblo maya desde su punto de vista sociológico, no tanto desde su punto de vista cultural. Por ejemplo, no he tenido la suerte de convertirme en un experto en lenguas mayas. Por cierto, hay unas veinte. Me preocupa el hombre que es maya y que, por serlo, está explotado y es víctima de la represión. —¿El futuro de los mayas está en sus propias manos? —Indudablemente. En su capacidad de superación del dolor y de la violencia que les ha tocado vivir, por medio del estudio y de la preparación. El año pasado, asistí a la graduación del primer ingeniero agrónomo de la Universidad de San Carlos, que es un hijo de campesinos que nació en Santa María Tzejá y estuvo doce años exiliado. —¿Qué considera que cambió su denuncia, en 1982, ante la ONU al Gobierno de Ríos Montt, junto a la entonces desconocida Rigoberta Menchú? —Abrió un espacio a nivel internacional para que se conociera lo que pasaba en Guatemala. También se dio una primera condena en la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas. Incluso, logramos que el Congreso de los EE.UU. pidiera que no se siguiera vendiendo armas al Gobierno guatemalteco. |