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| Nº 726 - 29 de enero de 2007 |
L estas alturas de la película, roto el alto al fuego permanente (¿está roto; de verdad, o sigue en pie?, cabría preguntar a los interlocutores del lado democrático, porque ETA y sus adláteres dicen que no está roto), quizá convenga hacerse alguna reflexión acerca de cómo hemos llegado hasta aquí y no tanto por qué hemos sido arrastrados a esta situación detestable. La primera víctima mortal producida por ETA (un guardia civil apellidado Pardines) lo fue a manos de un joven economista bilbaíno llamado Javier Echevarrieta. Este muchacho, a quien frecuenté durante nuestros comunes estudios en Bilbao, era hijo de una mujer que se había quedado viuda y tenía un hermano nacionalista que ya había pagado por ello con la cárcel. En nuestras largas charlas nocturnas paseando a la luz de las farolas por las Siete Calles bilbaínas (Javier no era amigo de bares ni de tabernas), las discusiones más enconadas no fueron en torno a Sabino Arana o al papel jugado por los gudaris en la guerra civil, sino a propósito de Ortega, sí, a causa del pensamiento de don José Ortega y Gasset y muy especialmente en lo que se refería a dos obras del escritor madrileño: La rebelión de las masas y La España invertebrada. Él defendía el pensamiento orteguiano y yo -algo sectario y radical- lo denigraba. Jamás hablamos entre nosotros de nacionalismo ni de nacionalistas, si no era para criticar la represión que Franco ejercía contra ellos (y contra todos). Echevarrieta era, pues, un demócrata cuya lejanía de las armas y de la violencia era tanta como pudiera imaginarse en una persona dela pequeña burguesía, influida por Ortega (y no por su paisano Unamuno) y con un físico alejado de cualquier aspecto deportista o simplemente fortachón... y sin embargo, no mucho después, fue capaz de matar y de morir pistola en mano. ¿De dónde salió aquel veneno que le fue inoculado? La respuesta es obvia: no se le inyectó desde las posiciones revolucionarias (Castro, Mao, Ho-ChiMin...), sino desde el nacionalismo identitario en su versión más juvenil y más antidemocrática. ¿Cómo veíamos los antifranquistas, especialmente los de izquierdas, aquella nueva y sedicente lucha armada? A la vez, creo yo, con horror (por las muertes y sus consecuencias represivas) y con cierta complacencia. Melitón Manzanas (un policía torturador que operaba en Guipúzcoa) o el Almirante Carrero –ambos asesinados por ETA– nos parecieron –admitámoslo– perfectamente eliminables, aunque políticamente dijéramos no estar de acuerdo con los métodos violentos empleados por sus ejecutores. Tras la muerte de Franco (1975), todos los demócratas pensaron (pensamos) que el final de ETA era cuestión de tiempo, de muy poco tiempo. Sin embargo, los etarras no opinaban lo mismo y aprovecharon todas las coyunturas para seguir matando: alcaldes, presidentes de Diputación, y otros cargos franquistas, junto a una larga lista de policías, guardias civiles, militares... (las fuerzas represivas, ¿recuerdan?). Nosotros seguíamos estando en contra, pero llenos de confusión. Si ETA mataba a alguien, fuera quien fuera, en el fondo de nuestros corazones éramos capaces de preguntarnos: ¿qué habrá hecho el muerto? En este caldo de cultivo –moral y políticamente deplorable– las víctimas eran invisibles, inexistentes como ciudadanos, y sus funerales y duelos fueron, prácticamente, clandestinos. Y ETA –dale que dale, haciendo caso omiso a las condenas más o menos sinceras, más o menos contundentes– siguió matando y consolidando su aparato civil, es decir, Herr¡ Batasuna, sin que nadie, una vez aprobada la Constitución, fuera capaz de plantearles un dilema, tan elemental como infantil: o sopa o teta. Es decir, o matas y en tal caso has renunciado a la palabra, vale decir, al Parlamento, o estás en las instituciones representativas, pero entonces no participas ni avalas los asesinatos. Ésa debió ser la primera ley que se aprobara en el Parlamento español tras la Constitución (1978), pero no se aprobó ni planteó, quizá pensando que ETA tendría los días contados cuando la Constitución y el Estatuto vasco comenzaran a navegar. ¡Qué error! De ese error (quizá interesado) participó el PNV, pero también UCD y el PSOE (por hablar de los grandes). Semejante permisividad suicida se juntó a otra deriva imparable: una vez aprobado el Estatuto vasco (con un sistema financiero de corte medieval muy del gusto fuerista del PNV) no se les exigió a los nacionalistas que pararan el carro reivindicativo, o, al menos, se avinieran a dar estabilidad al sistema político recién aprobado. Nada de esto se hizo y el Estatuto vasco (y también otros estatutos, digámoslo claramente) fue inmediatamente interpretado como una puerta abierta que conducía a otro sitio; para empezar, a una espiral interminable de más autogobierno y para Arzallus, por ejemplo, como para otros muchos nacionalistas, a la autodeterminación y a la independencia. Este ambiente de rebajas de enero permanentes por parte del Estado, en buena lógica, no hizo sino animar a los terroristas a seguir en lo suyo y empezaron a matar a quien se les cruzara en el camino, sin pretender justificar ya ninguno de sus asesinatos. Ingenuamente, algunos creyeron que la llegada del PSOE al Gobierno (1982) iba a representar el final del terrorismo etarra porque la izquierda abertzale no podía tratar al PSOE como a los demás. Pronto se vio que tal hipótesis se mostraba como una necedad, otra más. En fin, el PSOE intentó, en aquella su primera etapa, alguna aproximación verbal a ETA y, a la vez, algún atajo extrajudicial que ya se había probado antes sin éxito, pero también se consiguió un acuerdo unitario y democrático: el Pacto de Ajuria-Enea, cuya vigencia acabó por venirse abajo... Todo ello fracasó, como fracasaron los intentos posteriores de Aznar (conversaciones con ETA) o del PNV (Pacto de EsteIla y tregua de ETA). Pero, al final, se produjo un acuerdo significativo: la llamada Ley de Partidos, es decir, la Ley de sopa o teta (a la cual, por cierto, el PNV se opuso), pero cuya eficacia pronto empezó a ser evidente. "Éstos vienen en serio", debieron de pensar los etarras y batasunos... La vuelta del PSOE al Gobierno (2004) con unos nuevos dirigentes al mando y su impulso a la "España plural" que permitía la reapertura del melón estatutario, produjo, entre otros efectos, la sensación de que el problema etarra, ahora sí, podría tener rápida solución... El cartel del infierno dantesco ("Quien entre aquí pierda toda esperanza") que se había querido colgar a la puerta de las herriko-tabernas estaba, otra vez, de rebajas. A mi juicio, el hecho de que ni la Constitución ni los Estatutos hayan conseguido embridar las reivindicaciones nacionalistas de cualquier laya fueron y son hechos políticos convertibles fácilmente, por parte de los terroristas, en gasolina para mantener en marcha la máquina etarra de picar carne. Pero lo que, al cabo, tras esta nueva frustración ha quedado patente es algo tan viejo como la política misma: en ella ni hay milagros ni atajos ni siquiera adanes. La política no se rige por el creacionismo (ni divino ni humano) sino que su devenir se produce mediante una particular versión –no siempre darviniana– de la evolución. Por el azar y la necesidad, pero no por la suerte en su versión árabe. Quiero decir que en política no hay barakas que valgan. Dejemos, pues, el azar y pensemos sólo en la necesidad. La necesidad de mantener en pie y actuando un Estado fuerte y democrático capaz de plantarle cara al terrorismo y a sus adláteres, capaz de volver a colgar y a sostener el cartel de la Divina Comedia: "Quien entre ahí, pierda toda esperanza". |
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