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Nº 726 - 29 de enero de 2007

"Los hombres pasan pero las instituciones quedan"


En mi discurso de despedida como presidente del Parlamento Europeo (PE), al cederle el testigo al alemán Hans Gert Poettering, recordaba a Jean Monnet, uno de los padres fundadores de la Europa unida, cuando afirmó que "los hombres pasan, pero las instituciones quedan; nada se puede hacer sin las personas, pero nada subsiste sin instituciones".

En efecto, nadie puede transmitir toda su experiencia a los demás, pero lo importante no es el efímero pasar de cada uno de nosotros, sino la continuidad de las instituciones que canalizan y testimonian la historia que escribimos entre todos.

Por eso es tan importante disponer de instituciones sólidas, eficientes y legítimas, es decir, democráticas. Y en este momento constato con satisfacción que el PE es hoy una institución más conocida y reconocida por el ejercicio de sus funciones que 30 meses atrás cuando comencé mi presidencia.

Con sus 785 miembros, el PE representa hoy a más de 490 millones de europeos y ha demostrado ser el vértice del triángulo institucional más capaz de facilitar los consensos necesarios para avanzar en la construcción europea, actuando como un amortiguador de la integración Este-Oeste y evitando divisiones entre la vieja y la nueva Europa.

El PE es la institución comunitaria que mejor ha asumido la ampliación, ha resuelto muchos de sus problemas internos y ha adquirido una creciente importancia política y una mayor presencia internacional.

Ejemplos paradigmáticos de su acción son la Directiva sobre la liberalización del sector Servicios, la Directiva Reach, esencial para la protección de la salud pública y el medio ambiente y, en el marco de la lucha contra el terrorismo, la Directiva sobre retención de datos telefónicos.

También en el terreno presupuestario el PE ha reforzado su posición. Aunque el Consejo no se acercó suficientemente a nuestras propuestas, el PE definió autónomamente su posición, por primera vez en la historia, y antes de que lo hiciera el Consejo, a través de una comisión parlamentaria ad hoc que tuve el honor de presidir.

Todo el mundo reconoce que el PE alcanzó su madurez política con ocasión de la investidura de la Comisión. Al atreverse a rechazar la propuesta de comisarios, el PE demostró que los hearings a los que éstos se someten no son una mera formalidad, y que es capaz de ejercer sus competencias de forma exigente y responsable sin sumir por ello a Europa en ninguna crisis.

El PE ha tomado iniciativas cuando la opinión pública se ha inquietado y la situación lo ha exigido. Ha creado una comisión para investigar las supuestas actividades ilegales de la CIA en la UE, recordando a los Estados miembros lo importante que es salvaguardar los valores democráticos en que se basa nuestra Unión.

El PE es más respetado hoy por el Consejo. En cada una de sus reuniones he tenido la oportunidad de dirigirme a los jefes de Estado y de Gobierno de la UE y he comprobado cómo se nos ha escuchado cada vez con más atención y nos han invitado más a participar en sus deliberaciones.

Durante estos 30 meses, la defensa de los valores democráticos y de los derechos humanos se ha consolidado como una de las señas de identidad del Parlamento Europeo. Es un tema central en las relaciones del PE con otros países. Lo recordé en mis visitas oficiales y, especialmente, en la pasada cumbre de Lahti, en Finlandia, recordando a Pu-tin que Europa no debe obviar esta exigencia a cambio de recursos energéticos.

También he podido comprobar que en el mundo existe un deseo vivo de Europa. Y el PE ha tratado de responder a esa demanda reforzando lo que ya se conoce como diplomacia parlamentaria. Enviando, por ejemplo, misiones de observación electoral a 26 países, entre los que destacan Ucrania, Palestina, Afganistán, Congo y Venezuela. Y se ha convertido en una importante ágora mundial a la que han acudido 15 jefes de Estado de países no miembros de la UE, como Evo Morales y Mahmud Abbas.

La dependencia energética y la inmigración son dos de los grandes desafíos al que se enfrenta Europa. Para legitimarse, la UE necesita producir resultados a través de buenas políticas. Pero las buenas políticas no crecen en los árboles. Para hacerlas se necesitan instituciones y requieren recursos financieros.

El PE, símbolo de la democracia representativa europea y embrión de una democracia supranacional, debe continuar mejorando su funcionamiento para contribuir al relanzamiento del proyecto europeo. Éste ya no se seguirá construyendo sin sus ciudadanos, es decir, sin una mayor implicación de sus Parlamentos nacionales y sin un mayor protagonismo del PE.

Ésta es una de las grandes lecciones que quedan del pasar de estos 30 últimos meses.

José Borrell

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