Nº 726 - 29 de enero de 2007
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Invadidos e invasores

por Miguel Ángel Aguilar

Me escandalizo", escribe Rafael Sánchez Ferlosio en su libro Y vendrán más años malos y nos harán más ciegos, "cada vez que oigo hablar de respeto a la intimidad y de derecho a la vida privada. Y se pregunta, vistas las cosas socialmente, ¿quién es realmente el invadido y quién el invasor?. En su opinión, "basta pasar por un quiosco de periódicos para advertir el impudor y la osadía con que la vida privada ha tomado por asalto los medios de comunicación e invadido y ocupado con sus obscenas huestes el interés del público".

"Y para mayor escarnio, continúa Ferlosio, todos comprenden que la ley persiga la divulgación de intimidades contra la voluntad de los particulares afectados, pero levantarían el grito al cielo si la ley se atreviese a restringir la divulgación de asuntos semejantes, no por respeto a la privacidad individual, sino por el decoro de la vida pública y en beneficio de sus intereses. De manera que la lente de una mentalidad privatizada ha invertido la imagen misma del fenómeno, pues la verdad social es que la vida pública es el agredido, y la vida privada, el agresor".

Es decir, que los medios han terminado invadidos y se han convertido así en agentes degradadores del espacio público. Explica el profesor Bernardo Díaz Nosty que el análisis comparado demuestra cómo nuestro sistema de medios es diferente al de la mayoría de las naciones de la Unión Europea y que esa diferencia no es el fruto de una diversidad enriquecedora, sino el relativo estancamiento de la respuesta mediático-cultural surgida después de la transición política.

Porque la oferta en España es más pobre en valores culturales y cívicos. Y algo tendrán que ver en esa realidad las políticas públicas, la organización de los profesionales del periodismo y el papel que desempeñan en la democracia, si es que se sienten comprometidos con ella. Pero interesa de manera preferente acercarse a la huella mediática, a lo que queda, al mensaje. Y sucede que expuestos a los mismos medios, a los mismos mensajes, los individuos metabolizan su recepción de modo condicionado por su psicología y por su entorno social y cultural.

A partir de aquí deberíamos indagar sobre las relaciones entre la dieta mediática y la calidad del espacio público, entre la riqueza de los nutrientes y la calidad democrática y el interés social. Recordemos los consejos de don Quijote a Sancho Panza sobre cómo se había de haber en su oficio inminente de gobernador de la ínsula Barataria. El ingenioso hidalgo le dice aquello de "come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago".

Queda claro que somos en alguna medida lo que comemos y en línea con lo que vamos diciendo aquel adagio de dime con quién andas y te diré quién eres podría adaptarse para hacerle decir dime qué periódico lees, qué emisora de radio sintonizas o a qué canal de televisión te conectas y me estarás dando algunas claves relevantes de quién eres.

En todo caso, ahora que se escuchan tantos y tan justificados lamentos por la incandescencia del panorama político, por la pérdida del sentido común cuando todo aconsejaría el acuerdo de las fuerzas políticas democráticas contra el terrorismo, nadie se ha cuestionado el papel que en la siembra del odio y el antagonismo están desempeñando algunos medios de comunicación que han recibido los Santos Sacramentos y la Bendición Apostólica de Su Santidad.

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