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La crisis alcanza a la cúpula del PP El singular combate que enfrenta a Eduardo Zaplana con Francisco Camps en el ring valenciano se ha elevado a la categoría de crisis nacional del Partido Popular una vez que su presidente, Mariano Rajoy, ha tomado partido, con agravante de publicidad, contra su propio portavoz parlamentario. Una crisis que se agudiza por la alineación de los periódicos que apoyan al PP: El Mundo a favor de Zaplana y ABC en contra del valenciano, así como por el riesgo de que esas luchas intestinas afecten en las próximas elecciones autonómicas a un feudo clave para el PP. La aversión entre el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, y la presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, que constituía el conflicto más llamativo al reñirse en el escaparate de las Españas, ha pasado a segundo plano; y lo mismo puede decirse de otras contiendas como la que enzarzó a Josep Piqué frente a Zaplana y Acebes. Recuérdese que el catalán lamentaba que siguieran al frente del partido estos dirigentes que, en su opinión, no encajan con los tiempos modernos. Cuando estalló el último rifirrafe entre Gallardón y Aguirre, Rajoy invocó al conde de Romanones, quien, refiriéndose a sus correligionarios, soltó aquello de: “¡Vaya tropa!”. En esta ocasión el director de ABC no le dejó evadirse por la historia y el gallego tuvo que mojarse. La enemistad política entre Zaplana y Camps, quien fuera inicialmente apadrinado por aquél, viene de largo, desde que éste alcanzara la presidencia de la comunidad y Zaplana fuera nombrado ministro de Trabajo. A partir de entonces Camps se dedicó a afirmarse negando a su protector según una conducta perfectamente previsible tanto en la política como en otros ámbitos de poder. Quien llega a un puesto no se resigna a una autoridad vicaria y el que lo abandona pretende seguir mandando a través del protegido que le debe el puesto. En este caso se une, además, un hecho objetivo: la importancia que los políticos atribuyen al dominio de un territorio que les proporcione la luz directa de la estrella y no sólo la derivada del satélite al arbitrio de las conveniencias del gran jefe. Es lo que ocurrió con el asturiano Francisco Álvarez-Cascos, hoy en paradero desconocido, frente a Sergio Marqués, presidente del Principado del 95 al 99. En ambos casos triunfó Génova, la sede central del partido, aunque en el primero en beneficio del dirigente local, Camps, y en el segundo en contra de Marqués, que tuvo que marcharse con el chistu a un partido regionalista de nuevo cuño. Cascos, que había sido secretario general del PP antes de la llegada de éste al poder y vicepresidente una vez alcanzado, ostentaba una ascendencia sobre Aznar que da la impresión que no puede atribuirse Zaplana respecto a Rajoy, aunque la mantiene con el primero. Por otro lado se está demostrando que la urdimbre de complicidades tejida por el ex presidente de la comunidad valenciana es menos tupida que la fabricada por Cascos en Asturias. No obstante, Zaplana tiene sus partidarios en el Gobierno autonómico; entre los diputados regionales, que en su día amenazaron con un plante; en los dirigentes alicantinos; en la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM), que es donde se ha producido la ultima batalla, así como entre muchos militantes y simpatizantes. La crisis se agravó en el acto de presentación por Zaplana de un libro en el hotel capitalino Valencia Palace en el que se cantaban los logros de su gobierno y donde brillaron por su ausencia Camps y la plana mayor del partido. Pero lo mollar es el control de la caja que se decidirá en la asamblea del 2 de febrero, donde los alicantinos de Zaplana irán codo con codo con los del PSOE en singular alianza socialzaplanista frente a la dirección regional y el presidente de su partido. Rajoy había afirmado que mientras él
fuera presidente una parte de su partido no pactaría con otro. Y lo dijo
delante del presidente de Murcia, Ramón Luis Valcarcel, aliado de Camps en la
batalla de la caja, así como de la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, y del
vicepresidente del gobierno valenciano, Víctor Campos, y en ausencia de
Zaplana. No es la primera vez que Rajoy desautoriza a su número tres; la más
sonada fue el apoyo del gallego a Arenas en la polémica sobre el pacto del
Estatuto andaluz. Parece que el gallego se siente seguro y si se impone ya
habrá afirmado su autoridad en el partido. Sin embargo, al día siguiente los
zaplanistas mantenían sus posiciones. La sombra de Aznar es alargada. José García Abad |
