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Nº 725 - 22 de enero de 2007

Intrigas en el ‘ala oeste’ de Palacio

 

La Moncloa de ZP

Casi tres años después de llegar a la Moncloa, Rodríguez Zapatero no ha conseguido –o no ha permitido– que la cocina de Palacio, el ala oeste que debe asesorar y proteger a todo presidente, tenga un líder claro que la haga funcionar como debe. La crisis provocada por la abrupta ruptura del proceso de paz  puso en evidencia la falta de reflejos del entorno presidencial, un entorno en donde conviven distintos estilos, orígenes y ambiciones y en el que, desde hace algún tiempo, se constatan  chirridos. Un Gabinete dirigido por un pata negra de la vieja guardia del PSOE que no ha conseguido conectar personalmente con el presidente, un secretario de Estado de Comunicación al que no se le ha dejado ocupar el espacio de portavoz al que iba destinado, una vicepresidenta omnipresente que no logra introducirse en la agenda antiterrorista de Zapatero y un  ministro de Interior que cada vez se queda más tiempo a la vera del jefe. Estas son las piezas clave del actual círculo monclovita.

Por Inmaculada Sánchez

Pero qué plan B? Si ni Batasuna sabía que ETA iba a atentar”, se defienden en Moncloa. Desde el pasado 30 de diciembre, cuando ETA ponía una potente bomba en la terminal 4 de Barajas, el presidente del Gobierno y su más directo entorno vienen encajando discretas críticas internas lanzadas desde el PSOE sobre la forma en que se afrontaron los primeros momentos de la tragedia.

“No es de recibo que no hubiera preparados distintos discursos para los distintos escenarios posibles, que les pillara todo tan de sorpresa”, critican desde el partido a los que tienen el encargo de preparar y cuidar la imagen pública del presidente.

Días después, en Palacio se asumen algunos de esos errores —de uno de los cuales: haber dicho un día antes del atentado que “estaremos mejor el año próximo”, incluso,  el Presidente  se ha llegado a disculpar en el Parlamento— y se intenta reconducir la estrategia.  “En realidad, es  la misma de siempre: que el presidente no tiene que aparecer solamente en el tema antiterrorista, pero con Zapatero es muy difícil”, señalan desde el complejo presidencial.

Lo que para algunos significados dirigentes socialistas ha evidenciado esta crisis, sin embargo, va más allá de los cuatro días posteriores a la bomba etarra. “Zapatero no tiene ala oeste y eso es “muy preocupante”, explica una fuente que conoce bien la “cocina” monclovita refiriéndose a la denominada Ala Oeste de la Casa Blanca, donde cada presidente americano tiene, casi contiguo al Despacho Oval, a toda la corte de asesores políticos y de prensa que trabajan en exclusiva para él y refleja con fidelidad una conocida serie de televisión.

Ese espacio, tan cercano al presidente de turno, siempre ha sido pieza codiciada por políticos de peso. En tiempos de Felipe González era Alfonso Guerra, como vicepresidente, quien controlaba, con Roberto Dorado al frente, un poderoso gabinete que extendía su información e influencia al partido y sus federaciones. Cuando Guerra cayó, Narcís Serra sustituyó a todos los guerristas y colocó en el gabinete a sus hombres de confianza. Aznar, por su parte, obviando al vicepresidente Cascos, constituyó un auténtico bunker de ideólogos y estrategas liberales a su servicio con el fiel Carlos Aragonés en cabeza.

¿Y Zapatero? Nada más aterrizar en Moncloa sorprendió a propios y extraños nombrando director del Gabinete presidencial a quien había ocupado el mismo cargo con Felipe González, José Enrique Serrano, un discreto y eficaz “fontanero” de la política que conoce como nadie los vericuetos de la Administración y posee, según quienes lo conocen, una soberbia pluma para los discursos. Fue el propio Felipe quien se lo sugirió ya que el joven leonés apenas había tenido contacto alguno con él. Serrano había seguido asesorando a Almunia y a Chaves en los años de oposición y ambos, también, le dijeron que era la elección adecuada.

A pesar de su reconocida capacidad, fuentes bien informadas del discurrir de la vida en Moncloa señalan que, en estos tres años, Serrano y Zapatero no han logrado conectar personalmente y no pocas veces falta entre ambos la complicidad necesaria para que el presidente acuda confiado a cualquier comparecencia.

“Es que Zapatero es así. No se compromete con una línea de mando clara. Coje un papel, de Serrano, o de Guerrero (el segundo del Gabinete), o de quien sea, y a lo mejor lo tira, y se pone a llamar a algunos amigos, a ver qué le dicen”, añade un conocedor del día a día del presidente.

Esta forma de actuar del líder socialista ya se dejó ver cuando iniciaba su camino en la secretaría general del PSOE y le gustaba despachar uno a uno con los miembros de su ejecutiva o dejaba correr, sin tomar medidas, la tensión inicial entre su entonces jefe de gabinete, el hoy diputado José Andrés Torres Mora, y el secretario de Organización, José Blanco, que se disputaban su influencia.

Hoy, ya presidente del Gobierno, su particular estilo ha propiciado algunos roces entre miembros de su entorno. Su primer Secretario de Estado de Comunicación, Miguel Barroso, un profesional del mundo de la cultura y los medios, pero sin agenda, carné ni trayectoria en el PSOE, nunca conectó con el Gabinete de Serrano, aunque “colaba” sus sugerencias en los discursos del presidente a través de un trato directo con él, según quienes vivieron aquella etapa.

Tras la llegada de Fernando Moraleda, antiguo cargo en UGT y hombre de partido bien conectado con la organización, sin embargo, tampoco han mejorado las relaciones aunque la dinámica de trabajo sea distinta. Moraleda, que no es un hombre de “marketing político” como algunos calificaban a su antecesor, más que proporcionar “una frase” lucida y llamativa para los medios en los discursos del presidente, elabora desde su Secretaría amplios documentos de estrategia, algo que, en más de una ocasión, “no les ha gustado nada” a Serrano o a Guerrero, informan fuentes solventes.

Este perfil de Moraleda como hombre “de estrategia”  se ha visto impulsado por el hecho de que su inicial destino, ejercer de “portavoz complementario” de la vicepresidenta se vio abortado rápidamente. “No le han dejado ocupar ese sitio entre la vice, Blanco y Rubalcaba”, sentencia un alto cargo que conoce bien cómo transcurrieron los primeros meses del ex Secretario general de Agricultura en Moncloa.

Estos tres dirigentes citados aparecen, también, señalados como piezas clave en todas las radiografías del Palacio presidencial que ofrecen a El Siglo las distintas fuentes consultadas.  Tras la victoria del 14-M, el Secretario de Organización, José Blanco, dispuso como elemento relevante de su estrategia no quedarse fuera de las cotizadas cercanías del presidente, que empezaba ya a dormir y trabajar en Moncloa, lejos de Ferraz. Y, en unos primeros tiempos, acudía cada lunes a los recién instituidos maitines de la nueva Moncloa socialista.

Sin embargo, con Miguel Barroso en la Secretaría de Estado de Comunicación, estas reuniones decayeron pronto. Al escaso entusiasmo del secretario de Estado por compartir reuniones con quienes, tanto él como otros “zapateristas puros”, como les gusta denominarse, llaman con cierto desdén “los del aparato” del partido, se unió la escasa inclinación del presidente a las mismas.

De aquellos primeros momentos data el acercamiento –que algunas fuentes llegan a llamar ”coalición”–  entre la vicepresidenta De la Vega, y estos “zapateristas puros”, también despreciados desde Ferraz con el apelativo de “modernos”. De la Vega es la única del Gobierno que tiene despacho en el complejo presidencial (Ver recuadro “La importancia de estar cerca del jefe”) y no ha desaprovechado esta privilegiada situación, además de su probada eficacia y capacidad de trabajo, para hacerse fuerte en Moncloa.

Rubalcaba, entonces, era portavoz del grupo y, ante las evidentes carencias de algunos ministros, empieza a ocupar cada vez más espacio, solucionando y rematando negociaciones como la de la nueva Ley Orgánica de Educación con su proverbial cintura política.

“Blanco y él se entendieron entonces para intentar que los de Moncloa no secuestraran al presidente”, explica uno de los que vivió aquellos momentos. Y el hoy ministro del Interior se fue acercando cada vez más a Zapatero convirtiéndose, además, en su asesor de cabecera en temas de terrorismo (Ver El Siglo nº 672: “El gurú de ZP”).

Esta posición de control de Rubalcaba sobre la “agenda de ETA” del Presidente es prácticamente la única fisura en el omnipresente perfil de De la Vega. Desatada la crisis tras el atentado de ETA, el interés del ministro por dirigir todos los movimientos del Gobierno alrededor de este asunto ha provocado renovadas tensiones entre ambos.

“La vicepresidenta estuvo el día 30 en Moncloa analizando la situación con el presidente, y sólo se marchó de Madrid cuando éste decidió regresar a Doñana. Es más, ella iba a irse toda la semana después de Nochevieja y volvió el miércoles”, justifican en su entorno más cercano, conscientes de que las ausencias del presidente y la vicepresidenta en esos días han tenido un alto coste político.

“Nadie calibró el alcance del problema. En principio nos enfrentábamos a una gran explosión pero sin víctimas. La consigna fue: suspensión del proceso, no más”, explica una fuente monclovita conocedora de cómo se fraguó la respuesta del presidente en las horas posteriores.

Todas las fuentes de Moncloa consultadas confirman que hubo dudas respecto al formato de la respuesta . “En principio iba a ser una declaración institucional, sin preguntas de los periodistas, pero luego se dijo que no había que descartarlas”, añade una persona que vivió esas dramáticas horas en primera línea.

Desde Ferraz también se dio por descontado, en principio, que se iba a ofrecer una declaración sin preguntas periodísticas y sorprendió que el presidente se sometiera a una rueda de prensa tras tan dramáticos momentos. “Fue un claro error, porque es cuando se percibió más titubeante al presidente”, añaden desde el partido.

Es en esta línea de argumentación como se entiende en los despachos de poder del PSOE las declaraciones de Blanco en la Ser, al día siguiente del atentado, haciendo autocrítica y hablando de que, quizás, hubo un “déficit de información” respecto al proceso que fue al día siguiente rectificado por el propio Zapatero.

¿Qué espacio quiere ocupar Rubalcaba a la vera del Presidente? ¿Hasta dónde la vicepresidenta va a dejar que la desplacen en materia antiterrorista? ¿Cuál es el nivel de confianza del presidente en sus asesores de Moncloa, cuando sigue llamando a José Andrés Torres Mora o a Miguel Barroso para que le orienten en sus intervenciones?. Estas son algunas de las preguntas que circulan estos días de zozobra en los pasillos del complejo presidencial y en algunos de los del PSOE.

En los últimos meses se han reeditado los maitines y cierto es que cada lunes, a las 9 horas de la mañana, se reúnen en Moncloa el presidente, la vice, Blanco, Moraleda, López Garrido, Serrano y Rubalcaba (¿en calidad de ex portavoz parlamentario o de ministro del Interior?), en reuniones que pueden extenderse poco más de media hora. El primer lunes después del atentado el encuentro se prolongó más de una hora, según quienes toman buena nota de la enjundia política de la cita. A pesar de ello, quienes conocen bien la forma de ser del presidente saben que, más que las reuniones, lo que le orienta es “su móvil”, o dicho más explícitamente, sus conversaciones a través de él. “ZP es, en eso, muy suyo, y aún no ha encontrado a su gran gurú. Las frases tan optimistas del día 29 eran suyas y la decisión de volverse a Doñana, también. ¿Quién tiene autoridad para decirle lo contrario?”, intenta explicar una fuente de Moncloa. El problema, quizá, sea que esa voz “autorizada” todavía no existe en la corte zapaterista.

La importancia de estar cerca del ‘jefe’

Felipe González, en su día, cambió el itinerario de entrada de sus visitas personales en Moncloa para que la gente de confianza de Alfonso Guerra, que en ese momento copaba los sitios claves del Palacio, las conociera. Tan mundano y simple resulta, a veces, protegerse aun viviendo en un palacio.

Años después poco ha cambiado la apetencia de información y poder en las cercanías del presidente y la ubicación de los despachos sigue teniendo mucho que ver en ello.

Tan es así que el nuevo edificio  construído en el complejo monclovita para dar salida a los problemas de espacio del Ministerio de Presidencia y que estos días ultima sus remates para ser habitado, no va a albergar los despachos para los que en su momento fue diseñado.

A pesar de que, ya antes de llegar Zapatero a La Moncloa, el nuevo edificio contiene en su diseño un moderno despacho para el ministro de Presidencia y vicepresidente, la actual titular del departamento ya ha mostrado su intención de no trasladarse. “¿Para qué una mudanza quedando apenas un año de legislatura?”, justifican sus cercanos.

Quienes analizan los movimientos de Maria Teresa Fernández de la Vega con menos cariño señalan al posible interés de la vicepresidenta de no mover su actual despacho de la privilegiada situación que actualmente tiene, desde el que, por ejemplo, puede verse a través de la ventana, el del presidente, y saber si tiene la luz encencida y está solo o acompañado. Así es que el nuevo edificio se verá ocupado por diferentes trabajadores dependientes de Presidencia pero sin el calor ni la presión de tener a la “jefa” en un despacho contiguo.

En pocos estudios de estrategia de  la alta política, por muy sesudos que se planteen, se  pasa por alto la importancia de la cercanía física al “jefe” y la relevancia del espacio físico en el que éste trabaja. En esa línea, resulta relevante la decisión tomada en su día por Zapatero, y que todavía hoy , tres años después, mantiene, de pernoctar y hacer su vida de familia y privada en el edificio de “Palacio” y, cada día, trasladarse, cien metros más allá, al denominado de “Consejo de Minsitros” a ocupar su despacho de trabajo.

Tanto Felipe González, después de algunos años de presidente, como Aznar, mucho más rápidamente, trasladaron su despacho al Palacio donde vivían él y su familia por simple comodidad y cayeron en lo que algunos expertos denominan el “síndrome de La Moncloa”, que aísla de la realidad cotidiana al jefe del Ejecutivo y le hace confundir su situación con la de la sociedad.

Dentro de este “lenguaje de los despachos” que todo fontanero de la política conoce bien, tiene su explicación que en el edificio más cercano al del despacho presidencial, conocido como “Semillas”, ya que no está contiguo como en el mítico “ala oeste” de la Casa Blanca que tanto hemos visto en la televisión, se ubique el Gabinete de la Presidencia y el despacho de –en este caso– “la” vicepresidenta.

Algo más allá está todo el equipo de comunicación en el edificio del “Portavoz”, y ya más alejado de focos y tensiones se encuentra otro bloque que alberga la Secretaría de Estado de Relaciones con las Cortes y demás servicios de Presidencia. Cafetería, restaurante, servicios médicos y el búnker de seguridad también tienen su sitio en el amplio espacio ajardinado de Moncloa.

Los muertos que vos matais... por Enric Sopena


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