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Nº 725 - 22/1/2007

Para ETA, División y desconcierto en la izquierda 'abertzale''


MAR DE FONDO EN BATASUNA


l fracaso de las negociaciones de paz emprendidas entre el Gobierno español, presidido por José María Aznar, y ETA en 1998, además del acercamiento de decenas de presos y de la declaración del entonces inquilino de La Moncloa, proclamando su voluntad de seguir intentando una solución negociada al conflicto vasco, dejó también como herencia una profunda división en el seno de la izquierda independentista que culminaba en la escisión protagonizada por Patxi Zabaleta y su sector afín, que configuraban un nuevo partido —Aralar— que mantenía las aspiraciones políticas de Euskal Herritarrok (ex Herri Batasuna), pero renunciando y condenando expresamente el uso de la violencia. Tras el atentado de ETA del 30 de diciembre la sombra de la división vuelve a planear sobre Batasuna, donde un importante sector parece desmarcarse igualmente de la estrategia violenta y apostar por la vía política para defender sus intereses.

Por P. A. N.

Con bombas no hay proceso", declaraba solemnemente, el pasado 17 de enero, Rafael Díez Usabaiaga, secretario general de Langile Abertzaleen Batzordeak (LAB) –Comisiones de Obreros Abertzales (Patriotas)-, el sindicato representante de la izquierda independentista en el País Vasco, y única organización legal de ese entorno político que no ha sido ilegalizada a través de la aplicación de la Ley de Partidos, puesta en marcha en el marco del Pacto Antiterrorista firmado por el PSOE y el PP en la pasada legislatura.

No es que Díez Usabiaga renegase de los principios que han inspirado la estrategia abertzale. En su alocución no se escatimaban críticas a la posición del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero durante el, finalmente, frustrado proceso de paz. Las que calificaba como "leyes de excepción" –en clara referencia a la Ley de Partidos, que expulsaba a Batasuna de la liza política institucional-, o la política penitenciaria basada "en la venganza" –en lo que coincidía con planteamientos de otras formaciones moderadas, como el PNV-, no se quedaban fuera de sus críticas y del reparto de culpas por el fracaso de las negociaciones.

Pero algo, indudablemente, está cambiando en la expresión política de los independentistas. Usabiaga apelaba a todas las partes, partidos, Gobierno y ETA, a que abandonasen "todos los factores de ambigüedad" para poder seguir adelante con el proceso de pacificación, pero también hacía hincapié en que "ETA tendrá que abandonar esos factores de ambigüedad".

No es algo habitual, pero lo más llamativo, es que tampoco se trata de una posición aislada. Sólo un día antes, la cara más visible de Batasuna, Arnaldo Otegi, declaraba ante la prensa: "muchos sectores de la izquierda abertzale han trasladado a los dirigentes de Batasuna que la advertenciade ETA en el comunicado en el que se responsabilizó del atentado de Barajas quita credibilidad al alto el fuego", y que la posibilidad que dejaban abierta en ese mismo texto de volver a atentar, generaba "confusión" en cierto sectores de la organización; "sectores a tener en cuenta", apostillaba el líder abertzale. Abundando en esa línea, aunque equilibrando el discurso con profundas críticas a la actitud gubernamental durante el proceso de pa frustrado, Otegi explicaba, en cierto modo, su difícil posición, pero ofreciendo claves inequívocas de una voluntad de profundizar por la vía política, hablando de su conminación a ETA para que volviese al alto el fuego permanente: "La izquierda abertzale no es un sector que mande permanentemente mensajes a ETA. Es la primera vez en la historia que lo hemos hecho y es algo que hay que cuidar".

Aunque poco después. El portavoz oficial de la formación independentista, Pernando Barrena, atribuía a una mala traducción del euskera la interpretación de las palabras de Otegi, e insistía en la validez de la propuesta del comunicado de ETA, en la que la organización consideraba totalmente vigente el alto el fuego, la traducción literal posterior de las declaraciones del líder de Batasuna no dejaba lugar a dudas.

Que algo se está moviendo en el ámbito de la izquierda independentista parece cada vez más evidente. Otro destacado dirigente de Batasuna, Joseba Alvarez, ya había declarado el pasado 2 de diciembre, tres días después del atentado, que "la situación no era la deseable (...) ahora, de ahí a que se produjera un atentado como el de Madrid, yo creo que no se lo esperaba nadie". En un discurso en el que, evidentemente, el Gobierno de la Nación no se libraba de las críticas por su posición durante las negociaciones, Alvarez volvía su mirada hacia ETA -que, en ese momento, todavía no había hecho público su último comunicado-, y reflexionaba que lo sucedido era "una cosa nueva", y que ETA tendría que "explicar por qué lo ha hecho así o qué ha querido dar a entender con eso. Nosotros pensamos que tarde o temprano ETA hará su lectura de lo que ha pasado".

La tensión se ha trasladado a la militancia de Batasuna, que llevaba meses asimilando una estrategia de negociación que ha terminado por calar en muchos sectores, más alláde los que ya, desde hace tiempo, apostaban por esa vía. El desconcierto que el atentado del 30 de diciembre llevó a toda la sociedad española y al propio Gobierno de la Nación, también ha tenido su correlato en las filas de la izquierda independentista. Desde Aralar, partido abertzale que en 1998 se escindía de Batasuna, con los mismos planteamientos políticos y de independencia para el País Vasco, pero renunciando expresamente a la violencia para la consecución de estos objetivos, se alienta esta disensión incipiente en Batasuna, y se mira con esperanza los pasos y las declaraciones que varios de los dirigentes del partido ilegalizado están realizando estos días, pese a que Patxi Zabaleta, máximo líder de Aralar, considere que lo declarado por Otegi y otros portavoces aún es insuficiente.

Es posible, pero no todos los días el más visible de los líderes políticos de la que fuera Herri Batasuna, Euskal Herritarrok y, hoy, la ilegalizada Batasuna, proclama abiertamente que su partido usará su "influencia, sea grande o pequeña" para que ETA respete su propio alto el fuego y se retorne a una vía política a la que ellos mismos reconocen que todos están "condenados".

Lo que sucede en esta formación, que a punto estuvo de acudir a la manifestación tras el atentado de Madrid,convocada por el Gobierno vasco en Bilbao, "Por la paz y el diálogo", y que, no tras sin debate interno, no alcanzó el acuerdo para concurrir detrás de un lema ampliado: "por el fin de la violencia de ETA", tal vez sea también trasladable a una ETA en la que sus dirigentes históricos igualmente estén llegando a comprender la inutilidad de la estrategia violenta, y sean los jóvenes, como apuntan en el PNV, Eusko Alkartasuna o Aralar, los que hayan "sorprendido" al propio José Antonio Urrutikoetxea, "Josu Ternera" y los suyos, con una bomba que ha puesto muy difícil la solución esperada por todos, y dejado sin capacidad de maniobra real al Gobierno.

Las divisiones internas con las que se especula, entre el sector "político" y firme partidario de la salida negociada y la participación política e institucional, que podría estar representado por dirigentes como Arnaldo Otegi, Pernando Barrena o Jone Goritzelaia, frente a los también supuestos "duros", como Karmelo Landa o Rufino Etxeberría, podrían no obedecer exactamente a la realidad. Tal vez también haya entrado en liza el factor generacional y la inercia "caliente" y reciente de la experiencia de la Kale borroka y de quienes se han curtido en ella, un tanto alejados de un discurso político al que no encuentran demasiado sentido, en una perspectiva de lucha larga y política, frente a la confrontación directa y callejera en la que, al menos, de vez en cuando, se ganan batallas parciales.

La bomba de Barajas del 30 de enero, sin duda, iba dirigida contra el Gobierno y contra el proceso de paz. ¿También tenía en el punto de mira a Otegi, Josu Ternera y la integración política de un partido que llegó a contar con el 12 por ciento de los votos vascos?


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