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| Nº 725 - 21 de enero de 2007 |
Becker y Candar, autores de ‘Histoire des gauches en France’ Miguel de Unamuno entre dos aguas Jean-Jacques Becker y Gilles Candar son los historiadores franceses que se han atrevido a dirigir el único estudio sobre la historia de las izquierdas francesas, Histoire des gauches en France. Ambos consideran que la elección de Ségolène Royal como candidata socialista a las elecciones presidenciales da cuenta de una “renovación basada en valores tradicionales” que tiene lugar dentro del Partido Socialista (PS) francés. Por Mauro Armiño Los setenta años de su muerte, cumplidos el pasado 31 de diciembre, no han sido suficientes para que Miguel de Unamuno pudiera entonar, en espíritu, en el Ayuntamiento de su ciudad de Salamanca, la cantinela con que otro profesor de su Universidad reinició, tras condena y apartamiento de su cátedra, fray Luis de León, sus lecciones: “Como decíamos ayer...” Estos dos nombres, los más prestigiosos de la universidad salmantina, se han unido en el tiempo: uno el excelente poeta renacentista que fue fray Luis, fue apartado en 1572 de su cátedra bajo la acusación de simpatía judaizante y detenido por la Inquisición. Dichosos tiempos aquellos de la Inquisición, comparados con éstos.... porque poco más de cuatro años después, recuperaba la cátedra con esa conocida frase. En el caso de Unamuno, el “Como decíamos ayer...” lo ha dicho y perpetrado el PP salmantino, en un atribulado mes de diciembre que culminó el día de ese aniversario con el homenaje que la Universidad rendía a Unamuno ante la escultura de Pablo Serrano. Pocos días antes, el PSOE de la ciudad había intentado que los concejales del Ayuntamiento devolvieran, sólo a título honorífico, el escaño municipal para el que Unamuno fue elegido por los ciudadanos, y del que fue despojado el mismo 12 de octubre de 1936, día en el que como rector se había enfrentado a la fuerza bruta de un Millán Astray desatado al frente de legionarios y falangistas. Aunque de sobra conocido, conviene recordarlo: Fiesta de la Raza en la Universidad de una Salamanca ya convertida en zona nacional; presiden los actos los sublevados, que tienen su cuartel general a unos pocos pasos: en la Casa de las Conchas. Durante el acto, el legionario general Millán Astray (el de “a ese dadle café” de las ejecuciones radiadas en Sevilla) golpea la mesa con la otra mano y suelta dos frases que parecen el lema y la condena de la historia de España desde hace tres siglos: “Viva la muerte! ¡Mueran los intelectuales!” El viejo rector, lívido, oye resonar en las paredes que durante siglos repitieron lo poco que de cultura se ha sabido en España; debieron de revolvérsele las tripas al vasco que se había pasado la vida entre libros, que en varios momentos había creído que cultura y acción política tenían mucho que ver; que ya había sufrido las iras del dictadorzuelo anterior, el general Primo de Rivera, que le destituyó de la cátedra y lo condenó a destierro; y que había saludado la llegada de la República de la que fue diputado. Pero Unamuno, un hombre conservador y de orden, no tardó en asustarse ante los cambios que iban produciéndose, y entonó el “no es eso, no es eso” de Ortega y Gasset ante el vuelco que lentamente daba la República a la vida secular española. “Estoy harto del imperio de las alpargatas”, confesó a un amigo el señorito de Bilbao. El propio fuego interior en que siempre ardió Unamuno le llevó a ver en los falangistas y en la sublevación una regeneración moral de España; y la República, con su presidente y amigo Azaña, lo desposeyó del rectorado “con harto dolor”, reza el decreto ministerial, por su apoyo a los sublevados. Ese verano del 36 Unamuno queda atrapado en un mar de contradicciones violentas; los fusilamientos empiezan en todas partes y por parte de todos; a un Unamuno aterrado le llega la noticia del crimen de Granada –asesinato de Lorca–, y, más cerca, de los fusilamientos de catedráticos y amigos, el de anatomía, Prieto Carrasco; el de Andrés y Manso; el del rector de la universidad de Granada, alumno predilecto suyo; los de amigos muy cercanos mientras otros están amenazados de muerte... Ese verano, entre dos fuegos, Unamuno ya ha renunciado a sus coqueteos falangistas; a un conocido, que, vestido de azul y con los correspondientes correajes, pasa hacia Portugal con un grupo de correligionarios, y que en las calles salmantinas se acerca a saludarle, Unamuno le espeta al devolverle el saludo: “¿Y qué hace usted vestido de payaso?”; así cuenta el periodista Eugenio Suárez que fue recibido con esa frase por su admirado maestro. Llega en esto el 12 de Octubre, y los festejos del Día de la Raza: el rector Unamuno –los sublevados no aceptaron el decreto de su destitución por la República– responde con la conocida frase: “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis”. Legionarios y falangistas responden con tal barullo y tales amenazas –manos en las pistolas– que, para salir de la Universidad, Carmen Polo le presta su brazo y el cardenal Pla y Daniel le protege de los vociferantes. El asesinato de Lorca estaba fresco todavía y los nacionales no quisieron unir a esa muerte un escándalo todavía mayor –con todas las objeciones que puedan ponérsele, Unamuno era una figura del pensamiento europeo–. A partir de ese momento, Unamuno se ve recluido en un arresto domiciliario mitigado –se le permite salir a pasear, con un hombre a sus talones–; es desposeído de nuevo de su rectorado –esta vez por el gobierno de Burgos– y es expulsado, esa misma tarde, del Ayuntamiento de Salamanca, que celebra una sesión secreta por haber incurrido “en un caso de incompatibilidad moral corporativa, de vanidad delirante y antipatriota actuación ciudadana”; a Rubio Polo (“aquí escribo su nombre”, poetizaba Pablo Neruda) no le pareció suficiente; pedía su expulsión en nombre de una “España apuñalada traidoramente por la pseudointelectualidad liberal-masónica cuya vida y pensamiento [...] sólo en la voluntad de venganza se mantuvo firme, en todo lo demás fue tornadiza, sinuosa y oscilante, no tuvo criterio sino pasiones; no asentó afirmaciones, sino propuso dudas corrosivas; quiso conciliar lo inconciliable [...] y fue, añado yo, la envenenadora, la celestina de las inteligencias y las voluntades vírgenes de varias generaciones de escolares en Academias, Ateneos y Universidades”. Por ser expulsado, esa misma tarde lo fue Unamuno hasta del Casino. En esa reclusión escribe una decena de hojas que expresan su terrible angustia ante lo que a España se le viene encima: El resentimiento trágico de la vida, recogido hace unos años en un volumen (Alianza Editorial). Cuando muere, pegado al brasero de su mesa camilla, son los falangistas los que organizan el entierro y se apoderan del muerto como si fuese suyo. Entre los intelectuales, sólo Antonio Machado pide equilibrio para juzgar la figura tan compleja del pensador vasco; Ortega, consciente de que Unamuno había pensado más y mejor que él, aprovecha la necrológica para clavarle un puñal de resentimiento, alegando que su español era aprendido; pullas y negaciones que le han perseguido con saña desde una derecha que se sintió traicionada por quien pensó que era suyo. El “decíamos ayer” ha vuelto a repetirse, cuando a la petición del Grupo Socialista de Salamanca, el Grupo Popular con mayoría en el ayuntamiento replicó que tras ese intento anidaban “unas intenciones que sólo pueden contar con nuestro más absoluto rechazo”; el portavoz popular, Fernando Rodríguez (volvamos al “aquí escribo su nombre”) relacionó esa petición con el intento del PSOE de aislar en la política nacional al PP, la agresión a las creencias mayoritarias [?] de los españoles, la rendición del Estado y la democracia ante ETA-Batasuna, y toda la retahíla de argumentos que el PP maneja para la bronca. La reivindicación que la izquierda hizo de la dignidad de los concejales republicanos desposeídos de sus cargos, cuatro de ellos fusilados en esas fechas iniciales de la Guerra Civil, no fue aceptada, porque Fernando Rodríguez entonó el “decíamos ayer”, es decir, dar por buenas las palabras de su antiguo colega Rubio Polo, para “no revivir rencores”, utilizando para ello una frase de Manuel Azaña, el que durante decenios ha sido el diablo con rabo de la derecha que ahora, por lo menos Rodríguez, califica de “gran español”. Unamuno se queda ahí, expulsado de todo y denostado por esa fuerza bruta del PP salmantino; El tiempo sin embargo no ha amarilleado muchas de sus páginas: ensayos, poesía, artículos están vivos –con las caídas propias de ese pensador todo fuego, incapaz de volver sobre lo escrito, corregir o seleccionar, y que se consumía en un yo cuyas contradicciones pueden verse ahora; sobre todo, leyendo esos apartados: una buena antología poética, ensayos como Del sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo, y libros de artículos como Paisajes del alma–. Pocos escritores de su tiempo están tan vivos; y es que, Unamuno, además de escribir, pensaba.
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