España se prepara para hacer frente a las
consecuencias del calentamiento global
El cambio climático ya está aquí
Lo que llevamos del mes de enero ha
comenzado con unas temperaturas muy por encima de la media para estas fechas, a
la espera de que comience “de verdad” un invierno que, cada año es un poco
menos frío. Las previsiones a escala planetaria sitúan a 2007 como el año más
caluroso de la historia (2006 lo fue para España) y, poco a poco, parece que
los efectos del calentamiento por la emisión de gases de efecto invernadero a
la atmósfera se hacen más presentes en nuestra cotidianidad y en un cambio
–parece ser que ya, irremisiblemente permanente– de las condiciones
climatológicas en todo el Globo. Nuestro país, por su ubicación, será uno de
los más afectados por esta nueva situación. Cambios profundos en los
ecosistemas, la vegetación, las costas, una severa disminución de los ya de por
sí escasos recursos hídricos, son sólo algunas de las múltiples consecuencias
que vamos a padecer. Los expertos advierten de que si no tomamos medidas
inmediatamente, la situación podría llegar a ser catastrófica en menos de 30
años. España se ha convertido en una de las primeras naciones en poner en
marcha un ambicioso Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático, cuyas
primeras medidas ya han comenzado a aplicarse..
Por Pedro Antonio Navarro
A mediados del mes de enero apenas se
puede encontrar rastros de nieve en los sistemas montañosos de nuestro país.
2006 se convirtió en el año más caluroso del que se tiene constancia en la
historia de la meteorología nacional, y todo parece indicar que el recién
iniciado 2007 continuará por esa misma línea, en una tendencia que no es
anecdótica, sino que es la expresión de los primeros síntomas de un cambio en
la climatología del Planeta, y en una zona más vulnerable por sus
características geográficas y biológicas y por su latitud.
La emisión a la atmósfera de gases de
efecto invernadero a escala planetaria ha ido provocando un paulatino
calentamiento de La Tierra que, según la comunidad científica y el panel de
expertos auspiciados por Naciones Unidas ha alcanzado ya un punto de no
retorno. Estos mismos científicos consideran que el límite que nos permitiría
adaptarnos razonablemente a la nueva situación estaría establecido en un
aumento de la temperatura media del Globo de hasta dos grados centígrados. Por
encima de ese escenario, las consecuencias se vaticinan imprevisibles y
catastróficas, aunque se insiste en que si reaccionamos en el plazo de pocos
años, aún estamos a tiempo de evitar esa situación. Pero es necesario que las
decisiones se tomen casi inmediatamente, y el cambio que se requiere en el modelo
de producción es drástico y costoso (aunque mucho menos costoso económicamente
que las consecuencias de la pasividad, como demuestra el Informe Stern, del que
hablamos un poco más adelante).
En España el problema se apreciará con
más intensidad que como les sucederá a nuestros vecinos europeos. La latitud en
que se encuentra la Península Ibérica, una tradicional escasez de recursos
hídricos, una mayor fragilidad y vulnerabilidad de los ecosistemas que se
encuentran en nuestro territorio y más de 5.000 kilómetros de costas hacen de este país un firme candidato a recibir con mayor intensidad el
impacto del calentamiento global.
En cuanto a la biodiversidad, se van a
producir innumerables cambios. Parte de los ecosistemas acuáticos continentales
pasarán de ser permanentes a estacionales. Algunos desaparecerán. Los ciclos
bioquímicos se verán alterados. Quedarán muy afectados los denominados
ambientes endorreicos, tales como las zonas húmedas de La Mancha, lagos, ríos y arroyos de montaña, los humedales de las costas y ambientes
dependientes de las aguas subterráneas. En Doñana disminuirá la biodiversidad.
En lo que respecta a los ecosistemas
terrestres, se verán alteradas las interacciones entre las especies, algunas
desaparecerán. El norte de la Península sufrirá una “mediterraneización” y el
sur verá crecer la expansión de las zonas áridas. Habrá una simplificación
estructural de la vegetación, disminución de la diversidad florística y
profundos cambios en bosques y humedales. Detectaremos cambios en los hábitos
animales, en sus ciclos de actividad, en las migraciones y una distribución de
las especies más hacia el norte. Tendremos menos especies de peces en las aguas
frías y aumentará la presencia de especies invasoras, al igual que una mayor
actividad de los parásitos.
Otro elemento de importancia vital, que
obligará a una adaptación necesaria y a inevitables cambios en nuestros hábitos
lo constituye la prevista pérdida de recursos hídricos, tanto por la
disminución de precipitaciones y cambios en el régimen pluviométrico, como por
una mayor demanda de agua de la agricultura de regadío. Resultará especialmente
grave en las zonas semiáridas, donde la disminución de la aportación podría
llegar al 50 por ciento sobre los recursos actuales. En el Ministerio de Medio
Ambiente han trabajado sobre modelos y simulaciones que establecen que en 2030,
con la hipótesis de 1ºC de aumento de temperatura, la disminución media de las
aportaciones hídricas anuales se establecería entre un 5 y un 14 por ciento.
Con otro modelo que parte de un aumento de 2,5ºC, en 2060 la reducción de la
disponibilidad de agua podría llegar al 17 por ciento y ascender al 22 por
ciento a finales del presente siglo.
Más imprevisible resulta el efecto sobre
la agricultura. El componente negativo de un incremento de temperatura y una
disminución de las precipitaciones, podría verse compensado por las mayores
tasas fotosintéticas que provoca el incremento de CO2 en la atmósfera. También
la benignidad de los inviernos permitiría una mayor productividad en esa época
del año. Pero también parece claro que se incrementará la demanda de agua,
especialmente en sur y sureste de la Península. También es posible que aumentasen las plagas ante la ausencia de heladas en
invierno, que constituyen una forma de control natural de las mismas.
Las costas y zonas adyacentes van ser
unas de las zonas más afectadas, especialmente por dos factores, una probable
mayor frecuencia e intensidad de las tormentas y un previsible ascenso del
nivel del mar. En este último aspecto, las áreas más vulnerables se ubican en
los deltas y en la playas confinadas. En zonas de acantilados la incidencia
será mínima. Partiendo de un modelo de proyección de un ascenso del nivel del
mar de 0,50 metros, en el Ministerio de Medio Ambiente calculan que, por
ejemplo, en el Cantábrico Oriental podría suponer la desaparición del 40 por
ciento de las playas, a menos que se alimentase con arena a estas playas. Del
mismo modo, si no se sedimentase, podría significar la desaparición del 50 por
ciento del delta del Ebro. Las zonas más amenazadas en el Mediterráneo, además
del mencionado delta, serían la Manga del Mar Menor, las lagunas del Cabo de
Gata y el Golfo de Cádiz.
El cambio climático empeoraría la
tendencia a la desertificación que ya existe en determinadas áreas. La
incidencia de los incendios forestales y la pérdida de fertilidad de los suelos
podría agravarse. Los estudios demuestran que por cada grado centígrado de
aumento en la temperatura media, la pérdida de carbono orgánico en el suelo podría
llegar al siete por ciento.
La pesca será otro de los sectores
económicos perjudicados notablemente por los efectos del calentamiento. La
productividad de las aguas litorales españolas disminuirá considerablemente. Se
producirán cambios en las redes tróficas marinas. Habrá un cambio de
distribución, con aumento de especies de aguas templadas y subtropicales y
disminución de las boreales. Se incrementará el desarrollo de fitoplancton
tóxico y de parásitos.
En cuanto a la salud humana, se
experimentarán cambios que afectarán también a la adaptación de la estructura
sanitaria. Se espera un incremento de la mortalidad relacionada con la
temperatura, así como de enfermedades ocasionadas o agravadas por la contaminación
atmosférica –especialmente, las respiratorias-, o las transmitidas a través de
los alimentos y el agua. También se darán más casos de patologías transmitidas
por vectores infecciosos y por roedores. El aumento de temperatura desplazará
hacia esta latitud a parásitos y mosquitos que ocasionan enfermedades ahora
consideradas tropicales, como el dengue, la fiebre amarilla o la malaria.
La menor disponibilidad de recursos
hídricos también va a suponer una necesidad de disminuir la producción de
energía eléctrica por este medio y sustituirla por otras alternativas. Está
previsto un aumento de la demanda de petróleo y gas natural y una disminución
en la producida mediante biomasa –aunque su porcentaje actual es muy pequeño-.
La producción de energía solar podría verse beneficiada, al igual que la energía
eólica debido al incremento de periodos de viento fuerte.
Ante este panorama un tanto
desesperanzador, los mensajes de la comunidad científica pretenden evitar que
los ciudadanos caigan en el desánimo y en el derrotismo. Un cierto cambio ya es
inevitable, pero la catástrofe es perfectamente evitable, pero hay que actuar
con determinación, con medidas de gran alcance, a nivel global, y con
celeridad. En España estamos lejos de cumplir con los compromisos adquiridos en
el Protocolo de Kioto, pero el Gobierno se ha propuesto corregir esa situación.
El Ministerio de Medio Ambiente elaboraba dos importantes documentos el pasado
año. Por una lado, las conclusiones de la Evaluación Preliminar de los Impactos en España del Cambio Climático, en el que se aventuran
modelos para comprender la magnitud que el fenómeno va a tener sobre todos los
aspectos de nuestra realidad. Por otro lado, y convirtiéndose así en una de las
primerísimas naciones en poner en marcha este mandato de Naciones Unidas, ha
elaborado el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático, en el que se
incorporan una gran cantidad de medidas, tanto de alcance general, como de
incidencia sobre aspectos puntuales, con las que se pretende actuar con
prontitud en los primeros estadios de las consecuencias de este calentamiento
del planeta en nuestra geografía.
El cambio climático –grabaciones
desleales aparte- ocupó buena parte de lo tratado en la recientemente celebrada
Conferencia de Presidentes. De hecho, uno de los acuerdos fue que ése será el
asunto fundamental de la próxima conferencia.
Pese a que el nivel de incumplimiento de
emisiones por parte de España es notable, se tiene hasta 2012 para adecuarse al
compromiso internacional. En Medio Ambiente hacen especial hincapié en
concienciar a los consumidores y ciudadanos de su responsabilidad en el cambio
de modelo. El inventario nacional de todas las emisiones producidas en España
delimita que 1.200 instalaciones industriales son las responsables de la mitad
de todas las emisiones, mientras que el otro 50 por ciento es atribuido a lo
que se denomina “sectores difusos”, es decir, el transporte, los hogares y los
comercios. Arturo Gonzalo Aizpiri, secretario general para la Prevención de la Contaminación y del Cambio Climático, asegura que “la parte fácil de
controlar son esas 1.200 instalaciones industriales, que tienen un régimen
legal que limita sus emisiones, y que si superan ciertos niveles, tienen que
pagar. La industria tiene penalizada la emisión de gases de efecto invernadero.
Lo que está descontrolado en España es el transporte. Desde 1990 ha incrementado sus emisiones en un 80 por ciento, mientras que la industria no llega al 40”. Porque si 1.200 instalaciones son responsables de la mitad de las emisiones, la otra mitad
depende de “millones de coches, de viviendas”, en palabras de Gonzalo Aizpiri.
Y continúa con esa apelación al ciudadano: “aislar tu casa supone un
desembolso, pero un desembolso que vas a recuperar en pocos años por ahorro
energético, por reducción de la factura de gas, electricidad o gasóleo. No es
un gasto, es una inversión”. Por eso se trata de promover políticas de ahorro y
eficiencia energética. Si el Gobierno ha calculado que los costes exteriores
para la aplicación de los compromisos españoles en el Protocolo de Kioto se situarán
entre 2.000 y 3.000 millones de euros, esa cantidad palidece ante los 10.000
millones anuales que las arcas del Estado pagan en concepto de la subida de los
precios del petróleo desde 2002.
Políticas de eficiencia y ahorro parecen
necesarias para conseguir disminuir nuestras emisiones contaminantes, pero
también muy convenientes para un país con una dependencia energética del
exterior del 85 por ciento. Apenas utilizamos bombillas de bajo consumo o
electrodomésticos de alta eficiencia. Por eso, como comenta Arturo Gonzalo
Aizpiri, “España emite mucho CO2 desde el sector eléctrico si aumenta el
consumo, la demanda del consumidor. Y eso depende de ti y de mí”.
‘INFORME STERN’: CAMBIO CLIMÁTICO CONTRA LA ECONOMÍA
El pasado año 2006 se hacía público el
más completo estudio sobre las consecuencias económicas, a escala planetaria,
del cambio climático que se nos viene encima. Elaborado por el prestigioso
economista Nicholas Stern, principal asesor en esta materia del primer ministro
británico, Anthony Blair, y por encargo del propio Gobierno de Reino Unido, el
ya conocido mundialmente como “Informe Stern”, establece una serie de
minuciosas y demoledoras conclusiones a lo largo de sus más de 700 páginas.
Combinando diversas técnicas científicas
y económicas, también sobre evaluación de costes y riesgos, se demuestra que el
cambio climático va a incidir de manera determinante sobre una serie de
elementos básicos de la vida humana en la práctica totalidad del planeta, como
el acceso al suministro de agua, la producción de alimentos, la salud y todo lo
relacionado con el medio ambiente, aunque con una mayor intensidad en muchos de
los países en vías de desarrollo, naciones que, como demuestra el exhaustivo
trabajo, no son precisamente las principales responsables de las masivas
emisiones de gases de efecto invernadero, principal causante del calentamiento
del planeta.
Stern, empleando resultados de modelos
económicos formales, ha demostrado que los costes del cambio climático para la
economía mundial, en caso de no producirse una inmediata rectificación del
actual modelo productivo, serían equivalentes a la pérdida de un mínimo del 5
por ciento del Producto Interior Bruto mundial anual, aunque sus proyecciones
estiman que esta pérdida podría alcanzar el 20 por ciento en poco tiempo. La
magnitud de este desastre sólo es comparable a las consecuencias que tuvo la
conocida como Gran Depresión de los años 30 o el impacto económico de las dos
guerras mundiales.
La comunidad científica está plenamente
de acuerdo en que los niveles de contaminación actuales ya han provocado una
primera fase de ese cambio climático, que se considera irreversible. Sin
embargo, sus consecuencias se consideran “manejables” aún. El informe Stern
alerta de que la inversión que se realice en la transformación del modelo
productivo en los próximos 10 a 20 años tendrá un profundo impacto sobre el
clima para lo que quede de siglo y para el próximo. Los estudios económicos
detallados apuntan a que la inversión necesaria para detener el proceso de
deterioro estaría en torno al uno por ciento anual del PIB mundial, una cifra
elevada, pero muy discreta en comparación con esa pérdida cada ejercicio de
entre el cinco y el 20 por ciento de ese mismo PIB mundial.
Stern y sus colaboradores dejan claro que
urge la adopción de medidas firmes por parte de toda la comunidad
internacional. Tal y como está evolucionando el incremento de emisiones en
estos momentos, la concentración atmosférica de gases de efecto invernadero
podría alcanzar el doble de su nivel preindustrial en el año 2035, lo que,
automáticamente provocará un incremento de la temperatura media de La Tierra de más de dos grados centígrados. Con esa misma tendencia, en un plazo más largo, la
temperatura podría elevarse hasta más de cinco grados, con consecuencias
auténticamente catastróficas e imprevisibles, ya que sería equivalente al
cambio de la temperatura media del planeta experimentado desde la última
glaciación hasta la actualidad.
El informe advierte de que ya no es
posible evitar el cambio climático que va a producirse en las próximos 20 ó 30
años, aunque podría mantenerse dentro de unos límites “aceptables” si se
consigue estabilizar el nivel de gases de efecto invernadero en la atmósfera en
un ratio de entre 450 y 550 partículas por millón (ppm) de equivalente de CO2.
En la actualidad, el nivel alcanzado se sitúa en 430 ppm de CO2, con un aumento
anual por encima de 2 ppm. Para conseguir el objetivo fijado por Stern en 2050,
sería necesaria una reducción del 25 por ciento, al menos, de los niveles actuales
de emisión. Incluso, finalmente, la estabilización de la situación a cualquier
nivel hará necesaria una reducción del 80 por ciento del nivel actual. Si las
medidas comenzasen a aplicarse inmediatamente, el coste para conseguir la
estabilización de la contaminación entre las 500 y las 550 ppm de CO2
equivaldría al uno por ciento anual del PIB mundial. Mucho más caro resultaría
tratar de conseguir una estabilización en 450 ppm de CO2, pero si la adopción
urgente de medidas a escala planetaria se retrasase, se podría llegar a un
punto de no retorno en el que ya resultase imposible conseguir la
estabilización propuesta de entre 500 y 550 ppm de CO2.
El informe que, sobre todo hace hincapié
en las consecuencias económicas del cambio climático y analiza la distribución
de los costes. Aunque los países ricos lograsen reducir sus emisiones entre un
60 y un 80 por ciento para 2050, también sería necesario que los países en vías
de desarrollo adoptasen medidas de impacto, aunque el informe advierte de que
resultaría casi imposible para estas economías asumir por sí mismas los altos
costes de esta transformación, por lo que la solidaridad internacional se hace
imprescindible. De un modo modesto, los actuales mercados de carbono en los
países ricos proporcionan financiación para investigación sobre desarrollo bajo
en carbono, a través del Mecanismo para un Desarrollo Limpio (MDL). El informe
propone que esos fondos sean dedicados a las medidas de transformación que hay
que acometer, y que, principalmente se destinen a los países en vías de
desarrollo para ese fin.
Desde esa perspectiva económica, el
estudio no sólo ha calculado los costes de la “pasividad”, comparándolos con
los de la transformación necesaria del modelo productivo global. También
contempla el desarrollo de un nuevo sector nacido de esta transformación y de
la creación de millones de nuevos puestos de trabajo ligados a estas
actividades. En un momento de su argumentación, Stern afirma: “El mundo no
tiene por qué elegir entre evitar el cambio climático y promover el crecimiento
y el desarrollo”.
Para el equipo de economistas que han
elaborado el estudio, el cambio climático ha constituido el mayor fracaso del
mercado en toda la historia.
Entre sus conclusiones consideran que la
respuesta al reto del cambio climático ha de ser internacional, desde una
comprensión compartida de objetivos y un acuerdo sobre los marcos para una
acción concertada que, a criterio de los investigadores ha de estar basada
entre elementos fundamentales: el precio del carbono establecido mediante
impuesto, reglamentación o mercado; una política de I+D+I que preste apoyo
decidido e inversión para la aplicación de nuevas tecnologías bajas en carbono,
y medidas tendentes a la eliminación de trabas a la eficiencia energética, junto
con una política de información, difusión y concienciación sobre la actuación
ciudadana e individual frente al cambio climático.
A un problema universal hay que ofrecer
una respuesta global y coordinada. Por eso el informe plantea cuatro grandes
líneas de cooperación internacional. En primer lugar, la promoción del canje de
emisiones, es decir, la posibilidad de comerciar entre naciones por cupos de
emisiones para adquirir derechos de terceros que, a cambio del precio, cederían
parte de su cuota de emisión. Como segundo gran campo, se propone el
establecimiento de canales estables y permanentes de cooperación tecnológica.
Según sus cálculos, para conseguir los objetivos de transformación del modelo
productivo, la inversión mundial en I+D debería duplicarse en los años
inmediatos, mientras que se hace necesaria una financiación que quintuplique la
actual en nuevas tecnologías bajas en carbono.
En tercer lugar propone medidas
internacionales para reducir la despoblación forestal, y por último, el
desarrollo coordinado de las políticas de adaptación alas nuevas circunstancias
climatológicas, teniendo en cuenta las diferencias económicas, por lo que el
cambio climático y las políticas para hacerle frente deberían quedar integradas
en las agendas de cooperación de los países ricos e incorporarlas a sus
políticas de cooperación al desarrollo.
Arturo Gonzalo Aizpiri, secretario
general para la Prevención de la Contaminación y del Cambio Climático
“España está lejos de cumplir los objetivos de Kioto”
—Las previsiones para 2007 apuntan a que
será un año aún más cálido que 2006.
—2006 ha sido el más caluroso en España.
A nivel mundial ha sido uno de los más calurosos, pero no el que más. La
previsión para 2007 como año más caluroso es para todo el planeta. Eso no
quiere decir que, necesariamente vaya a ser el año más caluroso en España.
Enero ha empezado siendo más cálido que la media, y todo hace pensar que será
un año cálido.
—El cambio climático ya es imparable y,
al parecer, alguno de sus efectos ya es irreversible.
—En primer lugar, no existe ya
controversia sobre la realidad del cambio climático. No hay ninguna opinión
informada y desinteresada que ponga en duda el fenómeno. Hay que subrayar esto
porque ha habido casos de opiniones discrepantes que, claramente, eran
interesadas. Pero en la comunidad científica no existe ya esa duda; está el
panel internacional de expertos que coordina Naciones Unidas, el Panel
Intergubernamental sobre Cambio Climático que, regularmente, elabora un informe
de situación que es aceptado unánimemente. Participan casi 4.000 expertos de
todo el mundo. El Cuarto Informe de Evaluación se va a aprobar este año,
precisamente en España, en Valencia, el mes de noviembre. Existe un cierto
efecto invernadero natural producido por vapor de agua y otros fenómenos
naturales que, de hecho, contribuye a que el planeta sea habitable, porque de
lo contrario, tendríamos una temperatura excesivamente fría. Eso es un hecho,
pero otro hecho es que sobre ese efecto invernadero natural se está añadiendo
un efecto invernadero causado por el hombre, antropogénico, que es el que está
alterando los patrones de clima del planeta en el espacio de unas pocas
décadas, y que puede alterar gravemente las condiciones de habitabilidad de La Tierra. Un cierto cambio climático es ya inevitable, porque los gases que estamos emitiendo
tienen un largo tiempo de residencia en la atmósfera. Pero estamos a tiempo de
que ese cambio climático inevitable se mantenga dentro de unos límites que lo
hagan más o menos manejable. Los científicos dicen que hay un punto a partir
del que, el aumento de temperatura puede producir efectos no lineales, es
decir, que se pierde la correspondencia entre la causa y el efecto. Los
científicos nos dicen que a partir de un incremento de dos grados centígrados,
los efectos del cambio climático pueden hacerse imprevisibles y catastróficos.
Nos señalan que para evitar un incremento superior a dos grados, tenemos que
reducir de forma rápida y drástica nuestras emisiones.
—Pero España está muy lejos de cumplir
sus compromisos en esta materia tras su firma del Protocolo de Kioto.
—España está muy alejada de su objetivo
en el Protocolo de Kioto –que sólo marca objetivos hasta 2012, y sólo es un
primer paso muy tímido con respecto al esfuerzo que tenemos que hacer en el
futuro-. Más allá de 2012, la comunidad internacional tiene que establecer
objetivos mucho más ambiciosos. El compromiso español es el de no incrementar
nuestras emisiones en más de un 15 por ciento en 1990 hasta el promedio anual
de 2012, y en diciembre de 2004 –que es el último inventario oficial-, el
incremento de emisiones alcanzaba ya el 47 por ciento (tres veces por encima
del compromiso adquirido). Hay dos comentarios que hacer. Primero, eso no
significa que España sea el país más contaminante del mundo; de hecho, nuestras
emisiones per cápita siguen siendo ligeramente inferiores a la media
comunitaria, lo que plantea dudas sobre la equidad del compromiso que asumió
nuestro país en su momento. Esas dudas no significan en absoluto que se ponga
en cuestión la obligación de España de cumplir. El Gobierno ha dejado claro que
España va a cumplir con el Protocolo. Pero también es cierto que para asignar
nuevos esfuerzos más allá de 2012, es necesario un mayor componente de equidad.
—Pero parece muy difícil poder lograr una
reducción global, teniendo en cuenta que el país más contaminante, Estados
Unidos, no ha suscrito el Protocolo de Kioto.
—Pero en EEUU están cambiando muchas
cosas. En primer lugar, hay un buen número de estado y un alto número de
municipios que están asumiendo unilateralmente compromisos en línea con el
Protocolo de Kioto. Por ejemplo, California ha aprobado recientemente una
normativa que obliga a reducir las emisiones. Varios estados de la Costa Este van a poner en marcha un sistema de comercio de emisiones a imagen y semejanza del
sistema europeo. Ha habido recientemente un cambio de mayoría política en
Estados Unidos. Los presidentes demócratas de varias comisiones parlamentarias
clave, como la de Energía, han anunciado una normativa federal que obligue a
reducir emisiones. Aunque EEUU no ha ratificado el Protocolo, existe una
creciente disposición de la sociedad norteamericana y de sus instituciones para
comprometerse en la lucha multilateral contra el cambio climático. La sociedad
norteamericana pide crecientemente la participación de su país en los esfuerzos
multilaterales contra el cambio climático. La película de Al Gore es todo un
acontecimiento en ese sentido y está produciendo una conmoción social.
—¿Cuáles son los procedimientos para
reducir las emisiones? ¿La resistencia una reconversión necesaria del modelo
productivo es por causas económicas?
—La resistencia es económica y cultural.
A veces uno lee que por qué no se da mayor apoyo a las energías renovables.
Bueno, parece que la sociedad española está dispuesta a aceptar aumentos en las
tarifas eléctricas no ilimitados, y hoy, promover las energías renovables
significa dedicar recursos a su financiación. ¿Hay dificultades económicas? De
todo tipo. Los recursos salen de otras políticas públicas o del bolsillo de los
consumidores, y eso tiene un límite. Obviamente, este Gobierno apuesta por
aumentar sustancialmente las energías renovables, pero hay límites económicos y
también de tipo técnico. Es fácil de entender que si hoy España tiene 12.000
megawatios de energía eólica, en algunos momentos, el parque eólico ha llegado
a producir el 30 por ciento de la electricidad consumida, pero si al día
siguiente no hace viento, produce cero. Y hay que tener una potencia alternativa
garantizada. No es poner trabas, intento que los ciudadanos entiendan que el
sistema eléctrico es una combinación de opciones, que en su conjunto, tienen
que asegurar el suministro, y que una sola energía renovable no puede atender
todas nuestras necesidades energéticas. El reto es avanzar todo lo rápido que
se pueda dentro de esas limitaciones. También hay una resistencia cultural. En
España se derrocha energía; somos el país de Europa donde más se coge el coche
para trayectos de menos de tres kilómetros. Aún tenemos un cierto síndrome de
nuevos ricos, donde el coche es un icono del bienestar. Es muy baja la
implantación de bombillas de bajo consumo o de electrodomésticos de alta
eficiencia. Estamos acostumbrados a que los comercios tengan las puertas abiertas,
climatizados a 22 grados, cuando fuera estamos a tres.
—¿Cuánto va a afectar a España el cambio
climático?
—Todo señala que España va a ser una de
las zonas donde el cambio climático se va a dejar sentir con mayor intensidad,
y de hecho, hasta el presente así es. En el último siglo, el incremento de
temperatura media del planeta es de 0,7 grados, en Europa, de 0,95, y en
España, de 1,5 grados. Tenemos otros aspectos de vulnerabilidad. Hoy ya hay una
situación de escasez de agua en muchas zonas y en muchos momentos. Eso se va a
intensificar. Nuestras proyecciones son que la disponibilidad de recursos
hídricos se puede reducir en más de un 20 por ciento. Va a llover menos, de
forma más irregular, y como la temperatura será más alta, habrá más evaporación.
Nos tendremos que adaptar. Tenemos ecosistemas fronterizos; buena parte del
sureste peninsular tiene un clima ya árido que, con un pequeño empujón, puede
convertirse en desértico. Tenemos un litoral de miles de kilómetros que es una
parte fundamental de la economía nacional a través del turismo. Un incremento
de temperatura puede alterar los patrones turísticos en Europa, porque las
temperaturas sean excesivamente altas en verano. Tenemos un sector de deportes
de nieve con mayor fragilidad que otros, porque las cotas de nuestras montañas
son más bajas. Este año no hay nieve en ningún sitio.
—¿Existen medidas que puedan ya irse
adoptando para prevenir estos efectos?
—La adaptación es clave. No sólo hay que
combatir las causas del fenómeno, sino que tenemos que adaptarnos a un cambio
climático de cierta magnitud que, en todo caso, se va a producir. El Gobierno
ha puesto en marcha el Plan Nacional de Vulnerabilidad, Impactos y Adaptación
al Cambio Climático, que es una obligación del Convenio de Naciones Unidas para
el Cambio Climático. Somos uno de los primeros países del mundo que lo adopta.
Lo aprobó la Comisión de Coordinación de Políticas de Cambio Climático, que es
el órgano paritario entre el Estado y las comunidades autónomas para esta
cuestión, y el Consejo Nacional del Clima –un órgano de participación, con
asociaciones ecologistas y sindicatos-, en el mes de julio de 2006. El plan de
adaptación toca todos los aspectos de nuestra vida económica, y casi todos los
sistemas ecológicos que hay en España. El Plan abordará a lo largo de este año
y siguientes el impacto del cambio climático en el turismo, en la agricultura,
la energía, los transportes y qué estrategias de adaptación debemos poner en
marcha. Un ejemplo, si la subida del nivel del mar va a producir la inundación
total o parcial de zonas bajas costeras, el planeamiento urbanístico tendrá que
evitar ocupar esas zonas. Otro ejemplo, si en 2005 hemos sufrido por primera
vez fenómenos tropicales en España, como la tormenta Delta en Canarias, pues hemos
creado en el Instituto Nacional de Meteorología una unidad de meteorología
tropical, porque, hasta ahora no conocíamos esos fenómenos. La adaptación
tenemos que hacerla entre todos. El sector vitivinícola está muy interesado en
trabajar con nosotros para adaptarse, porque probablemente va a cambiar el
calendario de las vendimias, o porque habrá que utilizar otras variedades de
uva más resistentes a la temperatura o a la sequía. En la pasada Conferencia de
Presidentes, se ha llegado al acuerdo de poner en marcha un programa coordinado
entre el Estado y las comunidades autónomas para predecir con mayor precisión
cuál va a ser el impacto del cambio climático, y elaborar estrategias de
adaptación en tres sectores prioritarios: agricultura, salud y turismo. |