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Nº 725
22/1/2007

Somalia, la Última pesadilla


S in haber superado aún las pesadillas de Afganistán e Iraq, viejas y recurrentes, la pesadilla de Somalia nos reproduce ese ambiente parecido de país tenebroso e ingobernable apropiado para escritores de best sellers, con señores de la guerra, armas y drogas, guerra civil e intervención extranjera, que en diversas dosis y con características propias supone una nueva y grave amenaza internacional y perpetúa la miseria de otra población. En Somalia la situación dista mucho de estar sólidamente normalizada, tratándose de un país del que casi nada sabíamos desde hace por lo menos 15 años, los que ha permanecido prácticamente sin gobierno, desde que se viniera abajo el régimen de Siad Barre en 1991. El libro y la película Black Hawk derribado, sobre la terrible suerte de 18 soldados estadounidenses, con la salida precipitada del resto de las tropas expedicionarias y del personal de las Naciones Unidas, por lo general han sido las únicas referencias que nos quedaban de ese país desafortunado, referencias que ciertamente se han revitalizado con los sucesos de diciembre y al contemplar las imágenes de guerrilleros fundamentalistas y de niños soldados en camionetas Toyota, todos de aspecto feroz.

Naturalmente la pesadilla esta vez se ha hecho más molesta, y ha acabado por recibir remedios quirúrgicos por parte etíope y estadounidense, al agravarse por toda la carga de temor y prevención que suscita Al Qaeda y el terrorismo islámico, en un territorio que nunca controlaron ni los señores de la guerra ni los líderes religiosos. Según determinadas interpretaciones, algunos agentes que se movían en So-malia estaban muy relacionados con manejos terroristas en terceros países, incluso con los atentados contra las embajadas de los Estados Unidos en Nairobi y Dar Es Salaam. Junto con las acusaciones contra el extremismo islámico, el yihadismo internacional y las vinculaciones con la red de Al Qaeda, las operaciones militares en Somalia habrían servido para justificar y hacer inevitable la desarticulación de un importantfoco de subversión y desestabilización con capacidad para proyectarse a países vecinos como Kenia y Sudán y mucho más allá del Cuerno de África. Estas amenazas sin embargo son sólo una parte explicativa de un conflicto que por diversas causas ha registrado la participación de muchos más actores internacionales.

Precisamente la virtud de la crisis somalí reside en revelar diversos ingredientes, así como una superposición de cuestiones conflictivas, que no pueden reducirse al enfrentamiento entre las células islámicas de la capital y el débil y fraccionado gobierno de transición instalado en ciudad de Baidoa. Etiopía y Eritrea, enemigos jurados, apoyan facciones rivales en Somalia como peones en su eterna guerra fronteriza. A su vez, Etiopía acabó interviniendo en el país vecino porque los dirigentes islámicos allí instalados presionaban sobre zonas fronterizas etíopes con población de origen somalí y religión musulmana. Además, y según repetidas denuncias de las Naciones Unidas, países como Libia, Siria, Uganda y Yemen se han dedicado a proporcionar armas a diversas facciones pese al embargo decretado. Como ocurrió en Afganistán, ha habido una dialéctica, no desaparecida en absoluto entre señores de la guerra ycierta especie de talibanes, unos destacados por sus codicia y su depravación, y los otros al principio bienvenidos por sus méritos en restablecer el orden y moralizar las costumbres, después insoportables por su rigor y próximos a Al Qaeda, crueles todos.

Durante décadas, en Somalia no se sabía quiénes eran los buenos y los malos, a quién merecía la pena ayudar y quién podría levantar el país. De una y otra manera, por la duración del conflicto y la confusión en torno a los actores del drama, similares dudas han aparecido en relación con Afganistán e Iraq. Llega a tal extremo la ineficacia de las actuaciones internacionales y el cansancio de terceros países, que en Somalia especialmente acabó creándose un agujero negro y una masa caótica aprovechable para cualquier actividad, para caudillos incontrolados y fanáticos religiosos y todos los tráficos ilícitos imaginables. Respaldada firmemente por los Estados Unidos la intervención militar de Etiopía ha resultado esencial para introducir un principio de orden, necesaria para alejar elementos indeseables y para que al fin pueda constituirse un gobierno con ciertas garantías de permanencia y eficacia. Sin embargo el equilibrio sigue siendo muy precario es un país devastado y aterrorizado, que puede deslizarse por la vía de la anarquía, difícilmente controlable por la mera presencia de tropas extranjeras. Así, su población seguiría condenada a muchos más años de violencia y miseria, sobre todo si Somalia vuelve a ser un capítulo olvidado de las guerras secretas en este mundo, con una capital ingobernable y una situación que recuerda las de Afganistán e Iraq.

Ignacio Rupérez

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