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Nº 725 - 22 de enero de 2007
No podemos renunciar a la paz

por Santiago Carrillo


L a iracundia, la soberbia, el desprecio por los otros partidos democráticos –acusados de ser "los amigos de Batasuna"–, el nihilismo puesto de manifiesto en el discurso de Rajoy durante el debate de la semana pasada son muy graves porque impiden la unidad de todas las fuerzas políticas y sociales contra el terrorismo y ofrecen del PP una imagen de herederos del "Movimiento Nacional" al proclamarse algo así como los salvadores de España. Pero hay en su actitud algo todavía más grave: que la solución que proponen para terminar con el terrorismo, es irreal, ilusoria, demagógica, sencillamente imposible.

El problema terrorista dura ya más de cuarenta años. Lo tuvo la dictadura de Franco que no pudo resolverlo apelando al terrorismo de Estado. Lo han tenido los Gobiernos democráticos. El de Adolfo Suárez, negociando consiguió retirar de la lucha armada a una parte de ETA que se insertó en las prácticas democráticas. Mas, otro sector continuó haciendo terrorismo. Durante los Gobiernos de Felipe González, que pactó la política antiterrorista con el PP, dirigido por Fraga, hubo unidad. Además hubo el GAL y formas de represión ilegales que provocaron la acción de la justicia. Y a pesar de todo, ETA siguió viva, matando. Se puso de relieve que el terrorismo de Estado que pudo servir para terminar con las Brigadas Rojas o la banda Baader-Meinhof, no resolvió el problema de ETA. La razón de esta ineficacia es que ETA se apoyaba en un movimiento social importante que la cubría y renovaba tras cada golpe sufrido. Parece que Aznar había aprendido algo de esa experiencia, cuando en la tregua anterior comenzó su tentativa de negociación dando a ETA la consideración de "Movimiento Nacional de Liberación", aproximando a presos a Euskadi, excarcelando a otros, mostrando mucho tacto negociador, al descartar exigencias previas como el perdón de las víctimas, o el desarme de los terroristas. Ni aún con tantas concesiones anticipadas y con el apoyo incondicional de la oposición parlamentaria socialista consiguió Aznar nada: ETA siguió matando.

El llamado pacto antiterrorista por la libertad propuesto por Rodríguez Zapatero desde la oposición, facilitó la colaboración de los dos grandes partidos, mientras el PP, continuó siendo Gobierno; en cuanto dejó de serlo, se acabó el pacto.

Y se acabó porque bajo el Gobierno del PP, con Acebes de ministro del Interior se produjo el más salvaje atentado terrorista cometido en España: el 11 M. Este atentado era una venganza de los islamistas extremistas por la intervención de Aznar en la decisión de invadir militarmente Irak, intervención contra la que los españoles se habían pronunciado en masivas manifestaciones. En este momento el PP, sus dirigentes, perdieron toda la compostura, perdieron los papeles y perdieron las elecciones generales. Y a partir de ahí ya no han recuperado la compostura: quisieron ocultar las consecuencias del error de haber obedecido a Bush ciegamente, inventándose un "complot" de los socialistas que a pesar de todas las manipulaciones de algunos medios de comunicación y de los dirigentes "populares" se desfondó totalmente. A partir de ahí, el PP no ha recuperado la brújula. Ha ido de bandazo en bandazo, acentuando el nihilismo y las pretensiones extremas, sufriendo lo que podríamos llamar el complejo de Sansón; ¡que se hunda el templo con todos los filisteos! Que se hundan las instituciones democráticas si es necesario para que el PP recupere el poder.

La llegada de Rodríguez Zapatero al Poder significó un cambio en la situación política. Hubo tres hechos que determinaron la gran esperanza que se extendió por toda España en torno a la posibilidad de paz.

Uno de ellos fue la extrema barbarie del 11-M que también influyó en la masa abertzale e hizo dudar a muchos de que el terrorismo pudiera justificarse y ser una solución para nada.

Otro hecho que tuvo un gran eco fue la valiente decisión con la que Rodríguez Zapatero retiró las tropas españolas de Iraq y quizá sobre todo su anunciada voluntad de abordar medidas de reforma del Estado, basadas en un reconocimiento resuelto de la pluralidad del Estado español. Así como el pacto antiterrorista con el PP había fomentado Lizarra, la nueva posición sobre estos temas contribuyó a superar la división de los vascos en dos bloques, el nacionalista y el no nacionalista. El fin de esta ruptura aisló más a ETA en el País Vasco y fortaleció las tendencias favorables a la paz.

Pero sobre todo ETA había dejado de matar y esto había cambiado profundamente el drama político, en Euskadi, tranquilizando la convivencia social. En este clima, el discurso de Otegi en Anoeta permitía pensar que respondía a un cambio de fondo real, en el movimiento abertzale. Con excepción del PP, todos los partidos democráticos y en general la opinión pública, comenzaron a pensar que se abría una esperanza de paz, por primera vez. Y Rodríguez Zapatero, haciéndose eco de ese gran sentimiento ciudadano de esperanza, hizo muy bien al iniciar, de acuerdo con la mayoría parlamentaria, la negociación de paz. Esto no fue un error, sino un acierto del Presidente.

Contra esta orientación, manipulando a la AVT, el Partido Popular empleó sus inmensos medios en la organización de varias espectaculares marchas sobre Madrid, que a la gente de mi generación nos recordaron las marchas de Mussolini sobre Roma, o la concentración de Gil Robles en El Escorial. En esas marchas se reclamaba el Poder para el PP al pedir la expulsión de Zapatero. Frente a ellas, la izquierda y los partidos democráticos por sentido de la responsabilidad se resistieron a ir a ese terreno y a aceptar la batalla en la calle.

El PP, no consiguió derribar a Zapatero, pero logró algo importante: frenar los movimientos que hubieran debido hacerse para favorecer las tendencias de paz en el movimiento abertzale –medidas parecidas a lo que ya había tomado Aznar, cuando aún no se daban las condiciones para un acuerdo-. En vez de esto, la actitud de ciertos sectores de la magistratura pudo proyectar la impresión de que en pleno proceso de paz, cuando no había muertos, se intensificaban y agudizaban las políticas represivas del Gobierno contra los etarras. Contra esto, los elementos más duros, más opuestos a la paz, se sintieron reforzados. Recogiendo una imagen internacional los halcones se sintieron reforzados y las palomas debilitadas. Los halcones se equivocaron, pensando que el Estado podía aceptar una lucha de poder a poder con demostración de fuerza. De momento, los halcones han conseguido acallar a las palomas. Batasuna no ha sido capaz de oponerse a la violencia, defraudando muchas esperanzas, incluso entre sus propios simpatizantes. Pero Rajoy miente cuando dice que esto ha fortalecido a ETA. Al contrario, lo que sin duda han sido un elemento negativo tampoco ha fortalecido a ETA, porque ETA ha salido del acontecimiento más aislada y desde luego con menos apoyo social.

En el debate parlamentario, Rajoy dijo una gran mentira, "que nunca se ha puesto fin al terrorismo mediante un proceso de diálogo", cosa que sorprende cuando está tan próximo el caso del IRA en Irlanda. Para probar justamente lo contrario, que este tipo de problemas se resuelven en definitiva con la política, además del ejemplo de Irlanda está el de Bush en Iraq. Toda la fuerza y toda la violencia de que son capaces los EE UU sólo ha conseguido multiplicar el terrorismo.

Ha hecho muy bien Zapatero en no cerrar ningún camino para lograr la paz, como exigió Rajoy. Ahora lo que corresponde es apoyar al Presidente en la gestión de ese gran consenso político y social, contra el terrorismo y resignarse ante la realidad: por el momento no hay nada que hacer con el trío fanático que dirige el PP; hay que obrar con inteligencia para convencer a los sectores conservadores democráticos que es una locura seguir a estos tres discípulos de Le Pen en su desvarío. Son un obstáculo para lograr la paz civil y el fin del terrorismo en España.

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