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Nº 725 - 22 de enero de 2007

Final de mandato


La pasada semana, el Parlamento Europeo (PE) elegía un nuevo presidente en la persona del demo-. cristiano alemán Hans-Gert Pöttering, que me sucede la cabeza de la Cámara de Estrasburgo.

Pero antes de dejar la insigne magistratura que he venido ocupando durante dos años y medio, tenía ocasión de empezar la última sesión plenaria de mi presidencia pidiendo un minuto de silencio por las víctimas del atentado terrorista de Barajas y daré la bienvenida a los nuevos diputados búlgaros y rumanos.

Su llegada ha hecho posible la constitución de un grupo de extrema derecha. Lo lamento, pero los diputados que lo integran también han sido elegidos democráticamente por los ciudadanos europeos y les asiste el mismo derecho a constituirse en grupo si reúnen el numero requerido y provienen de al menos cinco países.
Pero esta circunstancia alimentará la preocupación que causa la ampliación, vista como responsable, en buena medida, de la fatiga que afecta al proyecto europeo.

Hoy somos ya 27 Estados miembros y hay varios en espera. Esta vis atractiva de la UE es una muestra indudable de su éxito. Pero quizá no nos dimos cuenta de que en 1989 se produjo un cambio de paradigma que ha modificado la percepción de Europa que tenían los que veían su construcción desde el Oeste, organizada en torno al núcleo duro francés–alemán.

La ampliación no se acompañó de la pedagogía política necesaria para evitar las disfunciones que ahora encontramos. Por eso, queramos o no, se impone repensar la Unión ampliada y empezar a asimilar las nuevas coordenadas que van a determinar nuestro rumbo futuro.

En primer lugar, hay que aceptar que el motor franco-alemán será siempre un pilar esencial de la UE, pero ya
no tiene la misma significación, ni la misma fuerza, en una Unión a 27 que la que tuvo en sus orígenes.

En segundo lugar, es necesario comprender mejor la realidad de los llamados "nuevos" Estados miembros. Las sociedades de estos países son diversas entre sí y no podemos verlos como un bloque uniforme.

Ni están formados sólo por irredentos neoliberales desconectados de toda preocupación social, ni todos prefieren sistemáticamente EEUU a una Europa actor global. Tienen además un dinamismo excepcional del que más que nunca está necesitada nuestra Unión.

Pero hay que entender lo que representa el paso de una economía planificada, ineficaz pero relativamente protectora, a una economía de mercado mal regulada, con problemas de corrupción y enriquecimiento de las élites, y sin los sistemas de Seguridad Social de las economías sociales de mercado.

Con frecuencia estos países se comparan a España, Grecia y Portugal, que también sufrieron regímenes totalitarios. Pero hay diferencias notables en lo económico y en lo político.

El sistema económico de las dictaduras española, portuguesa y griega, aunque fuertemente intervenido, era de carácter capitalista, de mercado y empresa privada. Por ello, la transición al sistema capitalista fue menos difícil que en los países del Este, en los que la diferencia entre la economía comunista y la capitalista era abismal.

Además, en nuestro caso, como en el portugués y griego, las dictaduras eran, por decirlo así, autóctonas y no venían impuestas por una potencia exterior, la URSS, que había desprovisto de soberanía real a sus satélites o anexionados a la fuerza. La renuencia y dificultad que tienen estos países a compartir soberanía, elemento clave en el que está basada la UE, se explica porque la acaban de recuperar.

Por ello, hay que evitar demonizar algunas de las actitudes de estos países, sin dejar de reconocer que la Unión a 27 es más heterogénea y más difícil de gestionar que lo fue cuando éramos menos y más similares.
Y hablar sin miedos de nuestras diferencias, de los problemas que provoca la competencia entre sociedades, sobre todo en costes de capital humano y de sistemas fiscales, que pueden acabar debilitando el proyecto de integración europea.

Unos y otros, desde el Este y desde el Oeste, 'hemos de entender nuestra Unión desde la nueva configuración política del mundo global, del que ya no somos su centro.

Ésta es también mi opinión al acabar estos 30 meses de Presidencia del PE, cuya experiencia he procurado compartir con los lectores de EL SIGLO.

José Borrell
* Presidente del Parlamento Europeo

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