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La inversión del Reglamento
por Miguel Ángel Aguilar
Llevamos cuatro legislaturas con la tarea pendiente de la reforma del Reglamento del Congreso de los Diputados para sincronizarlo con las necesidades de la vida parlamentaria que tanto padece con los desajustes de una norma claramente superada. Es una necesidad que todos sienten para lograr que el Congreso ocupe el centro de la vida política nacional. Figura en los programas electorales de todos los partidos que concurren a las elecciones generales pero cuando llega el momento de acordar siempre prevalecen las pequeñas diferencias que bloquean su logro.
El actual presidente del Congreso, Manuel Marín, también adoptó ese propósito de reforma, al igual que sus predecesores, pero avanza la legislatura y crece la desesperanza pese a las reuniones de los portavoces convocadas en lugares de retiro espiritual a la búsqueda de un consenso que vuelve a escaparse. Una vez más, el pleno extraordinario del lunes día 15, convocado fuera del período ordinario de sesiones, ha vuelto a evidenciar la urgencia de modificar el Reglamento.
La sesión puso de manifiesto que hay demasiadas ortopedias reglamentarias que alejan el ritmo de la Cámara del latir de la ciudadanía a la que representa y que debería servir de caja de resonancia. El alejamiento tiene que ver con los tiempos políticos que distancian las preocupaciones que angustian a los electores del momento en que se abordan en el Congreso. Pero también se refiere a los modos previstos para el despliegue de la dialéctica parlamentaria.
El lunes día 15 volvimos a contemplar el asombroso espectáculo de las intervenciones que siguieron a la inicial del presidente del Gobierno. Por ejemplo, ladel líder de la oposición Mariano Rajoy cuyas copias escritas se repartieron íntegras a los periodistas nada más acceder el presidente del PP a la tribuna de oradores. De manera que Rajoy iba dando lectura a un texto, que había preparado en casa de antemano sin necesidad de haber escuchado al Presidente.
Es la escenificación de un diálogo de sordos, del método 011endorf de diga usted lo que quiera que yo le contestaré lo que me dé la gana. Para evitar semejante proceder el nuevo Reglamento que aquí se propone debería facultar al presidente a requisar los folios de todos los sucesivos portavoces. Esos discursos serían multicopiados por los servicios de la Cámara y se pondrían a disposición de todos pero quedaría vetada su lectura en la tribuna. Así se contribuiría a que las intervenciones partieran de la impregnación de los turnos precedentes.
Además habría que acabar de una vez por todas con los insufribles lamentos por la limitación de los tiempos asignados. De ahora en adelante en lugar de fijarse un máximo de tiempo se debería exigir un mínimo, como sucede en los ejercicios de las oposiciones para ganar plaza en los altos cuerpos del Estado. Sólo al Gobierno, que ahora carece de límites para la extensión de algunas de sus intervenciones, se le concedería el privilegio de abreviar el tiempo que tuviera asignado.
Imaginemos al presidente dirigiéndose al portavoz que está en el uso de la palabra para advertirle que debe seguir perorando al menos durante otros treinta minutos sin interrupción, porque de lo contrario perdería el derecho a consumir nuevos turnos en esa sesión del Pleno. La inversión del Reglamento nos haría más libres y dialécticamente mucho más interesantes. Atentos.
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