No dejes que la realidad empañe tu
optimismo
No dejes que la realidad arruine un buen
reportaje” es el lema del periodismo cínico, del mal periodismo. Zapatero no es
un mal presidente, pero su optimismo visceral no siempre le deja ver la
realidad. El optimismo de la voluntad, la convicción de que lo deseable es
posible es la gasolina del dirigente, sea político, sindicalista, empresario o
presidente de una comunidad de vecinos. Es una virtud que se encuentra en las
proximidades del coraje, la condición más preciada del dirigente. Sin embargo,
una sobredosis de optimismo puede ser tan letal como la de la heroína, pues
deforma la realidad. Peor aún es el empecinamiento al estilo Bush, cuando
instaba a sus colaboradores a fabricar teorías que aconsejaran la invasión de
Iraq. Zapatero demostró coraje al retirar las tropas españolas de este país a
paso ligero. No se le ocultaban las consecuencias pero aplicó el coraje a una
cuestión de principio. Ahora, en el proceso de paz, una cuestión que se reservó
en exclusiva el presidente, un optimismo excesivo parece haberle conducido al
error como ha tenido la nobleza de reconocer. Y, en efecto, se equivocó al
trasladar a la ciudadanía una falsa seguridad que puede quebrar la confianza en
quien gobierna.
Zapatero está en horas bajas, como
demuestran la apreciación de los analistas y las encuestas más benignas, como
la del Instituto Opina, que le ha suspendido por primera vez. Lo que la gente
le reprocha no es su fracaso en su opción negociadora con ETA, sino la
sensación de que no controla el proceso. Felipe González, en una de sus escasas
declaraciones –ya ha aprendido a callarse como le reclamara ZP– puso el dedo en
la llaga: “Probablemente sólo ha trabajado con la hipótesis de que el proceso
de paz podría salir adelante cuando en la política antiterrorista se debe
trabajar con dos, con tres o con cuatro hipótesis”. Los militares lo aprenden
en la academia: “Hay que prever la hipótesis más probable pero también la mas
peligrosa por improbable que parezca”.
El presidente podría encontrarse en una
situación aún peor que la que se encuentra si no fuera porque no le ha
abandonado la suerte que sustenta su optimismo. Su cadena de errores –los que
señalé en mi columna hace un par de semanas–, que culminó en presentarse en el
Congreso para no aportar nada nuevo y recibir el vapuleo de Rajoy, fue compensada
por el tremendismo de su adversario, un brillante parlamentario que tiende a
pasarse. El presidente del PP dejó la triste impresión de que, hiciera lo que
hiciera el presidente, el seguiría a degüello, una actitud que no gusta al
respetable. La frase: “Si usted no cumple sus compromisos, le pondrán bombas, y
si no hay bombas es porque ha cedido” pasará a la historia hispana de la
infamia; y la pronunciada al día siguiente se inscribirá en la antología de la
torpeza: “Para ser presidente del Gobierno debería de exigirse algo más que ser
español y mayor de edad”. Para ser presidente, señor Rajoy, sólo se precisa que
sea elegido por los españoles, eso es la democracia.
Sin embargo, sería un error confiarlo
todo a los errores del adversario, que no es tonto, y por ello titulamos una de
nuestras portadas recientes con un deseo ferviente de la izquierda:
”¡Reacciona!”. La portada de esta semana no disimula las responsabilidades del
presidente pero profundiza en las deficiencias de su aparato monclovita. No en
los fallos personales, pues son todos magníficos profesionales, sino en los de
organización y funcionamiento. Falta en definitiva ala oeste en La Moncloa: talleres, fontanería, mensajería, cocina, tintes y maquillaje, y quizás la debida
coordinación. No hay un Leo con la confianza conferida por el presidente
Bartlett a su jefe de Gabiente en la aludida serie televisiva que describe
magistralmente el funcionamiento de la Casa Blanca. Y falta una CJ, la secretaria de Prensa cuyas funciones se reparten aquí entre la vicepresidenta Fernández
de la Vega, el secretario de Estado Moraleda y gente que, como su antecesor
Barroso, sigue siendo consultada a pesar de que ya no trabaja allí. Sorprende
que un político que determina su actuación en razón de la venta del producto no
arbitre medidas para optimizar tan delicada tarea. Y es que Zapatero es un
presidente muy personalista que prefiere el móvil al despacho. Sin embargo, no
está todo perdido mientras que la troika Rajoy- Aznar-Losantos siga dando miedo
a la gente que decide las elecciones, a la que antes se llamaba “la masa
neutra”.
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