Hemeroteca Lista sin maldad
Nº 725
22/1/2007

No dejes que la realidad empañe tu optimismo

No dejes que la realidad arruine un buen reportaje” es el lema del periodismo cínico, del mal periodismo. Zapatero no es un mal presidente, pero su optimismo visceral no siempre le deja ver la realidad. El optimismo de la voluntad, la convicción de que lo deseable es posible es la gasolina del dirigente, sea político, sindicalista, empresario  o presidente de una comunidad de vecinos. Es una virtud que se encuentra en las proximidades del coraje, la condición más preciada del dirigente. Sin embargo, una sobredosis de optimismo puede ser tan letal como la de la heroína, pues deforma la realidad. Peor aún es el empecinamiento al estilo Bush, cuando instaba a sus colaboradores a fabricar teorías que aconsejaran la invasión de Iraq. Zapatero demostró coraje al retirar las tropas españolas de este país a paso ligero. No se le ocultaban las consecuencias pero aplicó el coraje a una cuestión de principio. Ahora, en el proceso de paz, una cuestión que se reservó en exclusiva el presidente, un optimismo excesivo parece haberle conducido al error como ha tenido la nobleza de reconocer. Y, en efecto, se equivocó al trasladar a la ciudadanía una falsa seguridad que puede quebrar la confianza en quien gobierna.

Zapatero está en horas bajas, como demuestran la apreciación de los analistas y las encuestas más benignas, como la del Instituto Opina, que le ha suspendido por primera vez. Lo que la gente le reprocha no es su fracaso en su opción negociadora con ETA, sino la sensación de que no controla el proceso. Felipe González, en una de sus escasas declaraciones –ya ha aprendido a callarse como le reclamara ZP– puso el dedo en la llaga: “Probablemente sólo ha trabajado con la hipótesis de que el proceso de paz podría salir adelante cuando en la política antiterrorista se debe trabajar con dos, con tres o con cuatro hipótesis”. Los militares lo aprenden en la academia: “Hay que prever la hipótesis más probable pero también la mas peligrosa por improbable que parezca”.

El presidente podría encontrarse en una situación aún peor que la que se encuentra si no fuera porque no le ha abandonado la suerte que sustenta su optimismo. Su cadena de errores –los que señalé en mi columna hace un par de semanas–, que culminó en presentarse en el Congreso para no aportar nada nuevo y recibir el vapuleo de Rajoy, fue compensada por el tremendismo de su adversario, un brillante parlamentario que tiende a pasarse. El presidente del PP dejó la triste impresión de que, hiciera lo que hiciera el presidente, el seguiría a degüello, una actitud que no gusta al respetable. La frase: “Si usted no cumple sus compromisos, le pondrán bombas, y si no hay bombas es porque ha cedido” pasará a la historia hispana de la infamia; y la pronunciada al día siguiente se inscribirá en la antología de la torpeza: “Para ser presidente del Gobierno debería de exigirse algo más que ser español y mayor de edad”. Para ser presidente, señor Rajoy, sólo se precisa que sea elegido por los españoles, eso es la democracia.

Sin embargo, sería un error confiarlo todo a los errores del adversario, que no es tonto, y por ello titulamos una de nuestras portadas recientes con un deseo ferviente de la izquierda: ”¡Reacciona!”. La portada de esta semana no disimula las responsabilidades del presidente pero profundiza en las deficiencias de su aparato monclovita. No en los fallos personales, pues son todos magníficos profesionales, sino en los de organización y funcionamiento. Falta en definitiva ala oeste en La Moncloa: talleres, fontanería, mensajería, cocina, tintes y maquillaje, y quizás la debida coordinación. No hay un Leo con la confianza conferida por el presidente Bartlett a su jefe de Gabiente en la aludida serie televisiva que describe magistralmente el funcionamiento de la Casa Blanca. Y falta una CJ, la secretaria de Prensa cuyas funciones se reparten aquí entre la vicepresidenta Fernández de la Vega, el secretario de Estado Moraleda y gente que, como su antecesor Barroso, sigue siendo consultada a pesar de que ya no trabaja allí. Sorprende que un político que determina su actuación en razón de la venta del producto no arbitre medidas para optimizar tan delicada tarea. Y es que Zapatero es un presidente muy personalista que prefiere el móvil al despacho. Sin embargo, no está todo perdido mientras que la troika Rajoy- Aznar-Losantos siga dando miedo a la gente que decide las elecciones, a la que antes se llamaba “la masa neutra”.

  José García Abad

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