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Nº 724 - 15 de enero de 2007

A la gallega, neutraliza a Zaplana y Acebes

HALCÓN CON PIEL DE PALOMA

Rajoy tiene su propia hoja de ruta para luchar contra ETA: regresar al Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Esta fue su exigencia durante el alto el fuego y aún sigue moviéndose en estas coordenadas. La diferencia está en que las circunstancias han cambiado; las últimas encuestas realizadas al calor del atentado han dado un vuelco, castigando a Zapatero y situando al PP por delante del PSOE en intención de voto. Los populares se han visto favorecidos por la baja puntuación de los socialistas, pero también inciden algunos aspectos que, si Rajoy sabe administrar, pueden deparar sorpresas. Por ejemplo, la mayor moderación de los discursos que emanan de Génova y su grupo parlamentario. La opinión pública, saturada de tanta crispación, ha premiado el nuevo tono. O que, desgraciadamente, sus malos pronósticos sobre la tregua le hayan dado la razón. Ha querido esperar a la comparecencia de Zapatero en el Congreso este lunes, pero Rajoy no tiene dudas: el terrorismo será clave en su estrategia preelectoral. Con él espera dar la campanada.

Por V. M.

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero busca de nuevo el consenso en materia antiterrorista. Primero lo hizo para que el Congreso respaldara el diálogo con ETA tras su eventual abandono de la violencia. Ahora, para emprender una nueva política con la que hacer frente a la banda terrorista después de que atentara el pasado 30 de diciembre en el aparcamiento de la Terminal 4 de Barajas provocando la muerte de dos personas. Entonces, el PP se desmarcaba del Ejecutivo y se quedaba sólo en su frontal oposición a cualquier proceso negociador, y a pesar de que acusó al Gobierno de pagar un precio político –no hay desmentido más brutal que la bomba que estalló en vísperas de Fin de Año en el aeropuerto madrileño– y de que trató de desgastar al presidente encabezando sendas manifestaciones contra el proceso de paz, una mayoría ciudadana era favorable a que el Ejecutivo aprovechara la oportunidad de buscar el fin definitivo de la violencia. Ahora, las circunstancias son bien distintas. Las encuestas publicadas por diversos medios de comunicación después de que la tregua saltara por los aires han castigado al Gobierno y han colocado al PP en una posición más ventajosa. Por primera vez, todas ellas sitúan al principal partido de la oposición por delante del PSOE en intención de voto. Y Mariano Rajoy está dispuesto a mantener esta posición favorable. Los intentos del Gobierno de acabar con la violencia de ETA hasta ahora han sido sido infructuosos y los populares se sienten con fuerza para contraatacar.

El 8 de enero, el líder del PP acudía a La Moncloa para entrevistarse con el presidente del Gobierno. Tras más de una hora de reunión, regresaba a Génova para avanzar algunos detalles de la que será su estrategia tras la ruptura del alto el fuego, aunque será tras la comparecencia de José Luis Rodríguez Zapatero en el pleno del Congreso de este lunes 15 de enero cuando la defina con mayor nitidez. “Explicar qué ha ocurrido y qué va a hacer el Gobierno en el futuro”. Éstas fueron sus dos exigencias previas a la comparecencia. “Volver al Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo”. Ésta fue su oferta de diálogo.

La propuesta es la misma que viene defendiendo desde que se decretara el alto el fuego, pero Mariano Rajoy introdujo algunos matices. En el contenido y en el tono de su discurso. Insistió en que está abierto al diálogo y reiteró en varias ocasiones que el pacto no está cerrado al resto de fuerzas políticas. Preguntado por la posibilidad de hacer algún ajuste para que los partidos nacionalistas acepten su contenido, concretamente en el preámbulo, evitó pronunciarse; ni afirmó ni negó. Poco después, preguntados otros dirigentes populares como el portavoz parlamentario popular, Eduardo Zaplana, o el presidente del PP catalán, Josep Piqué, dijeron que era entrar en detalles “al margen de lo sustancial”, incluso que “todo se puede hablar”, y los dos insistieron en que lo importante es que exista un compromiso con la “filosofía” del pacto.

De estas declaraciones se desprenden varias conclusiones. Quienes conocen a Rajoy dicen que le gusta medir los tiempos, y en esta ocasión no ha querido precipitarse; ha esperado a que Zapatero acuda al Congreso de los Diputados para que su posición ante el nuevo escenario, de ser desfavorable al acuerdo que busca el Ejecutivo, se interprete de manera meramente partidista. Son lo suficientemente ambiguas para poder significar dos cosas y no dar pistas antes de tiempo; pueden interpretarse como que no se moverán del pacto tal y como ahora está redactado y, por lo tanto, no habrá consenso, o que aceptarían algún retoque en el preámbulo para llegar a un acuerdo y de paso hacerle un guiño de complicidad de cara al futuro, por ejemplo, a los catalanes de CiU. Josep Antoni Duran i Lleida, portavoz parlamentario del grupo catalán y líder de Unió Democràtica (UDC), dice estar dispuesto a que Convergència i Unió se integre en el Gobierno central tras las elecciones generales de 2008, y asegura que no le importaría gobernar con el Partido Popular tras acordar con esta formación un acuerdo programático –aunque habría que esperar a ver en qué queda este ofrecimiento que desde luego no entra dentro de los planes del líder de CiU, Artur Mas–.

Ésta no ha sido la única formación que le ha tendido la mano a los populares, que de haber pasado dos largos años de soledad política, ahora ve cómo se le arriman los que podría ser sus posibles socios de Gobierno. El líder de Coalición Canaria, Paulino Rivero, acaba de manifestar su apoyo a una “hipotética” moción de censura al presidente del Gobierno “en caso de que el PP la presentara”.

En la rueda de prensa posterior a su encuentro con Zapatero en el Palacio de la Moncloa, Mariano Rajoy, fiel a su estilo a la gallega, ni confirmó ni desmitió esta posibilidad, pero recordó cómo sería; ha de ser “constructiva”, “hay que tener los votos” y se examina “no al presidente sino al candidato [se refiere a él]”. Y añadió: de la moción de censura “se enterarán, pero nunca antes de que la pongamos”. El líder del PP lo dejó claro: no descarta la posibilidad de presentarla, en meses previos al atentado se llegó a hablar de esta posibilidad en el seno del partido, pero antes tiene que tenerlo todo bien atado para que no se vuelva contra él y acabe desbaratando sus planes electorales. Tal vez ahora que ha concitado una mayor popularidad, esta opción haya tomado más cuerpo.

Otro dato significativo de por dónde discurrirá la estrategia de Rajoy en los próximos meses es el especial protagonismo que ha adquirido en todo este asunto. A diferencia del 11-M, donde eran los halcones del PP los que llevaban la voz cantante, él es quien tiene la batuta en la política antiterrorista de la formación. Él, y sus colaboradores más moderados. Después de que Rajoy decidiera dar un voto de confianza a Zapatero tras el alto el fuego de ETA, dos de las personas de su máxima confianza, la secretaria Ejecutiva de Política Autonómica y Local, Soraya Sáenz de Santamaría, y el secretario Ejecutivo de Comunicación, Gabriel Elorriaga, fueron quienes comparecieron ante los medios para informar de que Rajoy acudiría a La Moncloa “con espíritu constructivo y prudencia”. El mensaje moderado duró poco tiempo; los medios afines al partido fueron demoledores con sus críticas y Acebes, más duro en sus palabras, retomó su papel, asegurando, entre otras cosas, que “el proyecto de Zapatero es el proyecto de ETA”.

Ahora, el mensaje lo han transmitido, además de Mariano Rajoy, Gabriel Elorriaga e Ignacio Astarloa, secretario Ejecutivo de Seguridad, Justicia y Libertades Públicas. Ambos se han encargado de reafirmar el discurso del líder del PP sin saltarse una coma: la política antiterrorista la define el pacto suscrito el año 2000 por el Partido Popular y el Partido Socialista, es decir, debe basarse en la derrota policial y judicial de la banda, la renuncia a  la negociación y la imposibilidad del pago de cualquier precio político. Los dos han cerrado filas con la estrategia del partido, pero es elocuente que hayan sido ellos, de perfil más moderado aunque tono firme –Astarloa no ha ahorrado reproches al Gobierno y al PSOE por las que denominan contradicciones y falta de información y en los primeros días exigió que explicara si se había roto o no el proceso–, los que han secundado al presidente del PP.

Incluso los dos dirigentes populares que hasta ahora se habían caracterizado por un lenguaje más agresivo, Eduardo Zaplana y Ángel Acebes, se han mantenido dentro del guión [ver La oposición de Zaplana, edulcorada]. Mariano Rajoy, quien hace no mucho no acababa de reafirmar su liderazgo y permanecía ausente en ciertos temas donde eran otros los que le hacían la oposición al Ejecutivo, está más presente que nunca en la escena política y se le nota que tiene el control.

Abogar por el pacto deja ciertamente pocas posibilidades de maniobra al Gobierno de consensuar una política más flexible. Pero no hacerlo, no intentarlo, podría darle alas a Rajoy. La lucha contra el terrorismo va a ser clave en la política de oposición del PP, y el partido se va a andar con mucho ojo de no echarlo a perder. El líder popular está lanzando un mensaje duro y su actitud también lo está siendo; después de que la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) anunciara que no iría a la manifestación del pasado sábado en apoyo a los dos ecuatorianos muertos en el atentado por considerarla “partidista”, Rajoy anunciaba que su formación tampoco la secundaría porque “genera división y siembra confusión en la estrategia de lucha contra ETA”.

La III Conferencia de Presidentes celebrada el 11 de enero, cuyo orden del día debió haberse centrado en temas como los recursos naturales, el agua y el I+D+i,  se convirtió en un nuevo escenario para la confrontación.

Los presidentes autonómicos del PP presentaron una propuesta de resolución en la que pedían a José Luis Rodríguez Zapatero que rectifique la política contra el terrorismo y vuelva a la acordada en el Pacto Antiterrorista. El texto, que entregó el presidente de La Rioja, Pedro Sanz, al presidente del Gobierno, explica que este Pacto está “abierto a todos y que impide cualquier tipo de acuerdo o negociación con ETA y que tiene como principal objetivo la derrota definitiva de los terroristas desde la Ley y el Estado de Derecho”.

El mensaje es una repetición prácticamente literal del que Rajoy comunicó el 8 de enero tras su visita a La Moncloa. Y una confirmación de que éstas son las coordenadas en las que se va a mover el PP, que demuestra nuevamente la ausencia total de cualquier fisura interna y confirma que Rajoy tiene bajo su absoluto control un asunto en el que va a echar el resto. Sus correligionarios, algunos de ellos enfrentados en anteriores ocasiones a cuenta de las reformas de los Estatutos de Autonomía, el 11-M, e incluso por razones personales que tan mala imagen le han dado al partido –es el caso de las aireadas diferencias entre la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, o el alcalde de la capital, Alberto Ruiz-Gallardón; o de la lucha por las cuotas de poder en la Generalitat Valenciana entre su presidente, Francisco Camps, y su predecesor, Eduardo Zaplana– han cerrado filas en torno a Rajoy como antaño lo hicieron con José María Aznar. Además, las encuestas periodísticas le son favorables por primera vez; ha logrado imprimir firmeza a su discurso y al de su gente pero con la moderación necesaria, con la idea de convencer al imprescindible espacio electoral de centro; e incluso ha escenificado su intención de tender puentes a todas aquellas formaciones que se quieran sumar a su estrategia, aunque de ahí a que se sumen al pacto hay un largo trecho.

Después de protagonizar un liderazgo herrático y de tener que escuchar a los gurús mediáticos de la derecha que tenía los días contados al frente del Partido Popular, Mariano Rajoy ha encontrado el modo de intentar poner al presidente Zapatero en apuros y, de paso, de convencer a los aznaristas que es posible hacer una oposición dura sin tener que emplear discursos cargados de crispación. Rajoy se ha revelado como un halcón con piel de paloma. Y tiene alas para echar el vuelo.


La oposición de Zaplana, edulcorada

Junto a Ángel Acebes ha formado el tándem más demoledor del PP en su tarea de oposición al Gobierno socialista.  Sus declaraciones sobre la política territorial, la lucha contra el terrorismo y, sobre todo, el 11-M, han contribuído en buena medida a generar el clima de crispación política que ha caracterizado esta primera mitad de legislatura. Incluso cuando el secretario general del PP pisó el freno rebajando el tono de sus declaraciones, Eduardo Zaplana continuó dando pabulo a teorías conspiratorias y predicciones agoreras  que habían dejado de formar parte de la prioridad estratégica de su partido.
Él fue quien reeditó en la última Convención del partido la teoría de que el Gobierno no quería saber la verdad sobre el 11-M; quien anunció que su grupo parlamentario iba a solicitar una comisión de investigación sobre la “falsificación” del informe de los peritos en el asunto del ácido bórico, al que El Mundo, la COPE y el político se agarraron como a un clavo ardiendo para tratar de afianzar una duda razonable sobre la relación entre los terroristas islamistas que perpetraron la masacre y ETA; y el que escribió una tribuna libre en el diario El Mundo tras la aprobación, con los votos del PP, del nuevo Estatuto de Autonomía andaluz, donde decía que “son muchos los españoles que no ven la ganancia en este lío estatutario por ningún lado y que cada vez se sienten más desapegados de estas filigranas bizantinas”. Estos dos últimos episodios le costaron a Zaplana la soledad política, porque en ninguno de ellos fue secundado por Mariano Rajoy, que incluso escenificó su malestar por el artículo de su portavoz parlamentario (ver en El Siglo número 717 la portada “Zaplanazo”).

Pero aunque su patinazo fue sonado, el que fuera presidente autonómico ha sabido reaccionar a tiempo y, tras el atentado de Barajas, ha enmarcado sus declaraciones en las mismas coordenadas en las que se ha estado moviendo Mariano Rajoy. Tras su reunión con el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, la primera en su ronda de contactos con los portavoces parlamentarios para consensuar una nueva línea política contra ETA, Zaplana dijo que el encuentro había sido “cordial” pero “sin novedad ni aportaciones sustanciales”, instando al Ejecutivo a “que diga con claridad qué piensa hacer contra ETA sin la ambigüedad en la que están intalados desde el día 30”. En términos muy semejantes se expresó el día anterior el líder del PP tras entrevistarse en Moncloa con el presidente. Poco antes, en una entrevista en la COPE, dijo Zaplana, como también había dicho Rajoy en su rueda de prensa del pasado lunes, que lo primero es esperar a la comparecencia del presidente del Gobierno en el Congreso. El líder del PP parece haber conseguido enderezar el discurso de su número tres y éste, recuperar su confianza
.

Rubalcaba, el hombre clave

Hace tiempo que Alfredo Pérez Rubalcaba se había convertido en pieza clave del Gobierno. Antes incluso de ser nombrado ministro del Interior, era asesor preferente de Zapatero en asuntos como la lucha antiterrorista, y la renuncia de José Bono le puso al presidente en bandeja la posibilidad de hacer unos ajustes para que su hasta entonces portavoz parlamentario se incorporara a su gabinete y se preparara para el ya entonces esperado anuncio de alto el fuego de ETA.

Rubalcaba, la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega y el propio Zapatero han sido las únicas voces autorizadas para hablar del proceso de paz durante los nueve meses en que la banda terrorista ha respetado la tregua. Ahora, aunque ni él ni el presidente se esperaran el desenlace del pasado 30 de diciembre, ha logrado sobreponerse del desconcierto incial antes que nadie y, gracias a su carácter pragmático y su habilidad negociadora, ha reaccionado con rapidez para preparar el difícil terreno que debe recorrer Zapatero. Para empezar, ha iniciado una ronda de contactos con todos los portavoces parlamentarios para tratar de consensuar una nueva política antiterrorista, y ha conseguido que acepten celebrar nuevas reuniones bilaterales cada 15 días para lograr ese objetivo. También ha sido el primer miembro del Ejecutivo -tras el secretario de Organización socialista, José Blanco- que con más contundencia ha calificado el nuevo escenario abierto tras el atentado, asegurando que el proceso de paz está roto -Zapatero fue objeto de las críticas del Partido Popular por hablar, en su primera declaración pública, de “suspensión” y no de ruptura-. Y en una entrevista concedida al prestigioso diario estadounidense, The New York Times, ha asegurado que “nunca habrá otra una tregua creíble de ETA”.

De momento ha dado los pasos oportunos. Pero aún le queda mucho trabajo por hacer y varios frentes que derribar. Entre ellos, el de las dificultades planteadas por el PP.

Rajoy, en tierra de nadie, por Enric Sopena


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