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Nº 724
15/1/2007

Rajoy, en tierra de nadie

Explica Raimundo Castro en su libro El Sucesor, publicado el año 1995, que en aquel tiempo de sólidas expectativas electorales para el PP de Aznar, "el encargado de llevar a cabo esa labor callada de ir sustituyendo la carcunda por la juventud fue, bajo el expreso control de Aznar, el vicesecretario general del PP, Mariano Rajoy". Es decir, que el ingeniero responsable de que el tren del centro llegara felizmente a la estación término fue Rajoy. Pero o el tren descarriló o se estropeó la máquina y terminó en vía muerta.

Hubo momentos en los que el espejismo centrista generado logró sustituir con cierto éxito a la realidad. La verdad es que las reflexiones al respecto de Rajoy –recogidas en el libro citado– reflejan lucidez y hasta un atinado diagnóstico acerca de la imagen que entonces tenía el PP y que, por desgracia para él, casi doce años después, no sólo se mantiene, sino que ha empeorado de forma intensa y difícilmente reversible.

Sostenía Rajoy en aquella época: "Lo cierto es, porque todo hay que decirlo, que AP tenía una base muy grande proveniente del Movimiento, como la tenía UCD, y se hizo evidente que hacía falta un cambio de estructuras en el partido (...) Además, la creencia fundamental de los españoles era que AP suponía la continuación del franquismo, a lo que había ayudado el debate sobre la reforma constitucional del Título VIII de la Constitución, lo que incluso provocó una escisión del partido".

Pretendía Rajoy, a través de la renovación generacional, nada menos que lo siguiente: "Nosotros queríamos hacer del PP un partido nítido del centro, convertirlo, en cuanto a referencias políticas, en algo semejante a la democracia cristianaalemana o a la coalición francesa entre RPR y U DF". Sin embargo, nuevamente el PP vuelve a ser identificado como el partido heredero sociológico del franquismo. Desde que Aznar –alejándose del centro-derecha francés y alemán– cayó en la tentación de emular a George W. Bush hasta trasformarse en su mariscal de campo durante la invasión de Iraq, la máscara centrista se vino abajo con estruendo. En la actualidad ya nadie se cree el disfraz de moderado con el que, de cuando en cuando, trata Rajoy de taparse sus propias vergüenzas.

Tras el atentado contra la T-4 de Barajas, la encuesta de Sigma 2 para El Mundo detectaba, entre otros aspectos, un problema de falta de liderazgo en el PP, de modo que Ruiz-Gallardón, Mayor Oreja y Esperanza Aguirre se sitúan a día de hoy por encima de Rajoy. ¿Y Aznar continúa siendo el dirigente más valorado y probablemente el más deseado entre las bases del partido. No más positivo para el presidente del PP era el balance de la encuesta publicada por ABC. Dato contundente de esta encuesta: un 60 por ciento de los españoles consideran que el PP es el culpable de la falta de acuerdo en la lucha antiterrorista.

En Sigma Dos se señalaba asimismo que el PP es ubicado mayoritariamente por los ciudadanos como un partido escorado en exceso hacia posiciones conservadoras o de derecha extrema. O sea, que los esfuerzos centristas de hace poco más de una década fueron a lo sumo trabajos de amor perdidos. Ni con el fin abrupto del proceso de paz, Rajoy parece que haya obtenido réditos electorales relevantes. El drama político de Rajoy no es que sea moderado –como él se jacta de proclamarlo–, sino que es básicamente errático. Se halla casi siempre en tierra de nadie.

Enric Sopena

 
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