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Nº 724 - 15 de enero de 2007
Erre que erre

por Santiago Carrillo


Pocos son, en política internacional quienes no admiten que la decisión tomada por el presidente Bush, en compañía de Blair y Aznar en la fatídica reunión de las Azores, acarreó una catastrófica derrota para los EE UU y una agravación del terrorismo internacional. La invasión de Iraq asestó un golpe al papel de líder mundial que los EE UU se atribuían para el siglo XXI, tras el hundimiento del sistema soviético. La superpotencia ha sufrido un fracaso de consecuencias aún mucho más graves que el de Vietnam; ha visto seriamente afectada, incluso, su capacidad de influir en la política de lo que hasta ahora los yanquis consideraban peyorativamente su "patio trasero", es decir, Latinoamérica. Europa, tan ligada en el siglo XX a EE UU y tan predispuesta a aceptar su liderazgo, ha tenido que tomar distancias. Aparecen nuevas potencias emergentes como China e India. El unilateralismo que los EE UU quisieron imponer, ha retrocedido seriamente.

El pueblo norteamericano, en las últimas elecciones, mostró con un elevado nivel de conciencia política que no quería un Gobierno que continuara realizando en su nombre tan nefasta política. Al día siguiente parecía que Bush, hablando de un "cambio de estrategia", tomaba nota de la advertencia del voto ciudadano. Pero hasta el momento en que escribo estas líneas, todas las informaciones que se reciben indican que el "cambio de estrategia" es más de los mismo, o sea, el envío de más tropas al teatro de operaciones, incluso contra la opinión de generales que han comprobado sobre el terreno los efectos negativos de la invasión.

La ficción de que Bush había llevado la democracia a Iraq se ha desvanecido y ha quedado claro que la democracia no puede exportarse en las puntas de las bayonetas. Ni la democracia, ni ninguna ideología progresista. La tentativa de dar a la guerra por el petróleo y el poder en el Próximo Oriente el carácter de una "guerra ideológica" como hace Bush es una falacia. Bush ha querido trasladar el prestigio de la Segunda Guerra Mundial contra el hitlerismo, que sí contenía principios ideológicos, a su guerra particular de potentado petrolero. Pero por más que hable de "guerra ideológica" y trate de identificar a las víctimas de su agresividad con el hitlerismo no lo va a conseguir. Sadam Hussein no era el "nuevo Hitler" y la forma innoble en que ha sido ejecutado, desafiando a la opinión pública internacional, puede convertirlo en un héroe y en un mártir de la causa árabe.

No se puede hablar de democracia en Iraq. Este no es más que un país ocupado por tropas invasoras, que son las que mandan allí. La ocupación ha desatado una terrible guerra civil que se cruza con la guerra contra
el invasor. Enviar más tropas no va a mejorar la situación, ni para los iraquíes ni para los propios EE UU.

Es cierto que invadir ha sido más fácil que retirarse tras el fracaso: que existe la posibilidad de que tras la evacuación no cese la guerra civil, lo que plantearía a la ONU nuevos problemas. Pero la peor solución imaginable es que las tropas invasoras continúen en Iraq, e incluso se aumenten. Eso sigue siendo lo más indeseable.

Pese a todo, Bush sigue, erre que erre, con sus propósitos. ¿Y como no renuncia, sería feliz extendiendo y agravando el conflicto. La invasión israelí del Líbano fue un paso fallido en ese sentido que causó nuevos millares de víctimas. Ahora se amenaza a Irán insinuando incluso la posibilidad de bombardeos nucleares. También se amenaza a Siria y se ha conseguido que los palestinos estén matándose entre sí.

La política de Bush ha causado ya demasiadas víctimas. Más de tres mil muertos en su propio Ejército; centenares de miles en Iraq. ¡¿Ya basta!.

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