F abián
Hemeroteca Esta semana
Nº 723
8/1/2007

EXIGIENDO Y CULPANDO A ESPAÑA

Por Joaquín Roy*

La visión que en algunos círcutos conservadores de América Latina y los Estados Unidos se tiene de la España actual es lamentable. Según estas opiniones, España estaría abocada a la desintegración territorial (simplemente porque algunas autonomías desean un margen mayor de decisión propia), a la disolución de la familia (porque la legislación española sencillamente se equipara al entorno natural europeo y no se asemeja ya a la intolerancia islámica) y empeñada en borrar del mapa el credo católico (por perfilar más adecuadamente la separación constitucional entre la Iglesia y el Estado).

Esta misma corriente de opinión nostálgica de épocas periclitadas no ha asimilado la alternancia electoral de 2004, algunas de las causas de la derrota del PP en las urnas, y el intento del nuevo gobierno de reasentar las bases de una relación leal con los Estados Unidos. En plan monográfico, casi con una arrogancia que raya la injerencia en los asuntos internos, se cuestiona la política sistemática del gobierno español de ir retirando paulatina pero contundentemente los signos apologéticos (aunque no las señales de registro histórico) del régimen anterior.

Mención especial merecen las todavía aparentes justificaciones para el mantenimiento de especiales hitos escultóricos y arquitectónicos que evidentemente expresan pleitesía por el dictador o venganza contra los
vencidos en la Guerra Civil. No se sabe qué resulta más patético, si la defensa de las estatuas ecuestres de Franco por ideología o la justificación de su mantenimiento en plazas y calles (junto a placas con el yugo y las fechas del régimen) con la excusa de que "hur- ¡ gar en el pasado" desentierra los pretendidos "demonios" españoles. Esta enternecedora muestra de "hacer un favor" a los españoles, simplemente es reflejo de las íntimas inclinaciones ideológicas de quienes emiten esas recomendaciones. Es una manera indirecta de enmascarar el sentimiento reaccionario.

Son precisamente los mismos sectores que ahora son críticos del nuevo perfil español los que acuden raudos, en coalición con núcleos progresistas, a justificar los defectos de numerosas sociedades latinoamericanas, erosionadas por la corrupción, la marginación y la violencia. Culpan de esta diagnosis a una supuesta incapacidad española por la democracia y la sólida implantación del autoritarismo dejado como
herencia incólume por la colonia. Así, po ejemplo, se explica la debilidad de los mo vimientos indígenas de hoy por los "abuso! coloniales".

Las convulsiones cubanas de las década de los 30 y 40 se interpretan con la misma lógica malsana por la inmigración española de los 10 y 20, más preocupada con volve (cuando, por el contrario, la inmensa mayo ría se quedaron en Cuba). Las mismas voce que critican la provisionalidad de la inmigración española en Cuba, nostálgicamente recuerdan el papel del mutualismo de sus sociedades regionales que paliaban el defectuoso sistema estatal de protección laboral, sanidad y pensiones.

Estas pretendidas tesis, lanzadas irresponsablemente y asimiladas por las masas, no tienen base científica alguna. Cuando se examina la actuación de los diversos colectivos españoles en las Américas se observará, por ejemplo, que los inmigrantes españoles contribuyeron más que nadie en el siglo veinte a la implantación de la economía de mercado y el correspondiente desarrollo social. Desde los tenderos instalados en diversos países, incluyendo a los sacerdotes y monjas españoles que paliaron la endémica insuficiencia de vocaciones nativas, y los profesionales de la medicina y la oftalmología, la huella dejada en América es indeleble. Ningún país más que México se benefició en mayor medida por el regalo de la emigración republicana tras la Guerra Civil.

Son precisamente los países con mayor y consistente inmigración española durante el siglo los que pueden presumir de un historial más sólido de práctica democrática: Uruguay y Chile en Sudamérica, y Costa Rica en Centroamérica. En la república oriental los españoles hallaron un terreno fértil con el desarrollo del Estado benefactor de Baffle y Ordóñez, modelo en su género hasta las crisis recientes. En Chile todavía dura la herencia de la emigración republicana que comenzó con la llegada del vapor Winnipeg.

En el Caribe las dos frustraciones han sido la República Dominicana y Cuba. El experimento de Trujillo, al tratar de blanquear su finca con inmigración española, duró pocos años y la mayor parte de los intelectuales y profesionales republicanos terminaron en México o los Estados Unidos. "Nunca tantos debieron tanto a tan pocos", parafraseó a Churchill un historiador dominicano. En Cuba, la inmigración española después del 98 se encontró una sociedad en transición que se resistía en despojarse de la estratificación de un siglo adicional de colonia. Pero la aportación de los descendientes directos de españoles a la política cubana es impresionante. Las convulsiones de los 50 engulleron a unos y otros, y el resto es historia.

*Catedrático 'Jean Monnet' y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.
jroy@miam.edu

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